Hace unos días salí a la terraza de mi casa. Quizá usted no me lo va a creer, pero tenía tal vez años que no salía simplemente a sentarme a tomar un café. Fue el momento en que me detuve un poco en la rutina. A veces, entre tanto ajetreo, no nos detenemos ni siquiera un ratito a reflexionar o a agradecer a Dios, o a la vida, el simple hecho de estar aquí.
Acababa de lloviznar y corría un viento fresco. De repente, llegó a mi olfato un aroma que me transportó de inmediato a mi infancia y a mi juventud en mi querido pueblo de San Lorenzo. ¡El olor a tierra mojada! Algo tan simple, pero al mismo tiempo tan rico y tan cargado de nostalgia.
Y justamente de ahí nace mi reflexión. Son las pequeñas cosas de esta vida las que realmente nos hacen sentir felices en medio del estrés, de los problemas y de la incertidumbre.
Bendito olor a tierra mojada. En un instante llegaron a mi memoria mi mamá echando las tortillas al comal, los niños corriendo entre los charcos y las señoras apresurándose a recoger la ropa del tendedero porque, incluso antes de que comenzara a llover, ese olor ya anunciaba el chubasco que venía.
La vida está llena de momentos así. Tan cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que, cuando los volvemos a encontrar, nos recuerdan quiénes somos, de dónde venimos y por qué vale la pena seguir caminando.
Aprendamos a disfrutar las pequeñas cosas. Ahí, muchas veces, se esconde la verdadera felicidad.
P. D. Nos vemos en la próxima entrega.

