En Sinaloa hay una necedad que ya raya en lo absurdo. La clase política sigue convencida de que la gente piensa igual que antes, que reacciona igual que antes y que vota igual que antes. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si la raza no se hubiera cansado, como si todo siguiera funcionando con la misma receta de siempre. Y no. La ciudadanía ya cambió, nomás que acá nadie se ha dado por enterado o peor tantito, sí se dieron cuenta pero se hacen como que la virgen les habla porque aceptar eso les desacomoda todo el negocio.
Porque antes la cosa era sencilla. Un buen operador, estructura aceitada, unos eventos bien llenos para la foto y asunto resuelto. Hoy pueden llenar un salón, tomarse cien fotos, subirlas a redes y sentirse en la gloria… y aún así no traen un voto seguro. Pero cómo les encanta vivir del aplauso prestado. Se emocionan con su propio eco, se creen la película completa y nadie les avisa que el público ya se salió del cine.
En Morena traen la idea bien metida de que el famoso voto duro sigue firme, como si fuera una pared de concreto. Pues no, compa. Ese voto ya está todo cuarteado. Hoy la gente puede ir, saludar, tomarse la foto, hasta echar porras si quieres… y a la hora de la verdad votar por quien le dé su gana. Así de sencillo y así de incómodo. Porque ni siquiera el empuje de Claudia Sheinbaum baja como antes, eso de que lo que se decide arriba se cumple abajo ya no viene tan derechito, pero aquí siguen haciendo cuentas alegres como si nada estuviera cambiando.
Y luego viene el otro cuento que se repiten entre ellos, ese de que con los programas sociales ya está todo amarrado. Nombre, ojalá fuera así de fácil. La gente recibe el apoyo porque lo necesita, lo agradece, claro que sí, pero eso no significa que entregue la voluntad. Una cosa es el apoyo y otra muy distinta el voto. Aquí siguen confundiendo ayuda con lealtad eterna, como si la ciudadanía firmara un contrato invisible donde dice que ya no puede pensar diferente. La realidad es otra, la gente agarra lo que le sirve y decide por su cuenta, sin pedir permiso.
Mientras tanto la grilla anda en su propio mundo. Allá andan midiendo fuerzas, acomodando piezas, peleando candidaturas, viendo quién sale más en la foto, quién trae más ruido, quién se mueve más. Y la gente en otro canal completamente distinto, resolviendo cómo le alcanza el día, cómo le hace para vivir más o menos tranquilo, cómo le da la vuelta a los problemas de todos los días. Ese divorcio entre lo que vive la gente y lo que creen los políticos es donde empieza el verdadero problema, porque ahí es donde la narrativa se rompe y ya no hay discurso que la sostenga.
Y lo más delicado no es el enojo, ese ya lo conocen. Lo que está creciendo es otra cosa más silenciosa y más peligrosa, el desinterés. Ese “me da igual todos” que no hace ruido pero pesa un montón. La gente ya no se engancha como antes, no se emociona, no se compra el cuento completo. Y cuando llegas a ese punto, el voto deja de ser predecible y se vuelve un volado con memoria. Porque no votan por entusiasmo, votan por hartazgo. Y cuando el hartazgo decide, no hay estructura que alcance.
Del lado de la oposición el panorama tampoco ayuda mucho. No es que estén listos para aprovechar ese desgaste, es que siguen enredados en lo suyo. El PRI queriendo convencerse de que sigue vivo, el PAN tratando de ver si todavía pinta algo y Movimiento Ciudadano esperando a ver qué cae. Mucho ruido interno y poca conexión con la gente. Parecen más ocupados en sobrevivir entre ellos que en construir algo que realmente le haga sentido a la ciudadanía. Y así, pues tampoco asustan a nadie.
Eso sí, en Morena el riesgo no es que estén débiles, es que se pueden confiar de más. Cuando te la crees demasiado empiezas a dejar de escuchar, empiezas a pensar que todo va bien nomás porque nadie te contradice en corto. Y ahí es donde vienen los errores finos, los que no se ven al principio pero que pesan el día de la elección. Porque en un escenario donde la gente ya no es fiel, cualquier descuido se convierte en factura.
Muchos ya están haciendo números rumbo al 2027, sacando cuentas, armando escenarios, repartiendo el pastel que ni siquiera está horneado. Pero están dejando fuera lo más incómodo, la gente que no va a reuniones, la que no contesta encuestas, la que no anda en la foto. Esa que no hace ruido pero sí vota. Y vota distinto a lo que ellos creen.
Aquí el detalle no es quién va arriba ni quién trae más estructura ni quién se mueve más. El detalle es que están leyendo un estado que ya no existe. Siguen jugando con reglas viejas en un terreno que ya cambió.
La ciudadanía en Sinaloa se volvió más desconfiada, más libre y también más canija para decidir. Ya no se casa con nadie, no se deja llevar tan fácil y no le tiembla la mano para cambiar el sentido del voto. Y mientras la clase política siga tratándola como si fuera la misma de antes, el golpe de realidad va a llegar sin aviso.
Y cuando llegue, no va a haber operador que lo componga ni discurso que lo maquille.
Todo esto según yo de Goyo 310.

