El campo que ya no da ni para lo mismo

El campo que ya no da ni para lo mismo

Otra vez el campo sinaloense en modo rescate, otra vez el gobierno saliendo a decir que ahora sí, que ahora sí van a entrarle, que ahora sí se va a sostener el precio del maíz, que ahora sí no van a dejar caer al productor. Otra vez el mismo libreto, con diferentes cifras, con diferente tono, pero con el mismo fondo de siempre.

Y no, no es de ahorita.

Esto no es cosa de un gobierno, ni de un sexenio, ni de un partido. Aquí han pasado todos y todos han hecho lo mismo. Cambian los nombres, cambian los colores, cambian los discursos, pero el campo siempre termina en el mismo punto, esperando el rescate de última hora como si fuera tradición.

Lo que ya no dicen tan fácil es que cada ciclo se siembra menos.

Y eso sí debería prender focos, no los de discurso, los de realidad.

Porque antes el problema era cuánto ibas a ganar, si salías tablas o si de plano perdías, pero sembrar se sembraba. Había riesgo, sí, pero también había cierta lógica, cierta esperanza de que al final algo quedara. Hoy ya ni eso. Hoy la pregunta es más básica y más dura, vale la pena sembrar o mejor dejar la tierra descansar porque sale más barato no hacer nada que meterse a perder.

Y ahí es donde la cosa cambia de nivel.

Porque cuando un productor decide no sembrar, no es por flojera, es porque ya le hizo números, porque ya vio cómo le fue el año pasado, el anterior y el otro, porque ya entendió que esto no es un mal momento, es una historia repetida. Es un desgaste lento, constante, de esos que no hacen ruido pero van dejando huecos.

Y esos huecos ya se empiezan a notar.

Parcelas que antes estaban llenas hoy están a medias, otras de plano abandonadas, productores que se salen, otros que le bajan, otros que siguen pero ya con la incertidumbre pegada todo el tiempo. Y mientras eso pasa, arriba siguen hablando de apoyos como si el problema fuera nomás el precio.

No es nomás el precio.

Es el costo, es la incertidumbre, es la falta de planeación, es ese estilo de gobernar donde todo se atiende al final, cuando ya tronó, cuando ya no hay de otra, cuando ya se ocupan aplausos porque se “resolvió” algo que se pudo haber evitado.

Porque esa es la otra, aquí no se previene, aquí se reacciona.

Se deja que el ciclo avance, que el problema crezca, que el productor aguante, y ya cuando todo está al límite, sale el rescate. Y claro, antes eso todavía se aplaudía, porque sí ayudaba, porque sí alivianaba, porque al menos daba la sensación de que alguien estaba respondiendo.

Hoy ya ni eso.

Hoy ya no hay quien quiera celebrar.

Porque ya se entendió que el rescate no es solución, es repetición. Es patear el problema para adelante, es comprar tiempo, es estirar una cuerda que cada vez está más tensa. Y el productor ya no está para discursos, está para números, y los números ya no dan.

Es como vivir al día, pero a nivel campo.

Y lo más cómodo es decir que siempre ha sido así, que el campo es riesgoso, que depende del clima, del mercado, de muchas variables. Y sí, todo eso es cierto. Lo que ya no es normal es que el riesgo siempre caiga del mismo lado, que la incertidumbre siempre la cargue el productor y que la solución siempre llegue tarde.

Porque si fuera un problema nuevo se entendería, pero no, esto viene de años.

De gobiernos que prometieron ordenar, de programas que se vendieron como solución, de discursos donde el campo era prioridad. Y sí, prioridad para la foto, para el anuncio, para el evento, pero no para construir algo que aguante más de una temporada.

Por eso cada vez hay menos siembra.

No porque no haya tierra, no porque no haya capacidad, sino porque se está acabando la confianza. Y sin confianza no hay inversión, y sin inversión no hay siembra, y sin siembra no hay nada que rescatar.

Pero eso no se dice así.

Se dice que se va a apoyar, que se va a estabilizar, que se va a proteger. Palabras que suenan bien, que sirven para el momento, pero que no cambian la raíz del problema. Porque el campo no necesita que lo salven cada año, necesita dejar de estar en emergencia permanente.

Y ahí es donde duele.

Porque Sinaloa siempre se ha presumido como potencia agrícola, como orgullo del campo, como ejemplo. Y sí, lo fue y lo sigue siendo en muchos sentidos, pero también es un campo que se está desgastando, que está perdiendo fuerza poco a poco, no de golpe, no con escándalo, sino en silencio.

Cada ciclo un poco menos, cada decisión un poco más difícil, cada productor pensando dos veces si vale la pena seguir.

Y cuando un sector así empieza a dudar, ya no es tema menor.

Porque el día que haya más tierra sin sembrar que sembrada, ese día ya no va a haber discurso que alcance, ni apoyo que compense, ni rescate que arregle lo que se dejó caer durante años.

Pero por lo pronto, otra vez estamos en lo mismo, anunciando que se salvó el ciclo, que se sostuvo el precio, que se evitó el desastre… como si eso fuera suficiente, como si eso fuera nuevo, como si no fuera exactamente lo que se viene haciendo desde hace demasiado tiempo.

La diferencia es que antes todavía había quien lo celebraba.

Ahorita ya ni eso.

Todo esto según yo el Goyo310

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *