Hace apenas unos días, sin buscarlo, me encontré con un recuerdo que me detuvo el tiempo. Al voltear la mirada vi su sombrero. Ese mismo que, gracias a mi madre, hoy está en mis manos. Lo tomé despacio, como si al hacerlo pudiera tocar también una parte de su vida. Y entonces, sin aviso, regresaron los recuerdos.
Recordé aquel día en que discutí con usted. Una discusión tonta, sin sentido, de esas que uno cree importantes en el momento pero que con los años se vuelven insignificantes. Han pasado muchos años desde entonces, pero aún hoy, cuando ese recuerdo regresa, no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. Hay cosas que el tiempo no borra, solo las hace más claras.
Perdóneme, padre, por ese abrazo que no le di. Es cierto, le di muchos, pero siempre queda ese que faltó, ese que uno quisiera repetir sabiendo lo que hoy sabe. Perdóneme por no haber entendido que el tiempo no es eterno y que los momentos, por más simples que parezcan, son los que verdaderamente construyen la vida.
Todavía recuerdo su olor. Ese olor que no se olvida, que se queda guardado en algún rincón del alma. Recuerdo también nuestras risas, esas conversaciones sencillas, sin pretensiones, donde hablábamos de cosas pequeñas, de la vida cotidiana, de lo que en ese momento parecía trivial. Hoy entiendo que ahí estaba lo importante, en lo sencillo, en lo cotidiano, en el estar juntos.
Perdóneme también por ese beso en la mejilla que no le di. Por esas muestras de cariño que uno guarda, como si siempre hubiera tiempo para darlas después. Hoy sé que no siempre es así.
Hace poco encontré un libro. No sé cómo llegó a sus manos, pero terminó en las mías. Robin Hood. Al verlo, fue como si usted volviera por un instante. Lo tomé entre mis manos y sentí que no era solo un libro, era un puente, una forma de volver a encontrarme con usted. Hoy lo guardo como un tesoro, igual que su sombrero. Son objetos sencillos, pero cargados de historia, de presencia, de usted.
Perdóneme por aquella tarde en la que no fui a verlo. Por haber elegido hacer cosas que hoy ni siquiera recuerdo. Y eso es lo que más pesa, saber que aquello por lo que cambié ese momento no tenía la importancia que sí tenía estar con usted. La vida a veces nos enseña tarde cuáles eran las verdaderas prioridades.
Perdóneme, padre, por no haber sabido dejarlo ir del todo. Aunque tal vez no sea un error. Tal vez recordar con amor es otra forma de mantenerlos cerca. Porque usted sigue aquí, en cada recuerdo, en cada objeto, en cada emoción que aparece sin avisar.
Hoy entiendo que el amor de un padre no se mide en grandes discursos, sino en los pequeños actos, en la presencia, en el ejemplo silencioso. Y también entiendo que los hijos, muchas veces, aprendemos tarde a valorar todo eso.
A quienes aún tienen la dicha de tener a su padre cerca, les digo algo sencillo. No dejen pasar el tiempo. Abrácenlo, díganle lo que sienten, compartan esos momentos que parecen pequeños pero que un día serán todo. Que ese abrazo sea tan fuerte que llene el corazón. Que ese momento se quede grabado para siempre.
Y si la vida, como a mí, ya les dejó recuerdos en lugar de presencia, entonces atesórenlos. Si tienen un objeto, un sombrero, un libro, una fotografía, cuídenlos. Porque en ellos habita una parte de quienes amamos. Y si al verlos los ojos se llenan de lágrimas, no las contengan. Esas lágrimas también son amor.
Hoy, padre, le mando un beso al viento. De esos que no di a tiempo, pero que nacen ahora desde lo más profundo. Confío en que, de alguna forma, le llegan.
Y aquí sigo, recordándolo, aprendiendo, y agradeciendo por haber sido su hijo.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

