A los amigos se les cuenta dos veces, en las buenas para ver cuántos son, y en las malas para ver cuántos quedan. Y luego está la prueba que no viene en el refrán pero debería estar en letras grandes, cuando te enfermas… para ver quién contesta, quién se hace el ocupado y quién simplemente desaparece sin hacer ruido.
Pero vámonos por partes, porque esta historia no empieza en la enfermedad, empieza en la tragadera, como deben empezar las buenas historias en Culiacán. Yo fui de los primeros en caerle a la casa de los Loaiza cuando apenas estaba agarrando vuelo, cuando todavía no era referencia obligada sino secreto bien guardado entre los que sí saben dónde se come de verdad. Yo llegué sin tanta ceremonia, sin andar preguntando reseñas ni viendo si salía en Instagram, llegué como llega uno a los lugares que se vuelven parte de tu vida, por intuición… y por hambre.
Y como toda relación seria, empezó con lo básico pero contundente, una tortillita con asiento y un café bien servido, de esos que no vienen a preguntarte cómo te sientes porque ya lo saben, de esos que te acomodan el alma aunque traigas el mundo atravesado. Ahí fue donde dije aquí hay algo. Y de ahí ya no hubo regreso, porque luego vino el hígado ranchero, picoso como la vida misma, sin pedir permiso, directo a recordarte que sigues vivo. El bistec en su punto, sin mamadas, sin adornos innecesarios. Las natitas… no, eso ya es otra conversación, eso ya es de esas cosas que uno no explica, uno respeta. Las natas que saben a casa, a infancia, a alguien que cocina con cariño de verdad. Y ese jugo de zanahoria que no sé si lo hacen con receta o con fe, pero te levanta hasta la dignidad.
Y sí, uno va a la tragadera, no nos hagamos. Uno va a llenar la panza, a quitarse el antojo, a sentarse y que lo atiendan bien. Pero lo que no te dicen es que poco a poco te vas quedando por otra cosa. Porque entre plato y plato, entre café y café, empieza a pasar algo que no viene en el menú.
Empiezas a conocer.
A las muchachas, a los muchachos, a los que andan con la charola como si fuera extensión del cuerpo, esquivando gente, mesas, prisas, pero nunca perdiendo el trato. Empiezas a notar quién te saluda diferente, quién se acuerda de lo que pides, quién ya sabe si ese día vienes con ganas de plática o con ganas de silencio. Y sin darte cuenta, ellos ya te leyeron completo.
Porque sí, uno cree que nomás va a comer… pero allá te escanean el alma sin pedirte permiso.
Saben cuándo vienes bien, cuándo vienes jodido, cuándo vienes a festejar o cuándo vienes a que no se note que algo te está pesando. Y tú también aprendes. Aprendes a ver cuando ellas no traen la misma sonrisa de siempre, cuando algo pasó en su casa, cuando el niño se enfermó, cuando no durmieron, cuando la vida les pegó pero ahí están, trabajando, sirviendo, cumpliendo.
Ahí es donde deja de ser restaurante.
Ahí se vuelve casa.
Y no casa de nombre, casa de verdad. De esas donde no tienes que avisar, donde no tienes que fingir, donde puedes llegar como estés y aún así te reciben igual. De esas donde uno termina sintiendo que pertenece sin haber firmado nada.
Por eso lo que pasó no fue cualquier cosa.
La recolecta.
Y aquí es donde se separa la gente de verdad de los que nomás andan de adorno en la vida. Porque todos somos muy buena onda en teoría, todos somos muy solidarios en la plática, todos somos muy “para lo que se ofrezca”… hasta que se ofrece de verdad. Ahí es donde se les acaba la batería moral.
Pero allá no.
Allá fue directo, sin rodeos, sin poses. Mesa por mesa, como debe ser, sin andar viendo si alguien estaba grabando, sin buscar aplauso, sin esperar reconocimiento. Y lo más cabrón no fue la recolecta… fue que ellas y ellos metieron de lo suyo. De sus propinas. De lo que se ganan con friega, con paciencia, con aguantar de todo, incluso a uno cuando anda de malas.
Para ayudarme a mí.
A Goyo.
Y eso… eso no se mide. Eso no se presume. Eso se guarda.
Porque eso es cariño del bueno. Del que no anda preguntando si conviene, del que no anda calculando si le van a regresar el favor, del que no necesita testigos para ser real.
Y mientras eso pasaba, del otro lado estaba el espectáculo triste pero ya conocido.
El “ahorita te hablo” que nunca llega. El “déjame ver” que se pierde más que promesa de político. El “claro que sí, aquí estoy” pero en versión fantasma. El visto sin respuesta, ese clásico moderno de la cobardía elegante. Y el nivel ya descarado, el que ni contesta, pero sí tiene tiempo para subir historias tragando, riéndose y demostrando que para lo que quiere, sí aparece.
Ahí es donde uno dice, no pues gracias por la claridad.
Porque la enfermedad no nomás te pega en el cuerpo, te ordena la vida. Te hace un filtro que ni el mejor algoritmo. Sin bloquear, sin borrar, sin hacer nada… la gente se acomoda sola.
El que sí está, aunque no pueda mucho. El que medio está, pero al menos intenta. Y el que nunca estuvo… nomás estaba ocupando espacio y señal de wifi.
Y no da coraje.
Da risa.
Pero risa de la buena, de la que ya sabía cómo iba a terminar la historia.
Porque al final, la frase se queda corta.
A los amigos se les cuenta dos veces… pero hay unos que ni a la segunda llegan.
Y luego están ellos.
La gente de la casa de los Loaiza.
Los que cocinan, los que sirven, los que están ahí todos los días, los que no hacen ruido pero hacen todo. Los que no necesitan decir “aquí estoy”, porque simplemente están. Los que con una mirada ya entendieron todo. Los que te han visto en todas tus versiones y aún así te reciben igual.
Eso no es servicio.
Eso es lealtad.
Eso es humanidad.
Eso es familia sin necesidad de apellido.
Por eso, a todas ellas, a todos ellos, a Héctor, a la señora Lucy, a cada persona que hace que ese lugar tenga alma… gracias. Gracias por el gesto, por el cariño, por la forma en la que estuvieron cuando muchos decidieron no estar.
Porque ustedes no nomás atienden mesas.
Ustedes sostienen gente.
Y en un mundo donde muchos nomás están para la foto… ustedes están cuando se ocupa.
Y eso, aunque uno deba muchas todavía en esta tierra… es de las cosas que hacen que valga la pena quedarse.
Según yo sí con poco corazón…
pero sigo siendo el Negro Goyo 310

