Después de semanas de sospechas, reclamos, caras largas y uno que otro morenista tragándose las ganas de mandar todo a la chingada, Morena finalmente abrió las encuestas con las que decidió sus coordinaciones estatales rumbo a 2027. La intención era acabar con las dudas y demostrar que aquello había sido ciencia, técnica y transparencia. El problema es que cuando abrieron la caja apareció algo mucho más interesante que los nombres de los ganadores. Apareció la fórmula. Y cuando uno entiende cómo repartieron los puntos, el famoso 10 que sacaron Imelda Castro en Sinaloa y otros siete aspirantes en el país empieza a significar algo bastante diferente de lo que cualquiera entendería cuando escucha “sacó diez”.
Morena aplicó mil 500 entrevistas presenciales por estado y evaluó ocho atributos que en conjunto sumaban diez puntos. Opinión positiva valía dos, honestidad 1.25, cercanía 0.25, conocimiento de la entidad 0.25, cumplimiento de compromisos 0.25, percepción como buen candidato uno, disposición a votar dos y preferencia como candidato tres. Hasta ahí parece una metodología normalita, con números, casas encuestadoras, señores serios y gráficas bonitas. Lo sabroso viene después. Los puntos no se distribuían proporcionalmente al porcentaje obtenido. El que quedaba primero en determinado atributo se llevaba completo el valor de ese rubro y los demás se llevaban cero. Una especie de “el ganador se lleva todas las canicas”.
Y ahí cambia completamente la lectura política. Supongamos que Juan obtiene 26 por ciento, Pedro 25 y María 24 en una pregunta que vale tres puntos. Juan se lleva los tres puntos completos y Pedro y María se llevan cero. El tablero termina diciendo tres, cero, cero, aunque entre primero y segundo exista solamente un punto porcentual. Eso no significa necesariamente que la encuesta esté mal hecha ni demuestra manipulación, pero sí significa que la calificación final amplifica las diferencias originales. El famoso diez, entonces, no es una calificación ciudadana de diez sobre diez. Es haber quedado primero en todos los casilleros que Morena decidió premiar.
Ahora vámonos a Sinaloa porque aquí está la carnita. Imelda Castro obtuvo 56.5 por ciento de conocimiento, 23.7 de opinión positiva, 18.5 en honestidad, 21.3 en cercanía, 25.6 en conocimiento del estado, 15.8 en cumplimiento, 27.6 como percepción de buen candidato, 25.5 en disposición de voto y 26 por ciento en preferencia como candidata de Morena, PT y Verde. Con esos resultados quedó arriba en los atributos ponderados y el sistema terminó otorgándole diez puntos. Así que sí, Imelda ganó la encuesta interna conforme a las reglas establecidas por Morena. Lo que no se puede hacer es confundir ese 10 con un 100 por ciento de respaldo, porque los propios porcentajes publicados cuentan una historia bastante más compleja.
Y aquí empieza el análisis que debería preocupar más a Morena que presumir la boleta de calificaciones. Si la pregunta de mayor peso era quién debería ser candidato de Morena, PT y Verde, Imelda obtuvo 26 por ciento. Dicho de otra manera, dentro de esa medición aproximadamente uno de cada cuatro se inclinó por ella en ese reactivo. Ganó, sí. Eso es indiscutible conforme al resultado publicado. Pero tres de cada cuatro respuestas no fueron para ella. Son dos verdades que pueden coexistir aunque políticamente resulte mucho más cómodo presumir la primera y guardar la segunda en el cajón.
Lo mismo ocurre con la disposición de voto. Imelda encabezó ese indicador con 25.5 por ciento y por eso obtuvo los dos puntos completos correspondientes al rubro. Pero un partido que pretende conservar Sinaloa en 2027 tendría que mirar menos el numerote del diez y bastante más ese 25.5. La encuesta sirvió para decidir quién era la mejor posicionada entre los perfiles sometidos al ejercicio. No sirve, por sí sola, para demostrar que la elección constitucional esté resuelta ni que exista una mayoría social consolidada alrededor de esa candidatura. Son preguntas distintas y mezclarlas sería como presumir que ganaste la Serie Mundial porque quedaste campeón de la Liga Japonesa. Muy bonito el trofeo, pero todavía falta jugar otro torneo.
Hay otro dato que merece lupa. Gerardo Vargas apareció como el segundo perfil más conocido con 45.7 por ciento frente al 56.5 de Imelda; después vienen Estrella Palacios con 32.7, Tere Guerra con 29.4, Graciela Domínguez con 24.3 y Omar López Campos con apenas 13.5. Más allá de quién simpatice con quién, esos números muestran una competencia interna con enormes diferencias de posicionamiento. Algunos llegaron a la encuesta cargando años de exposición pública y otros prácticamente tuvieron que presentarse con credencial en mano. Ponerlos en la misma pista era válido porque así fueron las reglas, pero no significa que todos arrancaran desde la misma raya.
Y todavía hay algo más interesante. Morena sostiene que las encuestas espejo realizadas por empresas privadas coincidieron con la encuesta oficial y las casas encuestadoras defendieron el rigor técnico de los ejercicios. Eso fortalece la afirmación de quién encabezaba las mediciones y sería irresponsable brincar de ahí a decir “fue fraude” sin pruebas. Pero la propia dirigencia reconoció algo que políticamente vale oro. Ariadna Montiel explicó que la base de los resultados es técnica, mientras que la “definición política” está en los criterios utilizados para darle peso a cada atributo. Ahí está el detalle, como diría Cantinflas. La encuesta mide, pero antes alguien decide qué importa más y qué importa menos.
Porque preferencia como candidato vale tres puntos, pero cercanía con la gente apenas un cuarto de punto. Honestidad vale 1.25, disposición de voto vale dos y conocimiento de la entidad solamente 0.25. ¿Son ponderaciones razonables? Morena puede defender que sí. Lo importante es entender que no son leyes de la física ni aparecieron grabadas en una piedra que cayó del cielo. Son decisiones metodológicas con consecuencias políticas. Si cambias el peso de los atributos, potencialmente puedes modificar la distancia entre competidores e incluso, dependiendo de los resultados concretos, alterar la puntuación final. Por eso transparentar una encuesta no debería significar únicamente enseñar quién ganó. También significa permitir discutir el criterio con el que decidiste qué valía más.
Y para acabarla de amolar, el propio proceso nacional demuestra que el diez tampoco era una sentencia divina. En Nayarit, Héctor Santana obtuvo los diez puntos del modelo y aun así la coordinación terminó en Jasmine Bugarín, del Partido Verde, por la aplicación de criterios políticos y de género. Ese caso es importantísimo porque desnuda una realidad que muchas veces se esconde detrás de la palabra “encuesta”. La encuesta es una herramienta para tomar decisiones políticas, no una elección constitucional en miniatura. Cuando otros criterios entran en juego, el resultado numérico puede no convertirse automáticamente en candidatura.
Por eso la publicación de estas encuestas quizá terminó siendo más interesante de lo que Morena esperaba. Sí aporta transparencia y permite comprobar por primera vez con mayor detalle cómo construyeron sus resultados. También confirma que Imelda Castro encabezó los indicadores utilizados en Sinaloa. Pero simultáneamente nos permite dejar de tratar a “la encuesta” como ese animal mitológico que durante años aparecía cada vez que alguien preguntaba quién había decidido una candidatura. Ya conocemos mejor al animal y resulta que tiene porcentajes, ponderaciones, criterios políticos y reglas diseñadas por seres humanos.
El reto para Imelda tampoco debería ser andar presumiendo el diez como niño llegando a su casa con la boleta para que le compren bicicleta. Su dato políticamente importante no es el diez. Son el 26 por ciento de preferencia interna y el 25.5 por ciento de disposición de voto que reportó este ejercicio. Eso dice que comenzó arriba de sus competidores, pero también que existe muchísimo terreno por conquistar. Y ésa debería ser una lectura más útil para ella misma que cualquier manta donde le impriman un “10 de 10” en letras gigantes.
Porque si Morena se enamora de su propia calificación puede cometer el error más viejo de la política, confundir una elección interna con la elección de verdad. Una encuesta partidista sirve para escoger caballo, no para declarar ganada la carrera. Después vienen los ciudadanos que no militan, los que están enojados, los indecisios, los opositores, los que cambian de opinión y los que a la hora buena mandan las encuestas por un tubo y votan como se les pega la gana.
Así que sí, Imelda sacó diez. Pero es un diez muy peculiar. Un diez construido porque ganó cada uno de los atributos ponderados, aunque en algunos de los más importantes estuviera alrededor de una cuarta parte de las respuestas. No es trampa decir que obtuvo diez porque así funciona la metodología. Lo tramposo sería hacer creer que ese diez significa que Sinaloa entero ya levantó la mano.
Morena abrió las encuestas buscando cerrar la discusión y terminó regalándonos una discusión mucho mejor. Ya no necesitamos preguntar solamente quién ganó. Ahora podemos preguntar qué significa realmente ganar bajo ese método.
Y ésa, señores, es una pregunta mucho más incómoda que cualquier encuesta.
Todo esto según yo, el Goyo310.

