Cuando el agua y el aceite quisieron revolverse y terminaron embarrando todo

Cuando el agua y el aceite quisieron revolverse y terminaron embarrando todo

Hay cosas que desde que nacen ya traen el fracaso amarrado, como esas dietas que empiezan en lunes o los propósitos de año nuevo que no pasan de la rosca de reyes. Así mero pasó con esa famosa alianza entre el PRI y el PAN, que nos quisieron vender como si fuera la gran receta milagrosa, cuando en realidad parecía experimento de cocina hecho con lo que quedó en el refri.

Porque mire, no hay que ser muy vivo para entender que hay combinaciones que nomás no dan. El agua y el aceite no se mezclan ni aunque les pongas música romántica. Y estos dos partidos, que se pasaron años aventándose con todo, de repente salieron agarraditos de la mano como si nada hubiera pasado. Eso no era reconciliación, era puro susto disfrazado.

El PRI, con su colmillo bien retorcido, experto en eso de sobrevivir a todo, como cucaracha en fumigación. Y el PAN, que siempre se quiso vender como el serio, el correcto, el que no rompía un plato, pero que a la hora de la hora también sabía dónde estaba el presupuesto y cómo arrimarse sin hacer mucho ruido. Juntos se veían raros, como botas con traje de baño.

Y claro, el discurso muy bonito. Que la democracia, que el equilibrio, que el país primero. Puras palabras bien acomodadas, de esas que suenan bonito en la tele pero que en la calle no se sostienen ni con cinta. La realidad era otra, era más simple y más cruda. Se juntaron porque solos ya no les alcanzaba. Porque el miedo a desaparecer pesa más que cualquier diferencia ideológica.

Aquí en Sinaloa eso se entiende fácil. Es como cuando dos que se caen gordos terminan sentados en la misma mesa nomás porque alguien más grande les anda respirando en la nuca. Se aguantan, sonríen, brindan, pero por dentro están contando los minutos para irse.

Y así empezó el show. Fotos, declaraciones, promesas de unidad. Todo muy ensayado, todo muy correcto. Pero bastaba rascarle tantito para que saliera lo de siempre. Desconfianza, jaloneos, miradas de reojo. Nadie soltaba el control y nadie confiaba en el otro. Era un matrimonio donde los dos dormían con un ojo abierto.

Porque eso sí, cuando el interés es lo único que une, cualquier cosita prende la mecha. No había proyecto real, no había una idea compartida de hacia dónde ir. Era más bien un acuerdo de emergencia, de esos que se hacen rápido y sin leer la letra chiquita.

Y empezó lo que tenía que empezar. Las diferencias salieron a flote, las declaraciones incómodas, los reclamos disfrazados. Uno decía una cosa, el otro salía a matizarla. Uno jalaba pa’ un lado, el otro frenaba. Aquello no era equipo, era una carreta jalada por burros en direcciones contrarias.

La gente, mientras tanto, mirando el espectáculo con esa mezcla de risa y resignación. Porque tampoco es que sorprendiera mucho. Más bien era como ver una película que ya sabes cómo va a acabar, pero igual te quedas a verla nomás para confirmar que no estabas equivocado.

Y sí, no tardó en tronar. Porque lo que está mal desde el principio no se compone con discursos. El agua no se vuelve aceite por decreto y el aceite no se hace agua por conveniencia. Cada quien es lo que es, con sus mañas, sus historias y sus formas de hacer las cosas.

Al final, lo que quedó fue un cochinero político. Una mezcla mal hecha que no convenció a nadie y que dejó a los dos más desgastados de lo que ya estaban. Porque cuando te juntas con quien llevas años criticando, no solo te cargas con sus errores, también te tragas tus propias palabras.

Y así terminó la historia que muchos ya veían venir. Sin sorpresa, sin gloria, nomás con ese saborcito de algo que nunca debió intentarse. Porque hay alianzas que nacen de la convicción, pero hay otras que nacen del miedo. Y esas, casi siempre, terminan igual.

Todo esto según yo el Goyo 310

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