Si no tengo para quedarme menos para salir. Y el que diga lo contrario que saque la cartera y lo demuestre, porque en Sinaloa esta Semana Santa no está como para andar inventando que todo está bien. Aquí la cosa está apretada, pero apretada de verdad, de esas que ni el cinto alcanza.
Antes uno llegaba a estas fechas pensando en la hielera, en la playa, en a ver quién ponía la gasolina y quién llevaba la carne. Hoy llegas pensando si el refri va a aguantar la semana sin que se quede más vacío que discurso de funcionario. Así cambió el panorama, sin avisar y sin pedir permiso.
Y es que no es una bronquita cualquiera, es un cochinero completo. La lana no alcanza ni estirándola como chicle, el jale está flojo, los negocios están cerrando como si fuera competencia a ver cuál baja la cortina más rápido y la inseguridad ahí sigue, firme, sin vacaciones y sin ganas de calmarse.
Das una vuelta y parece que alguien le bajó el switch a la ciudad. Locales cerrados, otros abiertos pero sin gente, y los que siguen de pie más por necedad que por ganancia. Ya ni el ruido es el mismo. Antes era movimiento, ahora es silencio incómodo.
Y luego está el clásico optimista que dice “vámonos aunque sea cerca”. ¿Cerca de qué o qué? Si salir a la esquina ya implica gastar, y gastar ahorita duele más que golpe en el dedo chiquito. La gasolina anda como si fuera edición limitada, la comida no baja ni porque le reces y cualquier salida te deja haciendo cuentas hasta en la noche.
Entonces la raza, con todo el dolor de su corazón y de su cartera, decide lo inevitable. Nos quedamos. Pero no por gusto, no porque uno diga qué bonito plan, sino porque no hay de otra. Es eso o andar empeñando hasta la dignidad por una foto en la playa.
Y ahí es donde empieza el verdadero viacrucis. Porque quedarse en casa tampoco es descanso, es otro tipo de batalla. El calorón pegando como si te odiara, los plebes con energía infinita y cero paciencia, la casa que de repente se siente más chiquita y tú preguntándote en qué momento se volvió mala idea tomarse vacaciones.
El primer día todavía aguantas, hasta te haces el optimista. Ya para el tercero andas negociando contigo mismo para no pelearte con nadie. Porque la convivencia intensiva no es juego. Es como prueba social, a ver quién tiene más tolerancia o quién truena primero.
La pareja ya no te parece tan simpática, los plebes ya te sacaron todas las canas que no tenías y tú ya no sabes si estás de vacaciones o cumpliendo condena. Y todo eso sin salir, sin distraerte, sin gastar porque no hay.
Y mientras tanto, allá afuera la realidad no descansa. La inseguridad sigue en su rollo, recordándote que tampoco es como para andar muy confiado. No es miedo, es ese cuidado constante que ya se volvió parte del día a día. Sales y sales midiendo, no disfrutando.
Entonces todo se junta. La falta de lana, el poco movimiento, los negocios cerrados, el ambiente tenso. Y con ese combo, ¿qué vacaciones van a ser? Esto es aguantar vara en su máxima expresión.
Pero eso sí, no falta el compa que sube la foto en la playa, bien feliz, bien bronceado, como si nada pasara. Y tú ahí, en tu casa, con el abanico que nomás mueve aire caliente, viendo la historia y pensando “qué bueno por él” mientras te echas otra agua porque ni para la cerveza alcanzó.
Y no es envidia, es realidad. Son dos Sinaloas bien marcados. El que puede y el que no. Y el que no, que es la mayoría, anda en modo supervivencia, sacándole la vuelta a los gastos y tratando de que la semana no se sienta eterna.
Semana Santa se supone que es para reflexionar, y vaya que se reflexiona. Reflexionas en qué momento todo se puso tan cabrón. En cómo antes, aunque fuera con poquito, uno salía, se movía, se despejaba. Y ahora ni eso, ahora todo se mide, todo se calcula, todo se piensa dos veces.
Y sí, uno lo disfraza con carrilla, con chiste, con ese humor bien nuestro. Porque si no te ríes, te agüitas. Y si te agüitas, se pone peor. Así que mejor te ríes, aunque sea de lo jodido que está todo.
Pero en el fondo, el mensaje es claro. Aquí no hay vacaciones, hay pausa obligada. No hay descanso, hay resistencia. No hay paseo, hay encierro con calor premium incluido.
Así que sí, esta Semana Santa no es de descanso, es de aguantar. Aguantar la cartera vacía, el calorón, la convivencia intensiva y la realidad que no afloja.
Y el que diga que no, que invite.
Todo esto, según yo, el Goyo310.
