Hay frases que duran un día.
Y hay frases que duran años.
“Rocha no es Morena” pertenece a la segunda categoría.
No porque lo haya dicho cualquier persona. Lo dijo Edgar Barraza, dirigente estatal de Morena. Y no lo dijo en cualquier momento. Lo dijo justo cuando el nombre de Rubén Rocha Moya atraviesa el momento más complicado de toda su carrera política.
Por eso la declaración cayó como una bomba en una fiesta infantil.
Y luego vino el espectáculo.
Que los medios entendieron mal.
Que las declaraciones fueron sacadas de contexto.
Que él no quiso decir eso.
Que en realidad dijo otra cosa.
Que se tergiversó el mensaje.
En resumen, que la culpa fue de todos menos del que habló.
Lo verdaderamente divertido es que la polémica no nació por una palabra mal colocada. Nació porque la frase tocó una verdad incómoda.
Porque decir que Rocha no es Morena en Sinaloa es como decir que el estadio de los tomateros no tiene nada que ver con el béisbol.
Es como decir que el Carnaval de Mazatlán no tiene nada que ver con Mazatlán.
Es como decir que la tambora no tiene nada que ver con la banda.
Nadie se lo cree.
Y no porque Rocha sea dueño de Morena.
Sino porque durante años fue el principal rostro político del movimiento en el estado.
Fue candidato.
Fue gobernador.
Fue el líder político más influyente del grupo gobernante.
Y además, para acabarla de amolar, muchos de los que hoy ocupan posiciones importantes llegaron precisamente durante su administración.
Entre ellos el propio Edgar Barraza.
Por eso la frase no sonó a deslinde político.
Sonó a escena familiar.
A esas reuniones donde el hijo sale diciendo que no conoce a su papá justo cuando llegan los cobradores.
Porque mientras hubo poder, estructura, candidaturas, cargos, eventos, aplausos y fotografías, nadie andaba diciendo que Rocha no era Morena.
Al contrario.
Parecía que Rocha era Morena, Morena era Rocha y todos felices en la misma foto.
Ahora resulta que siempre no.
Ahora resulta que cada quien tiene su camino.
Ahora resulta que los medios entendieron mal.
Lo que pasa es que en política existe una enfermedad muy curiosa.
Se llama amnesia selectiva.
Aparece cuando llegan las crisis.
Los pacientes olvidan quién los impulsó.
Olvidan quién los promovió.
Olvidan quién les abrió las puertas.
Olvidan quién los sentó en la mesa.
Y en casos más avanzados olvidan hasta las fotografías donde aparecen abrazados.
La buena noticia es que la ciudadanía tiene mejor memoria que muchos políticos.
Porque la gente recuerda perfectamente quién gobernaba.
Quién mandaba.
Quién decidía.
Quién construyó los grupos.
Quién repartió el juego político.
Y quién colocó a muchos de los personajes que hoy intentan convencernos de que todo es una enorme confusión mediática.
Lo más preocupante para Morena no es la declaración.
Lo preocupante es que la declaración dejó ver nervios.
Muchos nervios.
Porque cuando una frase obliga a sacar explicaciones, aclaraciones y comunicados de emergencia, generalmente es porque golpeó donde duele.
Y eso es precisamente lo que pasó.
Porque detrás de la discusión sobre Rocha existe otra pregunta mucho más incómoda.
Si Rocha no es Morena, entonces ¿quién se hará responsable políticamente de todo lo que ocurrió durante los años en que Morena y Rocha caminaban juntos?
Ahí está el detalle.
Y esa pregunta no la resuelve ningún comunicado.
Ni tampoco culpando a los medios.
Porque hay algo peor que una declaración polémica.
Una declaración polémica que después quieren hacer desaparecer.
Y en política, cuando alguien intenta borrar una frase tan rápido, normalmente es porque la frase dijo más verdad de la que debía.
Todo esto según yo, Goyo 310.
