Todo partido político tiene un objetivo muy claro, ganar elecciones. Morena no es la excepción y, con el proceso para designar a quien coordinará los trabajos de la Cuarta Transformación en Sinaloa, ha comenzado oficialmente la ruta rumbo al 2027. La apuesta es sencilla en el papel, convencer a la ciudadanía de que su proyecto sigue siendo la mejor opción y, al mismo tiempo, demostrar que al interior del movimiento existe unidad, disciplina y un mismo rumbo.
Por eso llama la atención que una de las principales reglas fijadas desde la dirigencia nacional, evitar campañas sucias, descalificaciones y cualquier acción que provoque divisiones internas, parezca no estar cumpliéndose en Sinaloa. Lo que vemos todos los días es exactamente lo contrario.
Las señales de inconformidad son constantes. De un lado surgen señalamientos sobre gastos excesivos en esta etapa del proceso; del otro aparecen mensajes que, aunque nunca mencionan nombres, tienen destinatarios perfectamente identificables. La discusión de las ideas ha quedado relegada y, en su lugar, predominan las insinuaciones, los reclamos y los golpes políticos disfrazados de declaraciones públicas.
La pregunta es inevitable. ¿Ese es el espectáculo que Morena quiere ofrecer a los sinaloenses? ¿Ese es el ejemplo de unidad, austeridad y honestidad que tanto presume como parte de su identidad política?
Lo más preocupante es que la confrontación ya dejó de ser un asunto exclusivo de los aspirantes. Las diferencias comienzan a trasladarse a sus equipos, a sus simpatizantes y a las redes sociales. Poco a poco también llegan al territorio, donde las estructuras empiezan a polarizarse. Si este clima continúa, el día en que se conozca el resultado de la encuesta podría encontrar a un movimiento profundamente dividido, con ganadores celebrando y perdedores resentidos, aunque después intenten apaciguar los ánimos con premios de consolación.
En esta ocasión vale la pena detenerse en otro aspecto. Más allá de la figura institucional del gobernador Rubén Rocha Moya, hoy parece extrañarse al operador político que durante años logró construir acuerdos con fuerzas distintas, tender puentes con actores del PRI, del PAN, de Movimiento Ciudadano y mantener bajo control los momentos de mayor tensión. Esa capacidad de operación política hoy parece ausente, justo cuando más se necesita.
También resulta evidente que el dirigente estatal de Morena no está logrando imponer autoridad en un proceso que exige orden y conducción. Cuando las reglas dejan de respetarse y cada quien interpreta el juego a su conveniencia, el riesgo de que el conflicto crezca es cada vez mayor.
Todavía hay tiempo para corregir el rumbo, pero el reloj político no se detiene. Si Morena quiere llegar fortalecido al 2027, tendrá que poner orden antes de que el río termine por desbordarse. Porque una cosa es competir y otra muy distinta es destruirse entre compañeros de partido.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

