Quizá este sea el último relato que comparta durante algún tiempo. No porque se hayan acabado las historias. En Sinaloa eso parece imposible. Todos los días ocurre algo que merece contarse. Pero llegó el momento de concentrarme en algo más importante: mi salud. Vienen días de consultas, estudios y preparativos que exigirán toda mi atención. Antes de entrar en esa etapa quise dejar constancia de una mañana que terminó retratando perfectamente el momento que vive nuestro estado.
Salí de mi casa poco después de las seis de la mañana rumbo a Palacio de Gobierno. Quería llegar temprano al evento donde se transmitiría el mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum. Durante el trayecto revisé las noticias y la primera que apareció fue también la que me acompañaría durante toda la jornada: siete personas habían muerto en el penal de Aguaruto.
Siete muertos.
Mientras avanzaba por las calles todavía tranquilas de Culiacán pensaba en esa noticia y en cómo, apenas unas horas después, se realizaría una celebración política donde se hablaría de avances, bienestar y transformación.
Cuando llegué a la explanada todavía había muy poca gente. Había más elementos de seguridad que asistentes. Técnicos acomodando equipo, personal organizando detalles y funcionarios caminando de un lado a otro. Parecía difícil imaginar que horas después aquel lugar estaría lleno.
Pero comenzaron a llegar los camiones.
Nos tocó ver llegar el primero. Luego otro. Después otro más. Y después tantos que simplemente dejaron de contarse. La explanada comenzó a llenarse mientras coordinadores organizaban grupos y acomodaban contingentes. Algunos trabajadores incluso portaban uniformes oficiales pese a ser domingo.
Y aquí hay algo que vale la pena decir. La gente no era la noticia. La gente no tiene la culpa. Muchos estaban ahí porque les tocó asistir, otros porque fueron invitados, algunos porque simpatizan con el movimiento y otros porque cualquier apoyo económico siempre ayuda cuando los tiempos son difíciles.
Conforme avanzó la mañana apareció el verdadero protagonista de la jornada: el calor.
Un calor infernal.
De esos que solamente entiende quien ha pasado varias horas parado bajo el sol de Culiacán.
Los árboles se convirtieron en el lugar más valioso de toda la explanada. Debajo de cada sombra comenzaron a reunirse grupos enteros buscando refugio. Ahí era donde realmente se escuchaban las conversaciones.
No las del escenario.
No las de los discursos.
Las de la gente.
Algunos hablaban de cómo han bajado las ventas en sus negocios. Otros comentaban sobre familiares que han perdido trabajo. También se hablaba de la inseguridad, de los hechos violentos de los últimos meses y de la incertidumbre que todavía se respira en buena parte de Sinaloa.
Entre esas conversaciones también se escuchaban frases que retrataban perfectamente el ambiente.
“Vámonos para aquel árbol para que nos paguen y ya irnos”.
Lo decían con naturalidad. Como quien habla de cualquier tema cotidiano. No era reclamo ni protesta. Era simplemente parte de la charla entre quienes buscaban un poco de sombra mientras el sol caía con toda su fuerza.
Y hay que reconocer algo.
No faltó agua.
No faltó comida.
No faltó atención.
Había agua natural, agua de jamaica, agua de coco y otras bebidas para quienes buscaban refrescarse. También había burritos, taquitos, nieves y todo lo necesario para aguantar una mañana que parecía empeñada en derretir a cualquiera que permaneciera demasiado tiempo bajo el sol.
Mientras tanto, frente a todos se levantaba un escenario enorme acompañado por cinco pantallas gigantes que transmitían cada detalle del evento. El despliegue era impresionante. Sonido profesional, logística, personal operativo y un fuerte operativo de seguridad con presencia de corporaciones de todos los niveles.
La imagen era la de una gran fiesta política.
Y quizá por eso el contraste resultaba todavía más evidente.
Porque mientras observaba todo aquello seguía pensando en la noticia con la que había iniciado el día.
Siete muertos en Aguaruto.
Mientras se organizaba una celebración, Sinaloa despertaba con una tragedia.
Mientras se preparaban discursos sobre avances, miles de ciudadanos seguían preocupados por la seguridad.
Mientras se hablaba de bienestar, muchos comerciantes continúan enfrentando dificultades económicas.
Mientras se hablaba de crecimiento, numerosas familias siguen intentando salir adelante en medio de la incertidumbre.
Entonces comenzó el mensaje presidencial.
La presidenta habló de transformación, de bienestar, de programas sociales, de crecimiento económico, de empleo y de soberanía. Habló de un país que avanza y de un proyecto que mantiene el respaldo de millones de mexicanos.
Y mientras las palabras avanzaban desde las pantallas, debajo de los árboles continuaban las conversaciones sobre la realidad que vive Sinaloa todos los días.
Porque mientras arriba se hablaba de un México fuerte, abajo se hablaba de negocios que batallan para mantenerse abiertos.
Mientras arriba se hablaba de bienestar, abajo se hablaba de familias preocupadas por la inseguridad.
Mientras arriba se hablaba de prosperidad, abajo se hablaba de las dificultades que atraviesan muchos sectores productivos.
Hubo una frase que llamó especialmente mi atención cuando se aseguró que México está de moda.
Y sí, México está de moda.
Pero mientras esa frase resonaba en las bocinas, yo seguía pensando en Aguaruto, en los problemas de seguridad, en los negocios afectados, en la incertidumbre económica y en todo lo que se comenta diariamente en las calles de Culiacán.
La gobernadora interina Yeraldine Bonilla participaba en una jornada que buscaba mostrar unidad y respaldo político. Las fotografías salieron bien. La explanada lució llena. Los discursos se pronunciaron. Los aplausos llegaron.
Pero cuando todo terminó y los camiones comenzaron a retirarse, cuando los asistentes abandonaron la sombra de los árboles y emprendieron el regreso a casa, la realidad seguía exactamente donde había estado desde las primeras horas de la mañana.
La noticia seguía siendo Aguaruto.
La preocupación seguía siendo la inseguridad.
Los problemas económicos seguían presentes.
Y las preguntas seguían sin respuesta.
Quizá por eso la imagen que me llevé de aquella mañana no fue la del escenario ni la de las pantallas.
Fue la de la gente refugiada bajo los árboles, escuchando discursos sobre el país que se presume desde arriba mientras comentaban el Sinaloa que viven todos los días.
Todo esto según yo, de Goyo 310.

