La izquierda que se dio un balazo en el pie y todavía pidió aplausos

La Reforma Electoral llegó como llegan las malas ideas envuelta en discurso bonito, con moñito de austeridad y sonrisa de “no pasa nada”. Y claro, en cuanto se destapó la olla empezó el tufo. No a dictadura, no a Maduro, no a Chávez. A algo peor, a incongruencia pura, de esa que marea y da cruda moral.

Porque vamos por partes, como carnicero con prisa. El PT y el Verde, esos partidos que muchos tratan como llaveros del poder, dijeron fuchi. Fuchi claro, fuchi público, fuchi sin saliva. Y no porque se hayan vuelto neoliberales de repente ni porque les haya hablado Claudio X. González en sueños. Dijeron fuchi porque se dieron cuenta de que la reforma les pasa la navaja por el cuello. Así, sin poesía.

Y aquí viene lo sabroso. Esos partidos existen gracias a lo que hoy se quiere recortar. Gracias a la representación proporcional. Gracias al financiamiento público. Gracias a un árbitro que no dependiera del humor presidencial. Gracias a una izquierda que se partió la madre cuando ser de izquierda no daba likes ni cargos, sino madrazos, fraudes y carpetazos.

Pero ahora no. Ahora la izquierda gobierna, manda, decide y reparte. Y como buen nuevo rico político, ya no quiere pagar la fiesta que lo hizo famoso. Quiere ahorrar, pero empezando por los demás. Quiere democracia, pero sin tanto ruido. Quiere pluralidad, pero bien ordenadita, sentada al fondo y calladita.

Desde Palacio nos dicen que no exageremos, que todo es falso de toda falsedad, que nadie quiere controlar al INE, que las minorías están garantizadas y que México es una democracia tan sana que hasta corre maratones. El problema es que la historia política mexicana no se cree los discursos, se cree las reformas. Y cuando empiezas a tocar pluris, dinero y árbitros al mismo tiempo, no estás barriendo la casa, estás moviendo los cimientos.

Ricardo Monreal, que no es ningún monaguillo recién confirmado, salió a decir lo obvio. Sin aliados no hay reforma. Dicho en lenguaje callejero significa que si te peleas con los que te prestaron la escalera, te toca bajar a chingadazos. Monreal no defiende principios por romanticismo. Defiende la aritmética del poder. Y la aritmética dice que sin PT y sin Verde, la reforma se queda en PowerPoint.

Lo más cínico del asunto es que la 4T se construyó fregándose al PRI con las reglas que hoy quiere cambiar. Con financiamiento público. Con árbitros incómodos. Con plurinominales que daban voz a los que no ganaban distritos. Eso que antes era virtud hoy es estorbo. Antes era democracia, ahora es gasto innecesario. Antes era pluralidad, ahora es “mucho partido chico”.

Y mientras Morena se da de topes con sus propios aliados, el PAN se sirve palomitas. Ni falta les hace operar. La 4T está haciendo el trabajo sucio sola, rompiendo su propia vajilla y luego preguntando quién la tiró. A veces la oposición más eficaz es el ego del poder creyéndose infalible.

Esto no va de si la reforma es buena o mala. Va de memoria política. De no olvidar que el sistema que hoy se quiere adelgazar fue el mismo que permitió que muchos pasaran de la protesta al presupuesto. De no olvidar que cuando le quitas aire a la democracia, no siempre se asfixia el adversario, a veces te ahogas tú.

Porque el poder tiene esa maña. Te convence de que ya no necesitas las reglas que te salvaron cuando eras minoría. Te hace creer que ahora sí, tú eres distinto, tú eres bueno, tú no te vas a pasar de lanza. Hasta que te das cuenta de que el problema no es quién manda, sino qué herramientas tiene para mandar.

Y ahí están el PT y el Verde, viendo cómo les quieren mover la silla mientras todavía están sentados. No son héroes ni mártires. Son políticos oliendo peligro. Y cuando el político huele peligro, no aplaude discursos, saca el colmillo.

Al final, esta historia no es tragedia. Es farsa. Una izquierda que lucha contra lo que ella misma parió. Un gobierno que presume democracia mientras regatea pluralidad. Un movimiento que se pelea con su sombra y luego se asusta porque lo sigue.

Porque en política, como en la cocina sinaloense, no basta con saber guisar. También hay que tener estómago para tragarte lo que preparaste. Y aquí, aunque se hagan los sorprendidos, el platillo ya está servido.

Según yo El Goyo 310 Cuando te comes las que guisas

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *