En política, cuando alguien quiere perder, simplemente hace todo lo necesario para lograrlo; así de sencillo, así de crudo. Y lo que hoy estamos viendo en el PRI nacional, bajo la conducción de Alejandro Moreno, al que muchos ya identifican como “Amlito”, es exactamente eso, una ruta directa, sin escalas, hacia la derrota.
Hoy el escenario nacional no es perfecto para Morena; hay desgaste natural del poder, promesas que no se han cumplido al cien por ciento, decisiones cuestionadas, errores de funcionarios y una realidad que no siempre coincide con el discurso. Todo eso, en condiciones normales, sería terreno fértil para una oposición inteligente, articulada y con rumbo.
Pero aquí viene el problema, la oposición no está capitalizando nada. No organiza, no comunica, no encabeza causas, no conecta con la gente. Y peor aún, no tiene operadores políticos visibles, esos que en territorio construyen, convencen, suman y defienden el proyecto. Sin operadores no hay estructura, y sin estructura no hay elección que se gane.
En ese contexto, lo que hace la dirigencia nacional del PRI resulta todavía más desconcertante. En lugar de fortalecer sus cuadros más competitivos, manda señales equivocadas, mensajes de exclusión y decisiones que parecen diseñadas para perder antes de competir.
El anuncio de impulsar a Paloma Sánchez y a Mario Zamora como posibles cartas para la gubernatura de Sinaloa no solo sorprende, preocupa. No por un tema personal, sino por una evaluación política fría, objetiva y necesaria. ¿Son perfiles competitivos hoy en Sinaloa? La respuesta, para muchos, es no.
Mario Zamora ya fue candidato a gobernador, tuvo una oportunidad histórica, obtuvo una votación importante, sí, pero después de eso desapareció del territorio. No regresó a agradecer, no consolidó estructura, no mantuvo cercanía con la militancia. En política, el que no vuelve, el que no pisa tierra, el que no escucha, se borra solo.
En el caso de Paloma Sánchez, la percepción no es distinta. Se le observa lejana, poco vinculada al territorio sinaloense, sin una presencia constante en la calle. Y a eso se suma una circunstancia personal que, aunque respetable, también influye en los tiempos políticos; su embarazo, con un nacimiento previsto entre julio y agosto, lo que inevitablemente limitaría su participación plena en una campaña que exige tiempo completo, energía total y presencia permanente.
Entonces la pregunta es obligada, ¿realmente el PRI quiere competir o simplemente quiere cumplir?
Porque para ser competitivo no basta con tener siglas; se necesita un partido vivo, una militancia motivada, dirigencias que salgan a la calle, que se desgasten la suela de los zapatos, que escuchen reclamos, que enfrenten al electorado y que construyan confianza. Se necesita maquinaria, pero también liderazgo, y sobre todo, voluntad real de ganar.
Y hoy, lo que se percibe es lo contrario; un partido desarticulado, sin estrategia clara y con decisiones que parecen alejar a sus mejores activos.
Porque lo más grave de todo esto es que el PRI sí tiene una carta fuerte en Sinaloa, y todos lo saben; Paola Gárate. Un perfil con presencia, con trabajo político, con conocimiento del territorio y con capacidad de conectar con distintos sectores. Sin embargo, en lugar de impulsarla, pareciera que la están orillando, empujándola lentamente hacia la salida.
Y cuando un partido empuja a sus mejores cuadros fuera, no está cometiendo un error, está firmando su propia acta de defunción.
Así de claro.
El PRI en Sinaloa no necesita milagros, necesita decisiones inteligentes; no necesita simulaciones, necesita rumbo; no necesita imposiciones, necesita escuchar a su base.
Pero mientras “Amlito” siga tomando decisiones desde la lógica de la derrota, el destino parece inevitable.
Lo dicho, están cavando su propia tumba… y lo más grave es que lo están haciendo con pala propia.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

