SINALOA: PUEBLO TRAICIONADO… CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez

SINALOA: PUEBLO TRAICIONADO… CHISPAZO/ Felipe Guerrero Bojórquez

La ciudadanía no ocupa de sesudos análisis para entender lo que en Sinaloa y muchas regiones del país está pasando. Es muy sencillo: es que lo siente y lo sufre.

Las cifras oficiales ofrecidas por la propia presidente Claudia Sheinbaum, respecto a la violencia en Sinaloa,  pintan a un estado casi en santa paz,  mientras la realidad nos indica brutalmente lo contrario. 

Ni en la calle ni en la casa ni en el trabajo la gente vive en paz, porque no hay sinaloense  afectado por un hecho delictivo.

En la calle, la cuadra, el barrio, la ciudad; en el rancho, el pueblo, el ejido, la sindicatura, nadie, nadie escapa a la infamia de vivir en un ambiente controlado palmo a palmo por los grupos fácticos.  La oración y ponerse en manos del Señor es con lo único que cuenta, ante una autoridad que no pone orden, por más que nos digan que a Sinaloa lo resguardan 15 mil elementos federales y 5 mil policías locales. Tantos, ¿dónde están? 

La gente sabe todo, porque lo padece. Sabe que la autoridad también lo sabe pero que no actúa. Y sabe que no actúa porque es parte del problema. Sobre todo desde arriba. La gente no ignora la corrupción en muchos niveles del gobierno porque ha sido víctima, testigo presencial o tiene referencias directas, aunque no todos los oficiales o funcionarios son corruptos. Y sí, la gente en los pueblos ve a grupos armados  transitar libremente como si fueran del gobierno, porque quizá se sienten protegidos. Ve a esos grupos en las calles desplazarse con la impunidad de saber que no los tocan.

La gente del barrio sabe qué pasa en su entorno y sabe que debe callar porque cualquier denuncia equivale a como si la hiciera ante los propios delincuentes. 

De ahí el miedo permanente, porque los ciudadanos se saben desprotegidos. Hay que cuidarse y cuidar a los suyos.  Y por eso el estilo de vida en lo personal y familiar ha cambiado. La calle ya no es del transeúnte pacífico. El espacio público se ha vuelto peligroso.

Y ese nuevo estilo de vida ha significado trazar nueva rutas, reducir horarios en la calle, salir del trabajo sin desviarse, restringir la noche al regreso temprano, bajar la gama del celular, circular en coches chicos, dejar en casa las tarjetas, enrejar el hogar y no dejar a los jóvenes a merced del antro porque desde ahí desaparecen sin que a los propietarios de esos giros negros se les investigue. 

Es el miedo y la zozobra permanente de los padres de familia. Dejar a los niños en la escuela y regresar por ellos. Impedir que las niñas salgan solas ni siquiera a la tienda de la esquina. La paranoia social tiene su base en cada muchacha y muchacho desparecido. En cada muerte directa y colateral, y en cada acto de violencia a la luz del día con tecnología de guerra, donde ya se sabe que los que deben protegernos llegarán solo a levantar los muertos, porque su papel es generalmente el de la reacción y no de la acción. Los ciudadanos, en sus posibilidades, por eso han aprendido a cuidarse solos.

No hay familia en Sinaloa que no tenga un hijo, un padre, una madre, un hermano, un familiar, un amigo, un vecino, un condiscípulo, un cliente, un correligionario víctima directa o indirecta de la violencia. Por eso causa indignación cuando desde el púlpito presidencial ofrecen la idea de que los sinaloenses vivimos casi en el paraíso y que gracias a ellos, a sus esfuerzos y al de las autoridades locales, la violencia ha mermado significativamente. Eso no es otra cosa más que la  desconexión total con el dolor ciudadano, que siente esas cifras como una bofetada.

Estamos en manos de un gobierno que dice combatir al delito, pero al que los hechos lo desmienten. Un gobierno al que la gente no cree, no porque le contaron mitotes, sino porque lo ve y lo siente. Un gobierno que ya no convence de que llegó al poder para servir al pueblo con honestidad y justicia. Prometieron combatir la corrupción, la inseguridad y darnos prosperidad en todos los sentidos, pero en muchos casos resultaron peor que aquellos que tanto cuestionaron. Pactaron tantos compromisos que todo se les salió de control, al grado de que en muchas regiones del estado los que mandan son otros.

Sinaloa es, sin duda, un pueblo que se siente traicionado.

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