¿Por qué quieren un Congreso de “levanta dedos”? … Por: Enrique Corrales

¿Por qué quieren un Congreso de “levanta dedos”? … Por: Enrique Corrales

La política mexicana atraviesa una de sus paradojas más peligrosas: en nombre de una supuesta “austeridad” y una “democracia directa” malentendida, se busca decapitar el cerebro técnico del Poder Legislativo. La narrativa oficialista ha logrado inocular en el imaginario colectivo que los diputados de Representación Proporcional (RP) —los mal llamados “pluris”— son una carga burocrática, un refugio de élites sin votos. Nada más alejado de la realidad y nada más conveniente para un régimen que desprecia el contrapeso y el rigor del dato duro.

Para entender hacia dónde vamos, hay que recordar de dónde venimos. En 1977, don Jesús Reyes Heroles —el arquitecto de la modernidad política— entendió que México se asfixiaba en la unanimidad del partido hegemónico. En su histórico discurso de Chilpancingo, advirtió que México no podía ser “un país de un solo hombre, ni de una sola idea”. Su respuesta fue la LOPPE, que institucionalizó el desacuerdo para evitar la confrontación violenta.

Años después, en 1986, bajo el gobierno de Miguel de la Madrid, se dio el siguiente paso lógico: acotar a la mayoría con un límite autoimpuesto. Se entendió que incluso el partido en el poder necesitaba cuadros especializados que no necesariamente ganaran distritos en territorio, pero que tuvieran la capacidad de sentarse en la tribuna a darle viabilidad a las leyes. Como bien decía Reyes Heroles: “Para que la política no sea un enfrentamiento de fuerzas, es necesario que sea un enfrentamiento de ideas”.

Es una verdad incómoda para muchos, pero innegable para quienes caminamos los pasillos del Congreso: los diputados plurinominales son, por definición, la tecnocracia necesaria de la política. Mientras que el diputado de distrito suele ser el “músculo” —el que tiene la conexión emocional y territorial—, el plurinominal suele ser el “cerebro”.

Históricamente, los grandes tribunos, los presidentes de las comisiones más complejas (Hacienda, Justicia, Puntos Constitucionales) y los coordinadores parlamentarios han llegado por la vía de la representación proporcional. Son ellos quienes profesionalizan la política. Un Congreso compuesto únicamente por ganadores de mayoría absoluta corre el riesgo de convertirse en un desfile de popularidad, donde la capacidad de redactar un dictamen que no se caiga ante un amparo es la excepción y no la regla.

Lo que hoy presenciamos con la mayoría oficialista es el cumplimiento de una profecía autoritaria. Al atacar la figura plurinominal y forzar interpretaciones legales para alcanzar una sobrerrepresentación que viola el espíritu del Artículo 54 constitucional, el objetivo es claro: anular el debate.

Un Congreso que no debate no es un Parlamento; es una Oficialía de Partes del Ejecutivo. Cuando escuchamos la consigna de “no moverle ni una coma” a las iniciativas enviadas desde Palacio, estamos presenciando el suicidio de la división de poderes. El diputado “levanta dedos” no necesita entender de técnica legislativa ni de impacto presupuestario; solo necesita saber cuándo alzar la mano siguiendo el dictado del líder.

Esta degradación técnica es lo que permite que se aprueben reformas que después son despedazadas por la Corte o que causan daños irreparables en sectores estratégicos como el campo, la educación o la niñez. La desaparición de la pluralidad técnica es la puerta de entrada a la ocurrencia legislativa.

Defender las curules plurinominales no es defender privilegios de partido; es defender la existencia de un Poder Legislativo profesional. Es defender que existan voces que puedan decirle “no” o “así no” a un Ejecutivo hiperpresidencialista.

Recordemos la máxima heroliana: “Lo que resiste, apoya”. Un Congreso que no resiste con técnica y argumentos no está apoyando al país; simplemente lo está dejando a la deriva del capricho. Si eliminamos a los perfiles que profesionalizan la política, nos quedaremos con un recinto de mudos técnicos y gritones políticos. México no necesita más “levanta dedos”; necesita más políticos de carrera que entiendan que su primera lealtad es con la Constitución, no con el humor del gobernante en turno.

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