La reciente declaración de la dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, dejó más dudas que certezas dentro del morenismo sinaloense. Su llamado de atención al dirigente estatal, Edgar Barraza Castillo, aunque algunos intentaron minimizarlo, terminó exhibiendo públicamente la falta de control político que vive hoy Morena en Sinaloa.
Y es que, queriendo o sin querer, el mensaje enviado desde el centro del país debilitó todavía más a un partido que hace apenas unos meses era considerado el enemigo a vencer rumbo al proceso electoral de 2027. Hoy el panorama luce distinto; Morena atraviesa un momento complicado, de desgaste, de confusión interna y de ausencia de liderazgo sólido.
Lo más preocupante para ese partido no es solamente la crítica externa, sino el evidente enfriamiento de su propia militancia. Se percibe a muchos de sus cuadros sin ánimo, sin pasión y, sobre todo, sin ese amor a la camiseta que durante años presumieron como su principal fortaleza. La unidad que tanto pregonaban hoy parece fracturada por intereses personales, grupos internos y ambiciones adelantadas.
Mientras tanto, la oposición, aunque sigue desarticulada en muchos aspectos, comienza poco a poco a encontrar espacios para crecer. Ahí está el caso de Mario Zamora Gastélum, quien ha endurecido su discurso y ha comenzado a posicionarse como una de las voces más visibles del priismo sinaloense. Dicen los enterados que su proyecto político no depende tanto del PRI local, sino de las decisiones que se toman desde la dirigencia nacional, donde históricamente se han definido las candidaturas importantes, muchas veces sin escuchar ni a las bases ni a las estructuras estatales.
Pero regresando a Morena, el problema central no parece ser solamente electoral, sino de conducción política. En Sinaloa se observa a un partido sin narrativa clara, sin operación territorial efectiva y sin figuras que logren conectar emocionalmente con la ciudadanía. A eso se suma la percepción creciente de improvisación y falta de oficio político en varios de sus principales cuadros.
Y el oficio político no se improvisa. No nace de la noche a la mañana ni se aprende únicamente desde un escritorio o detrás de un cargo público. El oficio político se construye caminando colonias, escuchando a la gente, resolviendo problemas y formando estructura real, no solamente estructuras de papel o números inflados para aparentar fortaleza.
Por ello, muchos consideran que Morena necesitará realizar ajustes internos importantes si quiere evitar un mayor debilitamiento rumbo al 2027. Los cambios en sus dirigencias podrían convertirse en un golpe de autoridad necesario para recuperar confianza, reencontrar unidad y construir una narrativa ganadora que motive nuevamente a su militancia.
Porque un partido político podrá tener el respaldo presidencial, programas sociales o figuras nacionales, pero si sus bases no salen convencidas a defender un proyecto, difícilmente podrá sostenerse con la misma fuerza electoral.
En política, los vacíos siempre se llenan. Y cuando un partido pierde rumbo, otros comienzan a avanzar.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega

