Hace unos días, al leer lo expresado por Sergio Mario Arredondo al referirse al trabajo y las fortalezas que Sergio Torres y su equipo construyeron para posicionar al partido Movimiento Ciudadano en Sinaloa, inevitablemente surge una reflexión que va más allá de la política y se instala en el terreno de los valores; porque cuando un político se despoja de la envidia, de la mezquindad y de esa carga negativa que tanto rechaza la ciudadanía, lo que aparece es algo poco común en estos tiempos, aparece el hombre, aparece el amigo.
Sergio Mario mostró el rostro del excompañero que no olvida, del aliado que reconoce, del político que entiende que las batallas no siempre son eternas ni las trincheras permanentes; cuántas luchas habrán compartido, cuántos momentos de coincidencia y de diferencia, eso solo ellos lo saben, pero lo que hoy queda claro es que hay una línea que decidió no cruzar, la de la deslealtad.
Porque hay que decirlo sin rodeos; la política sinaloense, como muchas otras, ha sido contaminada por una práctica cada vez más común, la del oportunismo disfrazado de estrategia, la del olvido conveniente, la del golpeteo al caído; pareciera que algunos creen que para crecer es necesario destruir, que para avanzar hay que borrar lo que otros construyeron, y en ese camino se pierde lo esencial, la ética.
Por eso lo expresado por Sergio Mario no es un simple comentario, es una postura; es un recordatorio de que se puede disentir sin traicionar, competir sin destruir, avanzar sin negar el pasado; reconocer el trabajo de otro, incluso cuando ya no se comparte el mismo espacio político, no es debilidad, es carácter.
Y ahí es donde la figura de Sergio Torres cobra relevancia; guste o no, es hoy uno de los políticos más visibles que tiene Sinaloa, ha construido un liderazgo en distintos espacios, y en Movimiento Ciudadano logró algo que no es menor, estructura, presencia y resultados electorales; decirlo es fácil, hacerlo no lo es.
Ese reconocimiento, que en boca de otros podría parecer incómodo, en voz de Sergio Mario se vuelve legítimo; porque no hay cálculo evidente, hay memoria, hay respeto, hay una lectura honesta del trabajo realizado.
Y es justo ahí donde se marca la diferencia entre el político y el político con principios.
Porque también existen aquellos que triunfan pateando al hombre caído; esos que creen que el silencio cómplice o la descalificación gratuita los fortalece; pero no, se equivocan, porque ante la sociedad no se engrandecen, se exhiben; no se posicionan, se desgastan; no avanzan, se hunden en la desconfianza.
El ciudadano ya no es ingenuo; observa, compara, mide; sabe quién reconoce y quién traiciona, quién construye y quién destruye, quién tiene palabra y quién la acomoda según la circunstancia; y en ese juicio silencioso pero constante, la política se redefine todos los días.
Por eso es importante detenernos en gestos como este; porque no son comunes, porque rompen con la lógica de la confrontación permanente, porque abren la puerta a una política más humana, más cercana, más creíble.
No se trata de idealizar ni de romantizar la amistad en la política, se trata de entender que sin principios no hay proyecto que resista; que sin ética no hay liderazgo que perdure; que sin respeto no hay construcción posible.
Desde aquí, el reconocimiento a Sergio Mario Arredondo por asumir esa postura, por demostrar que se puede hacer política sin perder la esencia; y también el reconocimiento a Sergio Torres, porque más allá de filias o fobias, su trabajo ha dejado huella, y eso, en política, no se regala, se construye.
Ojalá este tipo de actitudes se multipliquen; ojalá entendamos que el adversario no es enemigo, que la diferencia no es traición, que la política no debería ser un campo de exterminio, sino un espacio de construcción colectiva.
Porque al final, lo que está en juego no es solo el poder, es la confianza de la gente; y esa, cuando se pierde, no hay discurso que la recupere.
Aquí lo decimos claro; queremos más políticos que reconozcan, que respeten, que no olviden; queremos más ejemplos de congruencia y menos espectáculos de traición.
Queremos, sí, muchos más Sergios.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

