Lo que son las cosas, plebes. Mientras en Uruapan, Michoacán, la viuda de Carlos Manzo, Grecia Itzel Quiroz, tomaba protesta como presidenta municipal sustituta con el corazón hecho pedazos pero el carácter firme, en la capital se cocinaba otro espectáculo de esos que huelen a vergüenza ajena, a circo y a politiquería.
Y es que la política mexicana no descansa ni en duelo ni en dignidad.
Allá en Michoacán, una mujer se levantaba del dolor para continuar lo que su esposo dejó inconcluso, mientras acá en el centro del país un borracho o un idiota sobrio, que para el caso es lo mismo hacía el ridículo intentando propasarse con la Presidenta en plena calle.
Y claro, bastó que aparecieran los videos para que medio país se volviera juez, fiscal y opinólogo.
Unos juran que fue montaje, otros dicen que fue verdad, y los demás solo repiten lo que ven en TikTok como si eso fuera la Suprema Corte.
Pero bueno, si fue cierto, ese viejo asqueroso merece cárcel y escarnio.
Y si fue actuado, el daño es igual de grave, porque usar algo tan sensible como el acoso para un fin político o mediático es de una bajeza que no tiene nombre.
Lo triste no es solo el hecho, sino el guion repetido de siempre.
Las redes arden, los opinadores se alborotan, los partidos aprovechan, y al final todo se vuelve ruido.
Nadie se pregunta cómo llegamos a un punto donde la tragedia se mide por likes y la indignación se programa por horario.
Pero ahí te va lo que de veras da coraje.
Nomás pasa algo así y salen en desfile las diputadas, senadoras y feministas de ocasión con sus comunicados listos, sus frases recicladas y sus hashtags prefabricados.
Puras palabras bonitas, pero sin memoria.
Porque hace apenas unos meses, cuando un diputado federal sí, el del pádel, el que cobra sin ir a chambear y todavía presume ser aliado de las mujeres— fue acusado de ser un auténtico depredador sexual, esas mismas voces gritaban “no está solo, no está solo”.
Ahí está el detalle, plebes.
La moral en este país tiene horario de oficina.
La coherencia se alquila por campaña.
Y la hipocresía… esa sí trabaja tiempo completo.
Así funciona la política mexicana: los valores se guardan en el cajón y se sacan nomás cuando hay cámaras.
Un día se indignan por una causa y al siguiente se olvidan porque el acusado es compadre, jefe o compañero de partido.
Y lo peor es que todavía quieren que el pueblo les aplauda.
Mientras tanto, allá en Uruapan, una mujer que acaba de perder a su esposo a manos de la violencia, sube al estrado, toma protesta y asume la responsabilidad de gobernar un municipio que le duele y le pesa.
No hubo alfombra roja, ni discurso ensayado, ni lágrimas fingidas para la foto.
Grecia Quiroz hizo lo que muchos no hacen: callar el dolor y seguir de pie.
Esa es la política que vale, la que no se disfraza de espectáculo, la que se gana con hechos, no con trending topics.
Pero claro, de eso poco se habla.
Aquí preferimos el escándalo, la grilla, el meme, el teatro.
Y mientras una mujer convierte su duelo en compromiso, en la capital los de siempre convierten la vergüenza en discurso.
Se indignan en cámara lenta, con cara de santos, y al rato ya están olvidando todo.
Así son, actores de la desgracia nacional, acomodando sus valores como hashtags, decidiendo cuándo indignarse y cuándo mirar pa’ otro lado.
El asesinato de Carlos Manzo no fue un episodio más.
Fue el retrato del país que realmente somos, donde la violencia no distingue ni cargos ni colores, y donde ser autoridad sigue siendo jugarte la vida.
Y aún con eso, la viuda no se dobló.
Se plantó, tomó protesta y mandó un mensaje sin decir palabra: el poder puede doler, pero también puede resistir.
Y mientras ella demostraba dignidad en silencio, en Palacio Nacional el ruido era otro.
Allá no hay dolor, hay guion.
No hay valor, hay cámaras.
No hay justicia, hay teatro.
Así la clase política, hipócrita, selectiva, actoral.
Hablan de moral, pero se acomodan según el puesto.
Hablan de justicia, pero callan cuando les conviene.
Y al final, la gente se cansa, porque ya nadie les cree.
El pueblo ve todo, plebes.
Se muerde la lengua, se aguanta las ganas de mentar madres, porque si uno dice lo que piensa lo tachan de exagerado, pero si calla, lo convierten en cómplice.
Y así nos traen, entre la rabia y la resignación, viendo cómo los poderosos siguen usando el dolor ajeno para limpiarse la cara.
Lo que son las cosas.
En Uruapan, una viuda convierte su luto en compromiso.
En la capital, los otros convierten la miseria moral en discurso.
Y uno aquí, viendo el circo, pensando que a México no le falta justicia, lo que le sobra es teatro.
Según yo, el Goyo310 fugaaaa.

