Me gusta la vida del campo, la sensación de tranquilidad que te regala el simple hecho de respirar aire fresco, el canto de las aves y la sencillez de su gente; esa amabilidad que no se finge, que no se ensaya, que simplemente es. Por eso, cada vez que puedo, me retiro unos días, no por capricho, sino por necesidad; es una decisión consciente para dejar, aunque sea por un momento, el ajetreo, el ruido y el estrés de la ciudad. Y hay que decirlo también, el calor, que por muy sinaloense que sea uno, no termina por ser del todo amigable.
Pero esa paz que ofrece el campo contrasta, y de manera brutal, con la realidad política que lo rodea. Porque es en la ciudad donde se toman las decisiones que terminan impactando no solo a quienes viven entre el concreto, sino también a quienes sostienen, con sus manos, la vida productiva del estado. Es ahí, en oficinas con aire acondicionado, donde se define el rumbo de quienes rara vez son escuchados.
Y entonces surge la pregunta obligada, incómoda pero necesaria; ¿realmente conocen nuestros gobernantes la vida del campo?, ¿entienden sus tiempos, sus necesidades, sus urgencias? Porque pareciera que no. Da la impresión de que muchos no ven más allá de la acera, de la calle pavimentada, del escritorio. Algunos, incluso, han olvidado de dónde vienen; si es que alguna vez lo supieron.
El campo sinaloense no es solo paisaje, no es solo postal ni discurso de campaña; es trabajo duro, es incertidumbre, es lucha diaria contra factores que no perdonan, el clima, los costos, el mercado, el abandono institucional. Es el campesino que siembra sin saber si cosechará, que invierte sin garantía, que resiste sin respaldo. Y aun así, ahí sigue, de pie.
Mientras tanto, desde el poder, los discursos suelen ser los mismos; apoyo al campo, impulso al sector, programas que prometen mucho y aterrizan poco. La realidad es otra, y se siente en cada comunidad, en cada parcela, en cada familia que depende de la tierra. Porque cuando el campo se debilita, no solo pierde el campesino, pierde todo el estado.
Lo más preocupante no es la falta de recursos, que sin duda pesa; es la falta de visión. Gobernar no es administrar lo inmediato, es entender el entorno completo, es saber que lo rural no es un accesorio, es una base. Sin campo no hay ciudad que aguante, sin producción no hay economía que sostenga, sin campesinos no hay futuro que presumir.
Por eso, la invitación es clara, directa, sin rodeos; volteen al campo, pero de verdad. No en giras simuladas ni en fotografías para redes sociales, sino en políticas públicas serias, en estrategias que dignifiquen al sector, en decisiones que se sientan en la tierra y no solo en el discurso.
Que escuchen a la gente que sabe trabajarla, que entiendan que el campo no pide privilegios, pide justicia. Que reconozcan que ahí, en esa aparente sencillez, está una de las mayores fortalezas de Sinaloa.
Porque al final del día, el campo no puede seguir esperando; y quienes hoy gobiernan, tampoco deberían seguir volteando hacia otro lado.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

