A mí nadie me platicó cómo era trabajar en Pepsi. Yo lo viví. Y el que pasó por ahí sabe que no era para improvisados ni para los que creen que el reloj es sugerencia. En Pepsi se llegaba a las seis de la mañana porque a las seis cuarenta y cinco ya tenía que estar todo listo. No medio listo, no casi, listo. Desde ahí te empezaban a acomodar la cabeza.
Pepsi no te daba discursos, te daba rutina. Y la rutina, bien llevada, te ordena la vida. Rutas claras, horarios claros, metas claras. Ahí aprendí que cuando todo está definido ya no hay excusas, solo resultados. Y que el que vive buscando pretextos generalmente es porque no quiere hacerse cargo.
Mi primera etapa fue en Pepsi Culiacán. Ahí hice amigos que hasta hoy siguen siendo parte de mi historia. El famoso Bananas, Iván Garap, Carlos Orduño, el Nono, Omar Carrillo, Changel, Genaro, Carlos Obeso, Omar Rocha, Lucio y Jorgito Delgado, que todavía no explica lo del apellido. Y varios más Ahí entendí que nadie se salva solo. Si uno falla, todos pagan. Y eso te enseña rápido a pensar en equipo y no desde el ego.
Después vino Aguascalientes. Otra ciudad, otro ritmo, la misma exigencia. Ahí conocí a don Raúl, cliente serio. Al Tehuejo de la panadería, así le decían por güero y transparente. Al Wolverin, al Sosa, al Tachidito y a José Soto. Y muchos más se repitió la lección. Cuando la chamba es dura, la convivencia se vuelve honesta. No hay poses, hay personas.
Vender en Pepsi no era cosa sencilla. No era llegar y dejar producto. Era negociar todos los días, aguantar negativas, entender al cliente y volver a intentar. Aprendí que vender no es hablar bonito, es tener aguante. Que no todo rechazo es personal, aunque a veces lo parezca. Y que la constancia casi siempre gana.
Yo llegué pidiendo chamba de supervisor. Venía de la grilla, del PRI, de un mundo donde se habla mucho y se cumple poco. En Pepsi me bajaron de golpe. No señor, aquí empiece de ayudante. Y empecé. Desde abajo. Cargando, aprendiendo y entendiendo algo que no se enseña en la política: nadie te debe nada, el lugar se gana.
Fui parte de CedisModelo, que en su momento fue el programa de capacitación más grande del mundo dentro de Pepsi. Ahi me gradué Ahí entendí algo clave: lo que no se mide, no existe. Aprendí a trabajar con indicadores, con procesos, con números y con resultados. A saber exactamente dónde estaba parado y a corregir sin drama. CeisModelo no era motivación, era orden.
En Aguascalientes me tocó la llegada de Pepsico En Culiacán, después, vino la transición a PepsiCo. Todo se hizo más grande, más rígido y más exigente. Y ahí aprendí otra cosa. Cuando las reglas cambian, el que se queja se queda. El que se adapta, sigue.
Pepsi me enseñó a aguantar vara sin hacerme la víctima. A entender que el cansancio no es exclusivo. Que llegar temprano no es quedar bien, es respetar el tiempo de los demás. Que cumplir no te hace héroe, pero no cumplir sí te exhibe.
Aprendí que los problemas no se discuten, se resuelven. Que primero se entrega y luego se opina. Que el “no se pudo” casi siempre significa “no me organicé”. Aprendí a trabajar aunque no tuviera ganas, porque las ganas no pagan cuentas ni sacan rutas.
Aprendí a leer gente en minutos. A distinguir al que cumple del que solo habla. Al que suma del que estorba. Y eso, en la vida y en la política, vale oro. Porque no todo el que sonríe es aliado y no todo el que se queja trabaja.
Aprendí que el humor negro no es grosería, es defensa. Que sin carrilla la presión te aplasta. Que reírte del caos es mejor que llorar por él. Y que cuando todos andan cansados, el que mantiene la cabeza fría normalmente saca el día.
Pepsi me dejó algo muy claro. Nadie es indispensable, pero todos son necesarios cuando hacen bien su parte. El respeto no viene con el puesto, viene con la chamba. Y la disciplina, aunque al principio moleste, termina acomodándote la vida.
Por eso cuando hablo de Pepsi no hablo de nostalgia ni de logotipos. Hablo de madrugadas, de rutas largas, de errores corregidos y de carácter forjado a la mala. Porque Pepsi no te pregunta si estás listo, te pone a prueba. Y si aguantas, sales distinto. Y eso, guste o no, no cualquiera lo trae. Todo esto, según yo. El Goyo310.

