Ahí tienen, mis estimados amantes de la grilla y el WhatsApp. Culiacán amaneció oliendo a tinta, papel y café frío porque arrancó la Feria Internacional del Libro 2025, y contra todo pronóstico y varias apuestas de cantina sigue viva, fuerte y más letrada que muchos políticos en campaña.
Sí, la FIL Culiacán está más viva que nunca, aunque algunos crean que “alfil” es una pieza de ajedrez y no la feria. Del 10 al 16 de noviembre los libros invadieron la ciudad como si fueran plaga, pero una plaga bonita, de esas que no dejan basura ni baches, sino ideas, debates y selfies con escritores.
Y no cualquier escritores, eh. Por ahí anda Élmer Mendoza con su verbo filoso, recordándonos que en Sinaloa también se puede escribir sin que truene nada. También llegó Benito Taibo, el eterno defensor de los adolescentes que todavía creen que leer es un acto de rebeldía. Y hasta Socorro Venegas, que escribe con esa dulzura que te acaricia el alma y luego te suelta una historia que te deja pensando por tres días.
Más de ciento setenta autores se dieron cita en esta tercera edición, con acento chilango, argentino, colombiano y por supuesto el toque sinaloense que no podía faltar. Dicen que son más de ocho millones de pesos invertidos en letras, ideas y carpas, una cifra que en cualquier otra feria política se hubiera ido en playeras, lonas y birria, pero aquí se invirtió en cultura, en papel, en la palabra. Y eso, en estos tiempos de “like” y “scroll”, ya es un acto heroico.
La feria se repartió en siete escenarios por toda la ciudad, el Modular Inés Arredondo, el Kiosco, el Colegio de Sinaloa, la Casa del Maquío, el Patio del Ayuntamiento, el Congreso del Estado y el Foro Infantil. Sí, el Congreso también fue sede, aunque ahí algunos diputados todavía creen que “libro” es una aplicación nueva.
Pero bueno, que no se diga que en Culiacán no hay hambre de letras. Más de treinta y dos mil asistentes en los primeros dos días lo prueban. Treinta y dos mil. Imagínense si fueran votos. Ya tuviéramos alcalde vitalicio. Pero no, la gente fue por gusto, por curiosidad, por ver si los escritores también existen fuera de la contraportada.
Los niños se sentaron en el piso a escuchar cuentos sin TikTok de por medio, los jóvenes se acercaron a firmar libros en lugar de pedir stickers, y los adultos, los de más colmillo, se dieron el lujo de platicar con autores de carne y hueso. Y sí, también hubo quien solo fue por la foto o por el aire acondicionado, pero hasta esos se llevaron una línea de sabiduría en la bolsa.
El alcalde Juan de Dios Gámez Mendívil dijo que esta feria es patrimonio de todos, y aunque suene a frase de discurso, tiene razón. En una ciudad donde a veces parece que el ruido le gana al silencio, la FIL vino a demostrar que todavía hay espacio para las palabras, las ideas y los libros que no se piratean.
Y claro, no faltó el típico aguafiestas que dice “¿Y para qué gastar tanto en libros si la gente no lee?”. Pues precisamente por eso, mi rey. Porque si nadie lee, hay que ponerles los libros enfrente, envolverlos en música, poesía y hasta en tacos de camarón si hace falta. Que si no les entra por los ojos, les entre por el antojo.
La Feria Internacional del Libro de Culiacán se ha convertido en el mejor argumento contra el pesimismo cultural. Aquí no se habla de narcos ni de política barata, bueno, casi no, sino de historias, de identidad, de lo que somos más allá de los encabezados. Aquí uno recuerda que Culiacán no solo produce tomates y canciones virales, también produce ideas, poetas y lectores tercos.
Así que sí, la FIL Culiacán 2025 es un éxito con todas sus letras, con toda su gente y con todo su orgullo. Porque entre tanta crisis, tanto ruido y tanta pantalla, todavía hay quienes prefieren perderse entre las páginas que entre los reels.
Y al que no le guste, que se lea un libro.
Todo esto según yo, El Goyo310
Fugaaaaa

