En Sinaloa ya no gobiernan políticos. Gobiernan control de daños, conferencias improvisadas y diseñadores gráficos borrando fotos a las tres de la mañana como si fueran community managers de una ex tóxica.
La semana dejó claro que aquí la política ya entró oficialmente en modo supervivencia. Y no por la violencia, esa ya la normalizaron hace años, sino porque ahora el problema es quién se queda parado cuando termine el temblor político que trae el caso Rocha.
Porque mientras en otros estados inauguran puentes, carreteras o hospitales, aquí andan inaugurando distancias. Todos quieren demostrar que nunca estuvieron cerca del jefe político aunque tengan quince fotos abrazados, tres campañas juntos y hasta bautizos compartidos.
La nueva disciplina olímpica en Morena Sinaloa es el borrado estratégico. Primero desaparecen las fotos. Luego desaparecen los discursos. Después desaparecen los amigos. Y al final desaparece la memoria.
La política sinaloense es tan descarada que aquí el “yo no lo conozco” dura menos que un aguachile en reunión de periodistas.
Y mientras tanto, Morena jugando al control de crisis como si esto fuera incendio de cocina y no un misil político internacional.
Porque lo más divertido de todo esto es ver cómo cada grupo intenta vender calma mientras por debajo todos andan midiéndose el pulso, revisando lealtades y viendo quién brinca primero del barco antes de que salga otro expediente desde Estados Unidos.
Eso sí, todos “cerrando filas”. Esa frase mágica de la política mexicana que en realidad significa “nadie sabe qué está pasando, pero sonrían para la foto”.
Y hablando de fotos, qué semana tan dura para los encargados de comunicación. Un día amanecen bajando imágenes. Al otro acomodando discursos. Luego corrigiendo entrevistas. Después fingiendo normalidad. Parecen técnicos de daños de huracán categoría cinco.
La cosa ya llegó a un punto donde en Morena no saben si hacer ruedas de prensa o sesiones espiritistas. Porque cada declaración empeora el ambiente. Unos defienden. Otros se esconden. Algunos se hacen indignados. Y varios ya empezaron el viejo deporte sinaloense de cambiar de grupo político sin mover el escritorio.
Aquí los políticos no traicionan. “Recalculan”.
Mientras tanto la oposición anda feliz, como niño viendo pleito afuera de la secundaria. PRI, PAN y Movimiento Ciudadano traen semanas enteras viviendo de Rocha Moya. Ya ni necesitan campaña. Nomás se sientan a esperar el siguiente escándalo y solos les cae material para conferencia.
El PRI, que parecía actor de reparto en Sinaloa, de pronto volvió a encontrar micrófono. Ya se sienten oposición real otra vez. Y qué bonito les queda el papel de indignados después de décadas perfeccionando exactamente el mismo sistema que hoy critican.
Pero bueno, en política sinaloense todos son reciclables. Aquí nadie muere. Nomás cambian de slogan.
Lo más impresionante no es la crisis. Es la actuación. Porque todos quieren aparentar serenidad institucional mientras el ambiente político huele a carne asada olvidada en el asador.
Nadie quiere decirlo públicamente, pero en corto todos preguntan lo mismo. “¿Y ahora quién sigue?”. Esa es la verdadera conversación en oficinas, cafés, restaurantes y reuniones privadas.
No seguridad. No economía. No violencia. No desaparecidos. La pregunta real es quién se acomoda para el 2027.
Porque así funciona la política local. El presente está incendiado, pero todos ya andan apartando silla para el futuro.
Y mientras los ciudadanos sobreviviendo entre miedo, crisis y desgaste, la clase política sigue operando como si esto fuera temporada de draft. Moviendo piezas. Midiendo fuerzas. Filtrando rumores. Mandando mensajes. Tomándose fotos calculadas.
Porque en Sinaloa hasta las ausencias tienen lectura política. Si alguien no fue a un evento, ruptura. Si alguien sí fue, sumisión. Si alguien habló, mensaje. Si alguien calló, también mensaje.
Aquí ya todo parece episodio de narcoserie mezclada con La Rosa de Guadalupe y House of Cards versión Culiacán.
Y en medio de todo eso aparece la frase favorita del oficialismo. “Hay estabilidad”. Claro. Tan estable como mesa de plástico en tormenta.
Pero eso sí, todos muy institucionales. Muy serios. Muy prudentes. Aunque por dentro traigan el estrés de contador en auditoría del SAT.
Y mientras arriba se acomodan las élites, abajo la gente viendo cómo la política sinaloense sigue convertida en reality show permanente.
Porque aquí no gobiernan proyectos. Gobiernan grupos. No administran estados. Administran daños. Y no hacen política. Hacen sobrevivencia.
Al final, la gran especialidad de la política sinaloense no es gobernar, es resistir el siguiente escándalo sin perder la nómina. Y en eso sí son doctores.
Porque si algo tiene la clase política local es una capacidad impresionante para adaptarse. Son como cucarachas de lujo. Sobreviven a todo. Cambian de jefe, de partido, de discurso, de ideología y hasta de enemigo, pero jamás de presupuesto.
Hace meses todos hablaban de unidad. Hoy todos hablan de prudencia. Y mañana seguramente hablarán de “nuevos tiempos”. Esa frase que en política significa “sálvese quien pueda”.
Lo más curioso es que muchos de los que hoy guardan silencio son los mismos que hace un año se peleaban por salir en la foto principal, sentarse adelante en los eventos y presumir cercanía con el poder. Hoy ven una cámara y les da más miedo que auditoría federal.
Y mientras los grupos internos de Morena se acomodan como pasajeros del Titanic buscando bote salvavidas, los ciudadanos siguen atrapados viendo cómo la política estatal se convirtió en una competencia de cinismo profesional.
Porque aquí nadie renuncia. Nadie se equivoca. Nadie sabía nada. Todos son víctimas de persecución política aunque lleven veinte años viviendo del presupuesto.
Y claro, nunca falta el clásico operador que en privado jura lealtad absoluta, pero en corto ya anda mandando mensajes a otros grupos “por si acaso”. En Sinaloa la fidelidad política dura exactamente lo que tarda en cambiar el viento.
Eso sí, qué talento tienen para disfrazar el miedo de institucionalidad. Les preguntas algo incómodo y responden con palabras como gobernabilidad, coordinación, responsabilidad o diálogo. Traducción simultánea. “Ojalá esto no explote más”.
Mientras tanto, la ciudadanía viendo el espectáculo como quien observa una pelea familiar en plena fiesta. Todos incómodos, todos enterados y todos fingiendo que no pasa nada.
Porque esa es la esencia de la política sinaloense. Una eterna obra de teatro donde todos actúan sorprendidos de problemas que ellos mismos ayudaron a construir.
Y lo peor es que todavía falta mucho por ver. Porque en Sinaloa las crisis políticas nunca llegan solas. Siempre traen rumores, filtraciones, traiciones discretas y políticos queriendo reinventarse como si la gente tuviera memoria de pez.
Ahorita muchos andan jugando a la prudencia. Hablan bajito. Caminan despacio. Declaran poquito. Como si el silencio pudiera borrar años enteros de relaciones políticas. Pero el problema de la política sinaloense es que todos se conocen demasiado. Aquí nadie llega limpio al baile porque todos tienen foto con todos.
Y mientras algunos intentan mantenerse leales hasta el final, otros ya comenzaron la operación “yo siempre tuve dudas”. Esa es una joya clásica de la política mexicana. Cuando el barco se mueve, aparecen los arrepentidos profesionales.
También da risa cómo muchos descubrieron de pronto la palabra “institucionalidad”. La usan tanto que ya parece aromatizante de oficina pública. Todo es institucional. Todo está bajo control. Todo sigue normal. Aunque por debajo el ambiente político parezca grupo de WhatsApp después de una filtración.
Lo increíble es que todavía hay quienes creen que el problema se resuelve con boletines, sonrisas incómodas y eventos públicos donde todos aplauden más fuerte de lo normal para aparentar unidad.
Porque esa es otra señal clarísima de crisis. Entre más fuerte aplauden los políticos, peor está el ambiente.
Y mientras tanto la gente sigue viendo cómo el estado se mueve entre el desgaste político, la incertidumbre y el cálculo electoral adelantado. Porque aunque apenas estamos en 2026, muchos ya traen la cabeza puesta en el 2027. Aquí no hay descanso. La sucesión empieza cuando todavía no termina el escándalo anterior.
Algunos ya sueñan con candidaturas. Otros nomás sueñan con sobrevivir políticamente. Que en estos tiempos ya es bastante ambicioso.
Desde la cochera
