EL TRI Y EL MILAGRO DE LOS 90 MINUTOS

 EL TRI Y EL MILAGRO DE LOS 90 MINUTOS

Por un momento México dejó de hablar de política, de inseguridad, de pleitos, de corrupción, de los mismos personajes de siempre que brincan de un cargo a otro como si fueran chapulines olímpicos.

Por un momento el país se puso una misma camiseta.

Y vaya que hacía falta.

La Selección Mexicana hizo historia al cerrar la fase de grupos con paso perfecto, algo que jamás había conseguido en una Copa del Mundo.

Tres partidos, tres victorias y la sensación de que, al menos durante noventa minutos, el país podía olvidarse de todo lo demás.

Mientras millones de mexicanos gritaban los goles frente al televisor, nadie estaba pensando en los problemas cotidianos. Nadie hablaba de las broncas económicas ni de los escándalos políticos. Todos estaban viendo cómo el Tri hacía lo que pocas veces hace: ilusionar.

Y eso tiene un mérito enorme.

Porque en un país donde todos los días sobran motivos para enojarse, el fútbol apareció como una especie de tregua nacional.

También fue una noche de símbolos.

La generación que durante años cargó con las críticas comenzó a entregar la estafeta. La figura de Memo Ochoa estuvo presente en el ambiente mundialista, quizá viviendo los últimos capítulos de una historia que lo convirtió en uno de los jugadores más importantes que ha tenido México en las Copas del Mundo.

Un portero que pasó de ser promesa a leyenda y que hoy observa cómo una nueva camada busca escribir su propia historia.

Y entre esos nuevos rostros aparece el nombre de Gilberto Mora, apenas un muchacho que ya comienza a despertar ilusiones. Uno de esos jóvenes que juegan sin miedo porque todavía no conocen el peso de las derrotas históricas que tanto han perseguido al fútbol mexicano.

Tal vez ahí está la enseñanza.

Los jóvenes todavía creen que todo es posible.

Los veteranos saben lo difícil que es.

Y cuando ambos se juntan pueden pasar cosas interesantes.

México ganó un partido, sí. Pero también ganó algo más valioso: la capacidad de hacer que millones de personas dejaran de pelearse por un rato para celebrar lo mismo.

No sabemos cuánto dure la ilusión. La historia nos ha enseñado que el fútbol mexicano suele encontrar formas bastante creativas de romper corazones.

Pero esta vez, aunque sea por una noche, el país volvió a sonreír.

Y en estos tiempos, donde abundan los motivos para hacer corajes, que once jugadores logren que más de cien millones de personas olviden sus problemas durante noventa minutos ya es una victoria bastante grande.

Más grande incluso que el marcador.

Porque seamos sinceros, México no solamente venía necesitando triunfos en la cancha. También venía necesitando motivos para sentirse orgulloso de algo.

Durante años nos acostumbramos a despertar con noticias de violencia, crisis, enfrentamientos políticos y gobiernos que prometen mucho más de lo que cumplen. Nos acostumbramos a ver cómo los problemas se acumulan mientras las soluciones se quedan atrapadas en discursos y conferencias.

Por eso una noche como ésta pesa más de lo que muchos imaginan.

Porque el fútbol tiene algo que la política perdió hace mucho tiempo.

La capacidad de unir.

Nadie preguntó por partidos políticos cuando cayó el primer gol.

Nadie preguntó por ideologías cuando llegó el segundo.

Nadie preguntó por colores cuando México aseguró la victoria.

Todos celebraron igual.

Todos gritaron igual.

Todos sintieron lo mismo.

Y eso, en un país tan dividido, vale muchísimo.

Quizá por eso los estadios siguen llenándose y los televisores siguen encendiéndose cada vez que juega la Selección.

Porque la gente no busca solamente fútbol.

Busca esperanza.

Busca alegría.

Busca una excusa para creer que las cosas pueden salir bien.

Y aunque mañana volverán los problemas, las discusiones, las campañas adelantadas, los políticos reciclados y las promesas de siempre, esta noche fue diferente.

Esta noche el protagonista no fue un gobernador.

No fue un senador.

No fue un alcalde.

No fue un funcionario.

Fueron once jugadores que corrieron detrás de una pelota y consiguieron algo que parece imposible en estos tiempos:

Hacer que todo un país sonriera al mismo tiempo.

Y quizá ese sea el verdadero triunfo que deja esta Selección.

Recordarnos que México sigue siendo capaz de emocionarse, de unirse y de creer.

Aunque sea durante noventa minutos.

Todo esto según yo, El Goyo 310.

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