En la política mexicana hay algo que nunca falla: cuando una reforma no pasa, inmediatamente alguien sale a decir que en realidad no perdió. Que no fue derrota. Que fue parte del proceso democrático. Que la historia los absolverá. Que el pueblo sabio. Que el destino. Que Mercurio estaba retrógrado… lo que sea, menos aceptar que simplemente no alcanzaron los votos.
Eso fue exactamente lo que pasó con el rechazo a la reforma electoral. Desde Palacio Nacional se dijo que no era una derrota. Que en realidad es apenas una pausa. Que ahora viene el famoso “Plan B”. Y cuando en política empiezan a hablar de planes B, C o D, casi siempre significa que el plan A ya se estampó contra la pared.
Lo curioso de todo esto es que la reforma se vendía como una gran cruzada por la democracia. Una especie de limpieza moral del sistema político. Menos privilegios, menos dinero, más participación ciudadana. Todo muy bonito en el discurso. Pero cuando uno rasca un poquito el barniz, aparece la vieja costumbre mexicana: querer cambiar las reglas cuando no te salen las cuentas.
Porque si algo se supone que define a la democracia es aceptar cuando pierdes una votación. Así funciona desde los cabildos de los pueblitos hasta los congresos de las grandes repúblicas. Se vota, se cuentan los votos y el que no alcanza mayoría se aguanta. Punto.
Pero aquí no.
Aquí la historia es distinta. Aquí si no pasa la reforma, entonces se manda otra. Y si tampoco pasa, se manda otra más. Y si todavía no pasa, entonces se acusa a los demás de defender privilegios. Y si aun así no pasa… bueno, seguro aparecerá el Plan C, D o el plan “a ver cómo le hacemos”.
La presidenta argumenta que su propuesta busca acabar con excesos en congresos locales y ayuntamientos. Que hay diputados que cuestan millones. Que hay regidores que cobran como si fueran ministros de la Suprema Corte. Y la verdad es que en eso no le falta razón. La política mexicana está llena de nóminas infladas, bonos misteriosos y asesores que nadie sabe qué hacen pero que cobran muy puntuales cada quincena.
Ahí está el caso de congresos locales donde cada legislador termina costando decenas de millones de pesos al año si se suman sueldos, estructuras, asesores, viáticos, gasolina, celulares, viajes, y uno que otro cafecito “institucional”. Un diputado que en teoría representa al pueblo termina viviendo mejor que muchos empresarios. Y eso, para cualquier ciudadano que paga impuestos, es como ver a alguien comerse tu comida enfrente de ti… y todavía pedir postre.
También está el asunto de los regidores. En muchos municipios hay más regidores que problemas resueltos. Cabildos que parecen excursiones escolares: veinte, veinticinco, hasta treinta personajes sentados alrededor de una mesa para decidir cosas que a veces ni ellos mismos entienden.
Y sí, claro que hay excesos.
Pero el problema no es señalar los excesos. El problema es querer arreglarlos con reformas hechas más con coraje que con consenso.
La democracia no funciona a gritos ni a empujones. Funciona con acuerdos. Con negociación. Con convencer. Y eso implica algo muy incómodo para muchos políticos: aceptar que el otro también existe.
Porque en política, cuando alguien intenta pasar una reforma de ese tamaño sin construir suficientes acuerdos, lo que está haciendo no es fortalecer la democracia… está jugando a las vencidas con el Congreso.
Y las vencidas a veces se ganan, pero otras veces te dejan con el brazo torcido.
Lo más interesante del episodio fue que no solo hubo oposición de partidos adversarios. También aparecieron algunos votos incómodos dentro del propio bloque que se suponía disciplinado. Diputadas que decidieron votar distinto. Pequeñas rebeldías que, en un sistema acostumbrado a la obediencia de bancada, se sienten como terremotos.
No fue una rebelión monumental, pero sí suficiente para recordar algo que a veces se olvida en la política mexicana: los legisladores, en teoría, no son empleados del Ejecutivo.
En teoría.
Porque en la práctica muchos siguen votando como si recibieran instrucciones por WhatsApp.
Y cuando alguno se sale del guion, entonces empiezan las miradas incómodas en los pasillos del poder.
Lo que sigue ahora es el famoso Plan B. Otra reforma. Otros ajustes. Otro intento de convencer al Congreso de que ahora sí, esta vez, de verdad, la democracia será más democrática que nunca.
Tal vez pase. Tal vez no.
Pero hay una ironía deliciosa en todo esto.
Se hablaba de defender la democracia… y al final la democracia hizo lo que suele hacer: contar votos.
Y los votos no alcanzaron.
Así que, aunque algunos digan que no hubo derrota, la matemática legislativa es bastante cruel. No entiende de discursos, ni de convicciones históricas, ni de frases épicas. Solo suma.
Y cuando la suma no da, no da.
Lo demás ya es narrativa política.
Y en México de eso tenemos de sobra.
Porque aquí perder nunca es perder. Aquí siempre es “parte del proceso”, “una nueva etapa”, “un paso más en la transformación”. Nadie pierde, todos avanzan… aunque el marcador diga otra cosa.
Eso sí, mientras tanto el país sigue con el mismo sistema electoral, los mismos congresos caros, los mismos regidores abundantes y los mismos discursos sobre acabar con privilegios que curiosamente sobreviven sexenio tras sexenio.
La política mexicana es así: todos prometen adelgazar al monstruo… pero nadie quiere soltar el cuchillo con el que cortan el pastel.
Y así seguimos, entre reformas heroicas, planes B salvadores y discursos de democracia que a veces suenan más a berrinche institucional que a construcción de acuerdos.
Pero bueno, esa es la política.
Y aquí en México, como en las cantinas de pueblo, todos dicen que iban ganando… hasta que llega la cuenta.
Todo esto según yo el Goyo310.

