Hace ocho años México despertó con una noticia que cimbró al sistema político. El PRI estaba prácticamente sepultado, el PAN no logró convencer y Morena, un partido que apenas unos años antes era visto como un experimento político, se convertía en el dueño del tablero nacional.
No fue casualidad.
Morena no ganó únicamente porque Andrés Manuel López Obrador fuera un fenómeno electoral. Ganó porque durante décadas los gobiernos anteriores hicieron todo lo posible para que la gente terminara odiando a la clase política. La corrupción era descarada, los escándalos eran el pan de cada día, la inseguridad crecía, los salarios no alcanzaban y la famosa frase de “ya merito” se volvió la política pública más exitosa de los gobiernos del PRI y del PAN. El mexicano llegó a la urna con una sola idea: “que se vayan todos”. Y llegaron otros. Con una bandera muy clara: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. Una frase que todavía hoy sigue siendo el eslogan más repetido… aunque en algunos casos también el más difícil de comprobar. Porque una cosa es conquistar el poder. Y otra muy distinta es sobrevivir a él.
Morena nació como un movimiento que criticaba absolutamente todo. Criticaba el presidencialismo. Hoy concentra más poder que muchos presidentes anteriores. Criticaba el uso electoral de los programas sociales. Hoy esos programas son el corazón de su estrategia política. Criticaba el dedazo. Hoy las candidaturas muchas veces se siguen decidiendo entre muy pocas manos. Criticaba el influyentismo. Hoy basta revisar cuántos familiares, amigos, recomendados, ex priistas, ex panistas y ex perredistas encontraron una nueva oportunidad de redención… curiosamente vestidos de guinda.
Porque en Morena descubrieron el milagro político más grande de México.
El bautizo exprés.
Hay personajes que el lunes eran símbolo de la corrupción. El martes renunciaron. El miércoles se tomaron una foto con una playera guinda. Y para el viernes ya eran “compañeros del movimiento”. Ni el agua bendita trabaja tan rápido. Decían que el PRI reciclaba políticos. Resultó que Morena abrió una recicladora industrial. Ahí entra de todo. Ex gobernadores. Ex alcaldes. Ex diputados. Ex enemigos. Ex críticos. Hasta quienes durante años llamaron “un peligro para México” terminaron diciendo que siempre sí era un honor estar con Obrador. La memoria política en este país dura menos que una historia de WhatsApp.
Pero tampoco se puede negar la realidad. Millones de personas reciben hoy un apoyo social que antes jamás existió. Los adultos mayores tienen una pensión constitucional. Los estudiantes cuentan con becas. El salario mínimo aumentó como no ocurría en décadas. Hay obras de infraestructura que cambiaron regiones completas. Eso sería irresponsable negarlo. Pero tampoco se puede negar la otra mitad de la historia. Porque mientras unos celebraban inauguraciones… otros seguían enterrando familiares víctimas de la violencia. Mientras unos presumían cifras… otros seguían buscando desaparecidos. Mientras se hablaba de transformación… los hospitales seguían padeciendo desabasto. Mientras se decía que el sistema de salud sería como el de Dinamarca… miles seguían comprando medicamentos con dinero de su bolsillo.
Y es ahí donde aparece la gran contradicción de Morena. El discurso siempre ha sido extraordinario. La realidad no siempre lo acompaña. Morena llegó diciendo que iba a acabar con los privilegios. Pero el poder tiene un extraño efecto secundario. Hace que los privilegios ya no parezcan tan malos… siempre y cuando ahora sean tuyos. Los viajes ya no molestan. Las camionetas ya no indignan. Las casas ya no generan preguntas. Los operadores políticos ya no son mapaches. Ahora son estrategas. Los acarreados dejaron de llamarse acarreados. Ahora son pueblo organizado. Los eventos masivos dejaron de ser actos anticipados. Ahora son asambleas informativas. La propaganda dejó de ser propaganda. Ahora es comunicación con el pueblo. Es maravilloso cómo cambia el diccionario cuando uno cambia de oficina.
Y mientras tanto la oposición…
Bueno…
La oposición merece un capítulo aparte. Porque hay que reconocerle un mérito enorme. Logró hacer algo que parecía imposible. Convertirse en el principal promotor electoral de Morena. Cada error de la oposición fue un voto más para el oficialismo. Cada pleito interno. Cada dirigente desconectado. Cada discurso reciclado. Cada candidato improvisado. Fue gasolina para el movimiento. Morena ganó muchas elecciones. Pero la oposición le regaló otras tantas.
Hoy ocho años después el escenario cambió por completo. Morena ya no puede culpar a Calderón. Ya no puede culpar a Peña Nieto. Ya no puede culpar al PRIAN de absolutamente todo. Después de ocho años ya gobierna la mayoría de los estados. Controla el Congreso. Tiene la Presidencia. Tiene la mayor fuerza política del país. Tiene presupuestos. Tiene estructuras. Tiene operadores. Tiene mayoría. Tiene poder.
Y cuando alguien tiene tanto poder…
También tiene toda la responsabilidad.
Porque ya no basta con decir que el pasado fue peor. Eso sirve en campaña. No necesariamente cuando ya gobiernas casi todo. La verdadera prueba de Morena apenas empieza. Porque lo difícil no era llegar. Lo difícil es no convertirse exactamente en aquello que juró destruir.
La historia mexicana tiene muy mal sentido del humor. El PRI llegó prometiendo revolución. Terminó convertido en maquinaria. El PAN llegó prometiendo democracia. Terminó atrapado en sus propias contradicciones. Morena llegó prometiendo transformación. La pregunta es si terminará convertido simplemente en otro partido enamorado del poder. Porque el poder es como el dinero. Cuando no lo tienes dices que no importa.
Cuando lo consigues…
Ya no lo quieres soltar.
Y quizá esa sea la mayor ironía de estos ocho años. Morena cambió muchas cosas en México. Pero el poder también cambió a Morena. Y esa, aunque a muchos les incomode, es una conversación que tarde o temprano tendrán que enfrentar.
Todo esto según yo… El Goyo 310

