Hay algo bien curioso con la fe, pero de esas cosas que uno no acepta cuando anda a toda madre. Cuando todo está en calma, cuando no hay broncas, cuando la vida no te está cobrando nada, uno se siente bien chingón. Caminas ligero, opinas de todo, te ríes de todo, y hasta te das el lujo de cuestionar lo que para otros es sagrado.
“Yo no creo en nada”, dices, bien seguro.
Y lo dices riéndote.
Te toca ver a alguien rezando, y por dentro hasta piensas “qué necesidad”. Ves a la gente ir a misa, a su templo, a su iglesia, a lo que sea, y lo miras con distancia, como si tú ya hubieras entendido algo que ellos no. Como si creer fuera cosa de gente débil, de gente que no aguanta sola.
Porque cuando no hay broncas… la fe estorba.
Pero la vida no avisa. Nunca lo ha hecho.
Un día te levantas y algo ya no está en su lugar. Puede ser algo grande o algo chiquito, pero suficiente para moverte el piso. A veces es una pérdida, a veces es un problema que no sabes cómo resolver, a veces es ese vacío raro que aparece sin razón. Ese silencio que pesa, que incomoda, que no se quita ni con ruido, ni con gente, ni con distracciones.
Y ahí empieza otra historia.
Porque en ese punto ya no se trata de verte fuerte. Ya no se trata de tener la razón. Ya no se trata de hacerte el cabrón que puede con todo. Ahí lo que hay es una necesidad… una necesidad bien humana de no sentirte solo, de no sentir que todo depende de ti.
Y sin darte cuenta, haces algo que antes te daba risa.
Te quedas callado.
Cierras los ojos.
Respiras distinto.
Y hablas.
No sabes bien a quién, pero hablas. Pides. Suplicas a veces. No con palabras elegantes, sino con lo que te sale. Con miedo, con duda, con desesperación. Le hablas a Dios, al universo, a la virgen, a quien sea que esté del otro lado… o al menos eso esperas.
Porque cuando la vida te arrincona, cualquier posibilidad de no estar solo se vuelve necesaria.
Y ahí es donde entiendes algo que antes no querías ver.
La fe no siempre nace de la certeza. Muchas veces nace del miedo. Del dolor. De la impotencia de no poder arreglar todo con tus propias manos. Nace cuando ya te cansaste de cargar solo, cuando ya no puedes más, cuando necesitas creer que hay algo, lo que sea, sosteniéndote aunque no lo veas.
Y lejos de ser debilidad… es refugio.
Un refugio silencioso, íntimo, que no se presume, que no se explica. Algo que no le debes a nadie más que a ese momento donde te rompiste tantito.
Y lo más cabrón es lo que pasa después.
Te vuelves más sensible.
Empiezas a ver distinto. A la gente que antes juzgabas, ahora la entiendes. A los que rezan, a los que se hincan, a los que lloran en una iglesia, a los que traen una estampita en la cartera o una veladora prendida en su casa. Ya no te dan risa.
Ahora sabes.
Sabes que cada quien carga lo suyo. Sabes que cada quien encuentra su forma de aguantar. Sabes que la fe, sea cual sea, no es espectáculo… es necesidad.
Porque hay dolores que no se platican, hay miedos que no se dicen en voz alta, hay momentos donde ni el mejor consejo alcanza. Y en esos momentos, creer en algo más grande que tú no es lujo, es salvavidas.
Y entonces te acuerdas.
Te acuerdas de cuando te reías. De cuando decías “yo soy ateo” entre bromas, como si fuera una medalla. De cuando mirabas todo eso con superioridad, como si nunca te fuera a tocar sentirte así.
Pero la vida tiene una forma muy suya de acomodarte.
No para castigarte, sino para enseñarte. Para bajarte tantito. Para recordarte que no siempre vas a poder solo. Que hay días donde necesitas algo más que fuerza, más que lógica, más que orgullo.
Necesitas fe.
Aunque no sepas explicarla.
Aunque no sepas de dónde viene.
Aunque solo te dure un rato.
Porque cuando la vida aprieta de verdad, cuando ya no hay para dónde hacerse, cuando el ruido se apaga y te quedas contigo… hasta el más bravo, el más incrédulo, el más burlón…
reza.
Según yo, el Goyo310.
