El PRI y el PAN se despedazan, ¿y el PAS qué?
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El PRI y el PAN se despedazan, ¿y el PAS qué?

Hay pleitos políticos que se entienden porque existen diferencias de fondo, pero lo que está ocurriendo entre el PRI y el PAN en Sinaloa tiene más olor a reparto de candidaturas que a una discusión sobre el futuro del estado. Y lo peor es que todavía no empieza la elección y ya se están dando hasta con la cubeta.

Roxana Rubio decidió subirle el volumen a la confrontación. Su mensaje fue bastante claro: el PAN ya cedió demasiado y, si el PRI no está dispuesto a reconsiderar sus pretensiones, cada quien puede agarrar su camino. No fue una declaración menor. Fue prácticamente decirles a los priistas que una cosa es construir una alianza y otra muy distinta entregarles el partido con todo y escrituras.

La respuesta de Noé Heredia tampoco tardó en alimentar el enfrentamiento. Y ahí están, intercambiando declaraciones mientras sus militantes observan cómo los dirigentes que ayer hablaban de unidad hoy parecen incapaces de ponerse de acuerdo ni para sentarse a negociar.

Pero hay algo más interesante detrás de este pleito.

El PRI quiere recuperar terreno, el PAN no quiere seguir siendo comparsa y al Partido Sinaloense parece que ni siquiera lo contemplan en el reparto.

Y esa es una lectura política que merece atención.

Porque mientras Roxana y Noé discuten públicamente quién ha cedido más, nadie parece preguntarse qué está pensando Robespierre Lizárraga Otero, dirigente de un PAS que no ha dejado de trabajar su estructura territorial y que, según sus propias cifras, supera los 130 mil afiliados.

Claro, afiliados no significa votos. Pero tampoco se puede ignorar que el Partido Sinaloense tiene presencia municipal, operadores políticos y experiencia electoral. Algo que resulta particularmente importante cuando los partidos tradicionales enfrentan dificultades para mantener su militancia activa.

Aquí está la contradicción. El PRI necesita aliados porque sus resultados electorales recientes no le permiten presumir la fuerza de otros tiempos. El PAN necesita acuerdos porque tampoco ha logrado consolidarse como una alternativa estatal por sí solo. Sin embargo, ambos parecen negociar como si tuvieran asegurada una victoria y solamente faltara decidir quién se queda con la mejor oficina.

¿Y el PAS? Bien, gracias.

No se escucha que le estén ofreciendo una alcaldía importante, una posición estratégica o siquiera una sindicatura. Al menos públicamente, el debate se ha concentrado en las exigencias del PRI y del PAN.

Y cuidado con ese detalle, porque una alianza donde dos partidos quieren decidirlo todo y el tercero solamente sirve para completar los números puede terminar siendo un pésimo negocio para quien acepta ese papel.

Pero tampoco hay que romantizar al PAS. Tiene estructura, sí, aunque también necesita demostrar que esa estructura puede traducirse en respaldo ciudadano sin depender de otras siglas. Su dirigencia tendría que preguntarse si le conviene negociar espacios dentro de una coalición o salir a competir para conocer su verdadero tamaño electoral.

Ahí está la decisión de fondo.

Porque si Robespierre Lizárraga pretende fortalecer al Partido Sinaloense como una fuerza con identidad propia, difícilmente podrá conseguirlo aceptando que el PRI y el PAN determinen primero las candidaturas y después le informen qué quedó disponible.

Y mientras los tres partidos resuelven sus cuentas, Morena recibe un beneficio político que ni siquiera necesita salir a buscar. Sus adversarios están convirtiendo sus diferencias internas en un espectáculo público, sin que aparezca una propuesta común capaz de colocar en el centro los problemas de Sinaloa.

Lo verdaderamente preocupante para la oposición es que sigue confundiendo una alianza electoral con una suma automática de votos. Los ciudadanos no son propiedad de los dirigentes y nadie puede garantizar que un panista votará por un priista, que un priista respaldará a un panista o que la militancia del PAS aceptará cualquier candidatura que le impongan desde una mesa de negociación.

Esa es precisamente la debilidad de las coaliciones construidas solamente para repartirse posiciones.

Roxana Rubio puede tener razones para exigir mejores condiciones. Noé Heredia puede defender los intereses de su partido. Y Robespierre Lizárraga tiene todo el derecho de revisar qué le conviene al PAS.

Pero si ninguno entiende que primero se necesita construir un proyecto y después discutir quién lo encabeza, terminarán repitiendo los mismos errores que dicen querer superar.

Porque una cosa es que el agua y el aceite no se mezclen y otra muy distinta es que, de tanto agitar la botella, terminen tirando lo poco que les queda.

Y al PAS quizá le convendría hacerse una pregunta bastante sencilla: ¿para qué sentarse a una mesa donde los otros dos ya están peleándose hasta por las migajas de un pastel que todavía no ganan?

A lo mejor competir solo no le garantiza ganar más posiciones, pero sí le permitiría saber cuánto vale realmente su estructura y con qué fuerza puede negociar en el futuro.

Mientras tanto, que Roxana y Noé sigan intercambiando declaraciones. Total, parece que en la oposición sinaloense todavía no entienden que el adversario está afuera y no sentado en la misma mesa.

Aunque viendo cómo se llevan, igual y lo que necesitan no es una alianza, sino un árbitro.

Según yo, el Goyo310.

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