A Tere Guerra todavía le falta oficio político. EL TÁBANO Por Ismael Checa Landeros.

A Tere Guerra todavía le falta oficio político. EL TÁBANO Por Ismael Checa Landeros.

Hay algo que en política no se aprende con un nombramiento, ni con un título universitario, ni por haber ocupado un cargo público. Se llama oficio político. Y cuando hace falta, tarde o temprano termina por notarse.

Durante muchos años se ha querido convencer a la sociedad de que la política la puede hacer cualquiera. Que basta con ser profesionista, tener buena intención o ser cercano al gobernante en turno. Nada más equivocado. La política es una profesión tan compleja como cualquier otra y, en ocasiones, mucho más. Requiere experiencia, prudencia, capacidad para leer el momento y, sobre todo, saber reaccionar cuando las circunstancias se salen de control.

Cuando los gobiernos nombran funcionarios por amistad, compromisos, cuotas o cercanías personales, en lugar de privilegiar el oficio político, empiezan a aparecer los errores. Algunos pequeños y otros que terminan costando muy caros.

Eso fue lo que, desde mi punto de vista, ocurrió con Tere Guerra.

Independientemente de si el episodio que protagonizó en un centro nocturno fue espontáneo o preparado, lo cierto es que una política con mayor experiencia difícilmente habría caído en esa situación. Quien decide dedicarse a la vida pública debe entender que nunca deja de ser observado. Un restaurante, un aeropuerto, una fiesta o un centro de diversión pueden convertirse, en cuestión de segundos, en un escenario político.

Y ahí fue donde faltó oficio.

Estoy convencido de que si una situación similar le hubiera ocurrido a Imelda Castro, a Gerardo Vargas o a Ricardo Madrid, la historia habría terminado de otra manera. Los tres, con estilos distintos, tienen kilómetros recorridos en la política. Seguramente habrían respondido con una sonrisa, con una frase inteligente o hasta invitando una ronda para desactivar el momento. En política, muchas veces una buena reacción vale más que un largo comunicado.

Pero hay otro detalle que también refleja esa falta de experiencia.

Tere Guerra debería aprender que un político no tiene la obligación de opinar sobre absolutamente todo. Guardar silencio también es una decisión política. No siempre el micrófono debe encenderse, ni todas las entrevistas deben responderse. Hay ocasiones en que el mejor mensaje es no decir nada y dejar que los acontecimientos pierdan fuerza por sí solos.

Muchos políticos se meten en problemas precisamente por hablar de más. Creen que responder a cada crítica, aclarar cada comentario o fijar postura sobre todos los temas los fortalece, cuando en realidad terminan desgastándose innecesariamente. El silencio, cuando se utiliza con inteligencia, también comunica.

Ser diputada local o haber ocupado responsabilidades públicas no convierte automáticamente a nadie en una política profesional. El oficio se construye con los años, con errores, con derrotas, con victorias y, sobre todo, aprendiendo cuándo hablar y cuándo callar.

Porque en política no siempre gana quien más habla. Muchas veces gana quien mejor entiende el momento para hacerlo.

P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *