Hace unos días me lancé a Mazatlán, como gente responsable según yo, porque había junta a las 9 de la mañana… y yo saliendo de Culiacán como si fuera candidato en campaña, temprano, con prisa y sin desayunar como se debe. Desde el camino ya traía una molestia en el abdomen, pero uno es necio y dijo “eso es gastritis, por tragar como animal y vivir a base de café y estrés”.
Total, llego a la reunión, muy formal, muy empresario, muy “aquí venimos a cerrar negocios”… y que me empieza a doblar el dolor. Pero no dolorcito de “ay qué incómodo”, no… dolor de “si me paro me desmayo y si me siento también”. En cuestión de minutos ya andaba viendo lucecitas como feria patronal.
La raza se puso las pilas y en friega me llevaron a la clínica de La Marina. Ahí sí, mis respetos, me atendieron al tiro. Yo todavía pensando “ahorita me meten un suero, me regañan por tragar mal y vámonos”, pero nel… cuando me van a meter mano, la máquina empieza a decir que este compa traía otra cosa.
Empieza el desfile, un doctor entra, otro sale, uno hace cara, otro se queda serio… parecía junta de gabinete pero sin café. Y yo acostado pensando que esto ya no era gastritis, esto ya era episodio final de serie.
Hasta que llega el mero jefe médico y me suelta la bomba, que tenía un problema en el corazón y que no podían hacer nada hasta revisarlo bien.
Ahí es donde uno deja de ser muy valiente y se acuerda de todos sus pecados, deudas, ex y hasta del perro que no sacó a pasear. Llega el cardiólogo, revisa y sin tanto rodeo me dice que traía daño severo, que las válvulas ya no servían y que por mi edad lo mejor era operar, pero que era urgente.
Esa palabra no viene sola, viene con paquete incluido de pensamientos. Ya valí, ahora quién paga todo, qué sigue, si alcancé a ser feliz o me faltó pistear más. Porque cuando dicen corazón uno no piensa en romanticismo, piensa en muerte, así, sin poesía.
Me empezó a preguntar síntomas, mareos, cansancio y demás… y yo puro sí. Y remata diciéndome que el siguiente paso era el desmayo y luego la muerte súbita. Justo lo que necesitaba escuchar para tranquilizarme.
Salgo de ahí con la cabeza hecha un desmadre. Porque no es nomás la salud, es el negocio, la familia, las deudas, los pendientes… todo se te viene encima en bola.
Pero aquí es donde entra lo bueno, la raza.
Empiezan a enterarse amigos, varios doctores, gente que yo ni sabía que estaba tan al pendiente… y órale, llamadas, mensajes, recomendaciones. Me mandan con especialistas, entre ellos el Dr. Odín de los Ríos, que sin pensarlo me dijo que en el ISSSTE estaba Telles y que con él no había falla.
Luego hablo con el buen Alejandro Barraza y me dice lo mismo, que Telles es el bueno.
Cuando varias voces coinciden uno ya no pregunta, uno obedece.
Antes tocó el cateterismo para ver cómo andaban las arterias. Yo ya iba con miedo de que saliera todo mal… y tómala, perfecto. Luego pulmones por la fumadera, riñones por vivir a base de refresco y café… y todo bien.
O sea, todo mi cuerpo jalando al cien… menos el motor. Como carro bien arreglado pero con el motor tronado.
Listo para quirófano… pero faltaba conocer al mero mero, el Dr. Telles. Porque una cosa es que te digan que es bueno y otra que lo veas y digas que con ese sí te dejas abrir sin tanto miedo.
Lo saludo y la neta hay gente que te da calma nomás con verla. Esa tranquilidad que dices aquí mero.
Me pregunta qué opino y le digo que lo que él diga, que ya estoy en sus manos y en las de Dios.
Y ahí es donde aterriza todo esto.
Porque en medio del susto, del dolor y del caos mental, te das cuenta de varias cosas. Que uno se aleja de la fe, que da por sentado a la gente, que cree que siempre hay tiempo hasta que ya no.
También te cae el veinte de algo bien curioso. Esperas que ciertas personas estén y no aparecen ni en visto. Y al mismo tiempo gente que ni tenías en el radar ahí está firme, preguntando, apoyando, tirando buena vibra.
Ese es el verdadero filtro de la vida. Cuando estás bien todos son compas, cuando estás jodido ves quién es quién.
A mí esto me sacudió machín. Me fortaleció la fe, me fortaleció el cariño de la raza, me confirmó amistades y también me abrió los ojos con los que no estaban.
Pero sobre todo me dejó claro algo. La vida es bien cabrona pero también bien sabia.
Te pone en pausa cuando vas demasiado recio, te recuerda que no eres invencible y te obliga a valorar lo que realmente importa, aunque sea a la mala.
Así que aquí andamos, bajándole dos rayitas, haciendo caso aunque no me guste y preparándome para la siguiente pelea.
Porque si algo tengo claro es esto. Todavía no me toca y cuando me toque que me agarre pero bien vivido, no nomás bien ocupado.
Gracias, los quiere este mendigo negro, el Goyo310.

