La enfermedad que no se ve

La enfermedad que no se ve

Hoy no quiero hablar de grilla ni de nombres ni de los de siempre que se reparten el ruido. Hoy no toca el pleito fácil ni el comentario de café sobre quién sube o quién baja en la política local. Hoy toca hablar de algo más pesado, más callado y más real. Algo que no se ve en los espectaculares ni en los informes, pero que se siente todos los días en la calle, en la casa, en la cabeza de mucha gente en Sinaloa. Una enfermedad silenciosa que crece mientras nadie la quiere voltear a ver de frente.

Se llama ansiedad y se llama depresión.

Y no, no es moda, no es exageración, no es falta de carácter. Es una realidad que se está metiendo poco a poco en la vida de miles de personas, empujada por un contexto que tampoco ayuda. Porque cuando no hay trabajo estable, cuando el dinero no alcanza, cuando las deudas aprietan, cuando la seguridad es una preocupación constante y el futuro se siente incierto, la mente empieza a cobrar factura.

La ansiedad no es solo estar nervioso. No es el típico estrés de un día complicado. Es vivir con el cuerpo en alerta permanente, como si algo fuera a pasar en cualquier momento. Es despertarte con una sensación de angustia sin saber por qué. Es que el corazón se acelere, que las manos suden, que la cabeza no se apague nunca. Es pensar de más, imaginar lo peor, sentir que todo se viene encima aunque no haya una razón clara. Es no poder descansar, es no poder concentrarte, es sentir que te falta el aire en medio de la nada.

Hay gente que aprende a vivir así sin darse cuenta de que no es normal sentirse así todos los días.

La depresión, por su parte, tampoco es simplemente estar triste. Es otra cosa. Es un peso constante que te apaga por dentro. Es levantarte sin ganas, sin energía, sin propósito. Es perder el interés en lo que antes te gustaba, en la familia, en el trabajo, en la vida misma. Es sentirte vacío, desconectado, como si nada tuviera sentido. Es el cansancio que no se quita ni durmiendo, es la culpa sin razón, es la idea persistente de que las cosas no van a mejorar.

Y cuando ansiedad y depresión se juntan, la vida se vuelve una batalla diaria que casi nadie ve.

En Sinaloa este tema ya no es aislado. No es un caso por aquí y otro por allá. Se está volviendo parte del día a día. Se siente en la tensión de la gente, en la irritabilidad, en el silencio incómodo en muchas casas. Se siente en los jóvenes que no ven oportunidades claras, en los adultos que cargan con la presión de sostener a una familia con lo poco que hay, en quienes perdieron un negocio, en quienes viven con miedo de salir o de no regresar.

Porque sí, hay que decirlo. La crisis de seguridad también pesa en la mente. Vivir en un entorno donde el riesgo es constante genera desgaste emocional. El cuerpo y la cabeza no están diseñados para vivir en alerta permanente. Eso termina pasando factura.

Y si a eso le sumas el desempleo, la informalidad, los salarios bajos, el encarecimiento de la vida, entonces el panorama se vuelve más complicado. No es solo un problema económico, es un problema emocional y social. La incertidumbre diaria desgasta. No saber si vas a poder pagar, si va a alcanzar, si vas a poder sostener lo básico, va rompiendo por dentro.

De ahí vienen muchas otras cosas que luego se juzgan sin entender el fondo. El distanciamiento en las familias, las discusiones constantes, el aislamiento, la pérdida de relaciones. También las adicciones, que muchas veces aparecen como una forma de escape, como un intento de apagar lo que duele o lo que no se puede controlar. Y en los casos más duros, los pensamientos oscuros que pueden llevar a decisiones irreversibles.

Y aún así, se sigue hablando poco de esto.

Se sigue minimizando. Se sigue diciendo que hay que echarle ganas, que hay gente peor, que todo está en la mente. Pero la realidad es que la salud mental es tan importante como la física. Y así como nadie le diría a alguien con una enfermedad del cuerpo que simplemente “le eche ganas”, tampoco debería hacerse con quien está pasando por ansiedad o depresión.

Aquí también hay responsabilidad colectiva. De las autoridades que no priorizan este tema, de un sistema que no ofrece suficientes espacios de atención, de una sociedad que todavía tiene miedo de hablar de lo que siente. Porque muchos prefieren callar antes que ser juzgados.

Y mientras tanto, la enfermedad que no se ve sigue creciendo.

No se trata de alarmar, pero sí de entender lo que está pasando. De reconocer que no todo es política de escritorio ni cifras maquilladas. Hay una realidad emocional que está tocando a Sinaloa y que no se puede seguir ignorando. Porque al final del día, no hay desarrollo posible si la gente está rota por dentro.

Tal vez el primer paso es empezar a hablarlo. A reconocerlo. A dejar de verlo como debilidad. A entender que pedir ayuda no es rendirse, es resistir de otra forma.

Porque aquí seguimos. Entre la incertidumbre, entre el esfuerzo diario, entre lo que se puede y lo que no alcanza. Pero también con la necesidad de voltear a ver lo que realmente está pasando más allá del ruido político.

Todo esto según yo, el Goyo 310, si aquí sigo cabrones.

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