El lenguaje es hoy más que nunca un territorio de disputa política. Quien nombra, ordena. Quien inventa las categorías, define los límites de lo decible. En ese contexto, el término cisgénero —creado en los años noventa por activistas trans y popularizado en el marco del pensamiento posmoderno y la llamada “cultura woke”— se presenta como un intento de equilibrar el campo semántico: si existen las personas trans, debe existir su contraparte, las cis.
Sin embargo, el problema no está en la intención sino en la proporción. Si más del 98 % de la población se identifica con el sexo que le fue asignado al nacer, ¿tiene sentido construir una categoría especial para describir esa mayoría?
En términos estrictamente sociológicos, no. Ningún otro rasgo que abarque a casi toda la humanidad recibe una etiqueta distintiva. Si siguiéramos el mismo principio que dio origen a cis, pronto seríamos “personas oyentes” en lugar de simplemente personas, “personas videntes” en lugar de gente que ve, o “personas alfabéticas” en lugar de quienes saben leer. No debido a que esas condiciones cambien nuestra experiencia de vida, sino porque así reconoceríamos que existe quien no las comparte.
Bajo esa lógica, la mayoría estaría obligada a nombrarse para no ofender. La etiqueta dejaría de ser una herramienta descriptiva y pasaría a ser un gesto de penitencia: una manera cortés de recordarnos que nuestra normalidad también es un privilegio.
El término cis parece funcionar menos como descripción y más como recordatorio ideológico: una forma de decir “tú también tienes género, aunque no lo notes”. En contextos médicos o académicos, el término puede cumplir una función descriptiva; sin embargo, su expansión al discurso público lo convierte en una herramienta ideológica.
Para comprender cómo llegamos a este punto, conviene recordar el marco teórico que dio origen a la discusión sobre el género y su relación con el cuerpo.
En 1990, Judith Butler publicó Gender Trouble, un texto clave en la teoría queer. Ahí plantea que el género no es una esencia ni un hecho natural, sino una performatividad: un conjunto de actos repetidos que producen la ilusión de una identidad estable; en otras palabras, nadie es hombre o mujer por naturaleza.
Esa idea, radical en su momento, abrió la puerta a pensar que el género no proviene del cuerpo, sino del discurso. Pero en su expansión cultural, ese razonamiento se convirtió en algo más absoluto: la noción de que la auto-percepción basta para definir la realidad social de cada individuo.
En lugar de entender la performatividad como una construcción social compartida, se transformó en la idea de que cada persona puede definir su propio género según su percepción interna. Así, el planteamiento de Butler, que originalmente era sociológico, se reinterpretó como un derecho psicológico individual: “Si lo siento, entonces lo soy.”
Este giro es decisivo: la teoría pasa del análisis de las normas sociales a una reivindicación de la auto-percepción subjetiva como fuente de legitimidad. Paradójicamente, también revierte la crítica original: lo que en Butler era una denuncia de cómo el poder produce identidades, se convierte hoy en una forma de poder simbólico individual, donde la auto-percepción exige reconocimiento obligatorio.
El problema aparece cuando ese principio subjetivo se impone como regla moral. La auto-percepción deja de ser una libertad personal para convertirse en un deber colectivo: todos deben reconocerla, aun cuando contradiga categorías biológicas, jurídicas o estadísticas.
Así, lo que comenzó como una propuesta emancipadora termina funcionando —como diría el filósofo Byung-Chul Han (2019)— como una coerción de lo positivo, es decir, una forma de disciplina que se disfraza de libertad. Ya no se impone por represión, sino por exceso de afirmación.
Todos deben ser visibles, reconocidos, auténticos y sentirse bien con ello. En ese clima, disentir del consenso identitario se vuelve un gesto sospechoso. No basta con respetar las diferencias: se espera celebrarlas públicamente y, además, suscribir la gramática que las nombra. Así, el lenguaje inclusivo, las siglas infinitas y la autoidentificación sin límite no sólo buscan reconocimiento, sino que también producen una presión moral. Quien no participa del ritual lingüístico corre el riesgo de ser señalado como intolerante; quien lo cuestiona, es violento.
Nombrar a la mayoría como cis no amplía la comprensión del género; más bien, la disuelve en un relativismo donde todo se define por la sensación individual. En esa lógica, el lenguaje deja de describir el mundo y se vuelve un instrumento para redibujarlo a voluntad. Michel Foucault (1976) explicaba que el poder moderno no impone por la fuerza, sino que produce subjetividades. La categoría cis parece funcionar en ese registro: no busca señalar una experiencia, sino reorganizar la percepción del poder en torno al género.
Por ello el término resulta, en el fondo, paradójico. Su intención de inclusión termina creando una nueva asimetría: ahora la normalidad avergüenza y debe justificarse.
No se trata de negar la existencia ni los derechos de las personas trans, sino de preguntarse si el lenguaje de la identidad ha llegado al punto de volverse dogmático. Cuando la auto-percepción se convierte en criterio absoluto, la conversación pública deja de ser racional y se vuelve litúrgica: un acto de fe.

