Ahora sí, agárrense porque el tema da para mucho más que una ocurrencia legislativa bien adornada. El buen amigo Serapio Vargas trae la iniciativa de reconocer el término “gobernadora” y sí, otra vez hay que dejarlo claro para que no se hagan bolas, no tiene nada de malo. El lenguaje evoluciona, cambia, representa, y todo ese rollo políticamente correcto que tanto les gusta presumir.
Pero aquí no estamos para aplaudir diccionarios, estamos para hablar de la realidad. Y la realidad de Sinaloa no está como para andar celebrando ajustes lingüísticos.
Porque mientras allá adentro se discuten palabras, acá afuera la gente sigue lidiando con problemas que no se arreglan con cambiarle una letra a un cargo público.
Ya hablamos de la seguridad, que está pa’ llorar. Ya hablamos de los hospitales, que parecen más promesa que servicio. Ya hablamos de la falta de medicamentos, que es el pan de cada día. Pero el problema es mucho más grande, mucho más profundo y mucho más incómodo de aceptar.
Vamos empezando por la educación, que también anda en modo sobrevivencia. Escuelas con infraestructura jodida, maestros haciendo milagros con lo poco que tienen, alumnos que muchas veces ni condiciones básicas traen para aprender. Pero eso sí, el Congreso bien aplicado en ver cómo se dice gobernadora.
Luego está el campo, que en Sinaloa no es cualquier cosa, es columna vertebral de la economía. Y aún así, los productores batallan con apoyos que no llegan, precios que no alcanzan, costos que se disparan y políticas que parecen hechas desde un escritorio que nunca ha pisado una parcela. Pero no pasa nada, lo importante es el término correcto.
Y ni se diga el tema del agua, que cada vez preocupa más. Sequías, mala administración, infraestructura que no da el ancho. Pero no vemos la misma urgencia legislativa para eso. Ahí no hay iniciativas con tanta emoción.
También está el transporte público, que es otro dolor de cabeza. Un servicio irregular, unidades en mal estado, rutas que no cubren lo que deberían. La gente se tiene que mover como puede, pagando caro por un servicio que deja mucho que desear. Pero bueno, mínimo sabrán cómo decir gobernadora mientras van colgados en el camión.
La vivienda tampoco se salva. Hay colonias creciendo sin orden, sin servicios completos, sin planeación. La gente construyendo como puede porque no hay opciones reales. Pero eso no genera tanto interés como una reforma de lenguaje.
Y el empleo… ese es otro tema que duele. Porque sí, hay trabajo, pero muchas veces mal pagado, inestable, sin garantías. Jóvenes que no encuentran oportunidades y terminan buscando salida donde sea, incluso fuera del estado. Pero ahí no vemos esa misma intensidad de debate.
La corrupción, ni se diga. Ese mal que ya parece parte del sistema. Trámites que se atorán si no hay “gestión”, recursos que no siempre se ven reflejados donde deberían. Pero eso ya está tan normalizado que ni escándalo hace.
Y en medio de todo eso, aparece esta iniciativa.
Que sí, que no está mal. Pero tampoco está en el top diez de lo que le urge a Sinaloa. Ni en el top veinte si nos ponemos estrictos.
Aquí es donde entra el punto que incomoda. Porque esto no es ignorancia, esto es decisión. Decidir en qué se invierte el tiempo, en qué se gasta la energía, en qué se construye agenda. Y cuando decides empujar estos temas por encima de los problemas reales, el mensaje es claro, aunque no lo quieran aceptar.
Es más fácil cambiar palabras que cambiar realidades.
Es más cómodo debatir en tribuna que meterse a resolver broncas que implican desgaste, presión y resultados medibles.
Y sí, el lenguaje incluyente tiene su lugar, claro que sí. Pero no puede convertirse en la cortina perfecta para tapar todo lo demás que no está funcionando.
Porque la gente no vota para que le hablen bonito, vota para que le resuelvan.
No vota para que le expliquen cómo se dice un cargo, vota para que ese cargo haga su trabajo.
Y aquí es donde el sarcasmo ya ni alcanza, porque la realidad lo rebasa. Imagínate un estado con problemas de seguridad, salud, educación, campo, agua, transporte, vivienda, empleo y corrupción… pero con un lenguaje impecable.
No pues qué orgullo.
Es como tener una casa cayéndose, con goteras, sin luz y sin agua, pero con el letrero de la puerta perfectamente escrito. Una joya.
Y lo repito, esto no es contra Serapio Vargas en lo personal. Hay respeto, hay aprecio. Pero precisamente por eso, porque se le reconoce capacidad, es que se le debe exigir más. Mucho más.
Porque Sinaloa no necesita discursos bonitos, necesita soluciones urgentes.
Necesita diputados que dejen de jugar a la política cómoda y se metan de lleno a la política que incomoda, que exige, que transforma.
Pero bueno, mientras eso pasa o no pasa, aquí seguimos viendo cómo se entretienen con las formas mientras el fondo sigue hecho pedazos.
todo esto según yo el Goyo310

