Cuando lo extraordinario se volvió costumbre

Cuando lo extraordinario se volvió costumbre

Culiacán se mueve. Se mueve mucho. Demasiado para el contexto que arrastra. En lo que va de los últimos 10 días, la ciudad luce saturada como en sus días de mayor bonanza. Tráfico interminable, calles llenas, centros comerciales a reventar y un centro histórico donde caminar se vuelve un ejercicio de paciencia. Todo pasa al mismo tiempo y en todos lados.

A simple vista podría parecer una buena señal. Una ciudad viva, activa, que consume y no se encierra. Pero basta rascar un poco para entender que este movimiento no nace de la tranquilidad, sino de algo más profundo y preocupante. Nace de la costumbre.

Porque aquí no se trata solo de vacaciones, aguinaldos o agendas sociales acumuladas. Se trata de una sociedad que aprendió a convivir con un entorno complejo sin detenerse a cuestionarlo. La violencia dejó de ser tema de conversación urgente para convertirse en parte del paisaje. Está ahí, se menciona, se comenta y se sigue adelante.

La normalidad se instaló sin pedir permiso. Salir a la calle ya no implica preguntarse si es prudente, sino calcular horarios, rutas y tiempos. Se aprende qué calles evitar, a qué hora salir y cuándo regresar. Todo eso se hace de forma automática, como quien aprende a esquivar baches. Y eso es justo lo alarmante.

Desde el discurso oficial, la lectura es conveniente. Calles llenas equivalen a estabilidad. Tráfico pesado significa que la economía se mueve. Plazas comerciales abarrotadas se traducen como confianza ciudadana. Pero esa interpretación ignora el fondo del asunto. La actividad no siempre es sinónimo de bienestar. A veces es solo supervivencia.

El sarcasmo aparece cuando se celebra la normalidad. Cuando se presume que la gente sale, consume y vive como si eso fuera prueba de que el problema está resuelto. En realidad, lo único que quedó claro es que la ciudadanía se adaptó. No porque quiera, sino porque no tiene otra opción.

Culiacán no está en calma. Culiacán está resignada. Resignada a que la violencia sea una nota más, a que la tensión forme parte del día a día, a que el miedo se administre en dosis manejables. Esa resignación es peligrosa porque anestesia. Y una sociedad anestesiada deja de exigir.

Lo verdaderamente preocupante no es el tráfico ni las filas en los restaurantes. Lo preocupante es que ya no sorprende. Que lo extraordinario dejó de serlo. Que la pregunta ya no es cuándo se resolverá el problema, sino cómo aprender a vivir con él.

La normalización es el triunfo silencioso del caos. Cuando la costumbre sustituye a la indignación, cuando el hartazgo vence a la exigencia, el problema deja de ser solo de seguridad y se convierte en una falla estructural.

Culiacán sigue, sí. Pero seguir no siempre significa avanzar. A veces solo significa aguantar. Y eso, aunque se vea como movimiento, es una señal clara de que algo no está bien.

Según yo, el Goyo310. Fugaaa.

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