​La Escalera Derribada: La Nueva Ley Electoral ….. Por: Enrique Corrales 

La política, en su dimensión más cruda, suele ser una lucha constante entre la memoria y la conveniencia. En el México de 2026, nos encontramos ante un fenómeno que la ciencia política ha estudiado bajo diversos nombres, pero que en la práctica cotidiana se resume en una imagen demoledora: patear la escalera. Quienes hoy detentan las mayorías absolutas y pretenden desmantelar el sistema de representación proporcional y el financiamiento público, son los mismos que, durante décadas, sobrevivieron y crecieron gracias a esas mismas reglas que hoy tildan de “onerosas” o “ilegítimas”.

​Para analizar esta regresión, debemos alejarnos de los adjetivos fáciles y entrar al terreno de la lógica del poder, la psicología de las élites y la arquitectura institucional.

François de La Rochefoucauld escribió con lucidez que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Bajo esta premisa, podemos entender el argumento de la “austeridad” que hoy se esgrime para asfixiar al sistema electoral. No es un ahorro genuino lo que se busca, sino la virtud aparente de la economía para ocultar el vicio del control absoluto.

​Es una ironía histórica que los arquitectos de esta reforma sean hijos predilectos de la pluralidad. Personajes como Ricardo MonrealAdán Augusto López o la propia Luisa María Alcalde, no habrían tenido el oxígeno político necesario para llegar a la cima sin los peldaños de la Representación Proporcional. Fueron ellos quienes, en su momento de minoría, pugnaron por un sistema donde el porcentaje de votación fuera un espejo fiel del porcentaje de curules. Hoy, al alcanzar la cúpula, descubren que la pluralidad les estorba. La Rochefoucauld nos recordaría que nuestra vanidad nos hace olvidar los favores recibidos cuando estos ya no sirven a nuestro ascenso.

​En las leyes del poder de Robert Greene, existe una máxima implícita: para asegurar tu posición, debes borrar las huellas del camino que recorriste, de modo que nadie más pueda seguir tus pasos. Al intentar eliminar los diputados plurinominales y centralizar el financiamiento, el oficialismo está aplicando una estrategia de clausura.

​En Sinaloa, el espejo es nítido y doloroso para la coherencia democrática. Si revisamos las trayectorias de figuras como el gobernador Rubén Rocha Moya, la senadora Imelda Castro, o liderazgos como los de Teresa GuerraGraciela Domínguez y Feliciano Castro, encontramos un común denominador: la vía de la representación proporcional fue su plataforma de lanzamiento. Fueron voces necesarias en la minoría, financiadas por el Estado para garantizar que el debate no fuera un monólogo.

​¿Con qué calidad moral se pretende hoy arrebatar a las nuevas generaciones de opositores el derecho que ellos ejercieron con tanto ahínco? La respuesta no es técnica, es estratégica: quieren una cancha donde solo juegue quien tenga el permiso del presupuesto oficial.

Jeremy Bentham diseñó el Panóptico como una estructura donde el ojo del poder controla todo sin ser visto. La reforma que busca debilitar al INE y someterlo a los designios de la mayoría es, en esencia, la construcción de un panóptico electoral. Al controlar el presupuesto del árbitro y de los competidores, el Estado se erige como el gran vigilante y gestor de la competencia.

​Sin financiamiento público equitativo, la política se vuelve vulnerable a lo que Robert Michels llamaba la “Ley de Hierro de la Oligarquía”. Michels advertía que todas las organizaciones, incluso las más democráticas, terminan siendo dominadas por una élite que se perpetúa. Al quitar el recurso público, se obliga a los partidos a buscar recursos en las sombras: en el gran capital o, peor aún, en el crimen organizado. Es una invitación formal a la captura del Estado por intereses fácticos, disfrazada de ahorro ciudadano.

​Es fascinante —y aterrador— observar cómo en Sinaloa la narrativa oficialista intenta borrar su propio pasado. La “larga cantidad de etcéteras” que menciona la historia legislativa de nuestro estado está llena de actuales funcionarios que, como minoría, fueron los más vocales en exigir que el gobierno no metiera las manos en las elecciones y que los partidos tuvieran recursos suficientes para no depender de “donaciones” oscuras.

​Hoy, desde el púlpito del poder, la analogía de la escalera cobra vida. Han subido al ático de la decisión pública y, en lugar de fortalecer la estructura para que otros suban, están serruchando los peldaños. Quieren que el porcentaje de votos ya no sea el porcentaje de curules, porque saben que la pluralidad es el único antídoto contra el autoritarismo.

​La reforma electoral no es un ahorro; es un cerrojo. Es la culminación de un proceso donde quienes fueron minoría han decidido que la minoría ya no debe existir. Como políticos y periodistas, nuestro deber es recordarles quiénes eran antes de las alfombras rojas y las mayorías calificadas.

​La representación proporcional no es un regalo para los partidos; es un derecho de los ciudadanos a estar representados en su diversidad. Si permitimos que derriben la escalera, el próximo que intente subir no encontrará peldaños, sino muros. Y cuando el diálogo se vuelve imposible por falta de espacios, la historia nos enseña que el conflicto suele buscar otras vías, mucho más costosas que cualquier presupuesto electoral.

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