CHISPAZO / Felipe Guerrero Bojórquez … DE LA REPÚBLICA DE LOS JUÁREZ A LA “SOBERANÍA” DE LOS LÓPEZ

CHISPAZO / Felipe Guerrero Bojórquez … DE LA REPÚBLICA DE LOS JUÁREZ A LA “SOBERANÍA” DE LOS LÓPEZ

Benito Juárez tuvo un hijo que llevó su nombre, Andrés Manuel López Obrador también. Hasta ahí llega la semejanza. Pero no hay comparación. 

El primero cargó sobre sus espaldas uno de los apellidos más grandes de la historia de México y, aun así, tuvo que construir su propia carrera. Benito Juárez Maza fue diplomático, diputado federal y finalmente gobernador de Oaxaca. Vivió y participó políticamente durante el porfiriato, precisamente bajo el régimen del hombre que años antes se había levantado contra su padre.

La paradoja es extraordinaria.

Porfirio Díaz había combatido políticamente a Benito Juárez García e incluso se rebeló contra su reelección mediante el Plan de la Noria en 1871. Sin embargo, años después, el hijo del Benemérito desarrollaría buena parte de su vida pública durante el régimen porfirista.

La historia rara vez cabe completa en las estatuas. Y en los libros de texto se escribe a conveniencia.

Juárez Maza no heredó la Presidencia ni la condición de estadista de su padre. Tampoco hablaba en nombre de la República por el simple hecho de llamarse Benito Juárez. Tuvo que recorrer el servicio diplomático, pasar por la Cámara de Diputados, participar en las luchas políticas de su tiempo y finalmente alcanzar la gubernatura de Oaxaca.

Heredó un apellido. No heredó automáticamente la estatura histórica de quien se lo dio.

Más de un siglo después, México contempla otra historia de padres, hijos, apellidos y poder.

Andrés Manuel López Beltrán no ha sido presidente de México. Tampoco gobernador, senador, diputado, secretario de Estado ni diplomático. Su cargo político relevante fue el de secretario de Organización de Morena. Hasta ahí.

Pero Andy es hijo de Andrés Manuel López Obrador. Y en el México de la llamada Cuarta Transformación ese apellido aún mantiene gran peso.

Por eso resulta particularmente ilustrativo observarlo asumir un lenguaje vulgar, obsceno, que pretende ser de estadista para confrontar decisiones del gobierno de Estados Unidos, cuestionar a funcionarios de la administración estadounidense y convertir un asunto personal en un problema de soberanía nacional.

Lo escribimos en una reciente entrega denominada: ¿A nombre de quién habla Andy?

Porque una cosa es defenderse, denunciar una injusticia o exigir explicaciones sobre cualquier decisión que considere arbitraria, y otra muy distinta pretender que un problema particular o político se transforme automáticamente en una agresión contra México.

Y aquí, justo, aparece la ironía histórica.

Pocos gobiernos mexicanos han utilizado tanto la figura de Benito Juárez como López Obrador y Claudia Sheinbaum. Juárez está en los discursos, en las ceremonias, en las referencias históricas y en la narrativa moral de la llamada Cuarta Transformación. Pero quizá valdría la pena estudiar también a su hijo.

Porque Benito Juárez Maza dejó una lección involuntaria particularmente vigente:

los apellidos pueden heredarse; la autoridad política y la estatura histórica, no.

Y mucho menos la soberanía.

La soberanía que defendió Benito Juárez García estaba relacionada con una República invadida, con ejércitos extranjeros, con un imperio instalado en territorio mexicano y con la supervivencia misma del Estado nacional.

Por eso reducir semejante ejemplo histórico hasta convertirlo en escudo frente a las decisiones de Washington que afectan al hijo de un expresidente, no es más que una expresión caricaturesca de frente a la grandeza del juarismo.

Y más todavía cuando México atraviesa una relación sumamente compleja con Estados Unidos: narcotráfico, fentanilo, crimen organizado, migración, comercio, seguridad fronteriza y crecientes señalamientos desde Washington sobre personajes mexicanos.

En ese escenario, Andy López Beltrán tiene todo el derecho de defenderse de cualquier acusación, señalamiento o decisión que considere injusta.

Lo que no puede heredarse es el derecho de hablar, y a parte pésimo, como jefe del Estado mexicano. Porque no lo es.

Y aquí la historia regresa para dar lecciones.

Benito Juárez Maza pasó buena parte de su vida intentando construir un nombre debajo de la gigantesca sombra de su padre.

Andy parece recorrer el camino contrario: utilizar la sombra del padre para construir su nombre.

Quizá por eso convendría regresar a Juárez, pero no solamente al Juárez de las estatuas, las frases y los discursos oficiales, sino al Benemérito que nos recuerda algo elemental sobre las repúblicas: el poder público no es patrimonio familiar.

Benito Juárez García dejó una República y un hijo que tuvo que hacer su propia carrera.

López Obrador dejó un movimiento y un hijo al que algunos parecen empeñados en convertir en heredero político.

Y esa diferencia es enorme.

En una República se puede heredar el apellido, la memoria y hasta la fama, pero jamás debería heredarse el poder.

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