El matrimonio que juró durar para siempre

El matrimonio que juró durar para siempre

Se conocieron en un momento perfecto. De esos donde todo parece señal divina. Él prometía estabilidad, ella prometía lealtad. Se miraban como si hubieran encontrado lo que tanto buscaron. La boda fue grande, emotiva, llena de esperanza. Familiares y amigos aplaudiendo, convencidos de que esta unión sí iba a ser distinta. Que ahora sí.

El primer año fue una luna de miel eterna. Fotos felices, planes enormes, discursos románticos en cada reunión. “Nosotros no somos como los demás”, decían. Y se lo creían. Porque cuando uno está enamorado no ve defectos, solo potencial. Si alguien advertía algo, se le callaba rápido. Nadie quería escuchar críticas cuando todo parecía tan prometedor.

El segundo año trajo la vida real. Las cuentas llegaron puntualitas. La renta no se paga con palabras bonitas. El refrigerador no se llena con promesas. Empezaron los turnos largos de trabajo, el cansancio, los primeros reclamos disfrazados de bromas. “Es que tú dijiste que…”, “es que yo pensé que…”. Todavía había cariño, pero ya no era ligero.

El tercer año empezó a mostrar grietas. No eran gritos todavía, eran silencios. Silencios largos. Expectativas que no se cumplieron del todo. Metas que se veían más lejos que antes. Se dieron cuenta de que enamorar es fácil; sostener es lo complicado. Ya no bastaba con repetir lo que se prometió el día de la boda. Ahora había que demostrarlo.

El cuarto año fue más pesado. Las discusiones dejaron de ser pequeñas. Ahora eran sobre confianza, tranquilidad, estabilidad. Uno empezó a preguntarse si el otro había exagerado sus capacidades. Si no había vendido una versión demasiado optimista de sí mismo. Afuera el mundo tampoco ayudaba. El entorno se volvió más difícil, más incierto. Y la casa que prometieron convertir en refugio empezó a sentirse vulnerable.

Para el quinto año ya no se trataba de romanticismo. Se trataba de resultados. De paz dentro del hogar. De seguridad. De economía estable. De oportunidades reales. Porque ningún matrimonio vive eternamente de discursos emotivos. Vive de hechos. Vive de cumplimiento. Vive de coherencia.

Muchos matrimonios modernos duran poco porque fueron construidos sobre una emoción intensa, pero no sobre bases firmes. Porque la ilusión fue más grande que la capacidad. Porque las promesas fueron más rápidas que las soluciones. Y cuando la realidad golpea —cuando hay miedo, cuando hay tensión, cuando el dinero no alcanza, cuando la tranquilidad se vuelve escasa— el amor se desgasta.

Hay quienes se quedan por lealtad. Por orgullo. Porque admitir que eligieron mal duele. Otros comienzan a desconectarse poco a poco. No hacen escándalo. Solo dejan de creer con la misma fuerza. Y cuando la fe se enfría, la relación cambia para siempre.

Al final, todo matrimonio enfrenta la misma prueba. No es qué tan bonita fue la boda. Es qué tan sólida es la vida diaria. No es cuánto prometiste. Es cuánto cumpliste.

Y así también funcionan las relaciones colectivas. Como la política. Se promete paz y llega violencia. Se promete seguridad y crece la inseguridad. Se promete empleo y la gente sigue buscando oportunidades. Se promete estabilidad económica y el bolsillo siente otra cosa. Se promete bienestar y el pueblo pregunta dónde está.

El enamoramiento político puede durar años. Puede resistir errores, excusas y discursos repetidos. Pero si la violencia persiste, si la inseguridad se normaliza, si el desempleo aprieta y la economía no responde, el matrimonio empieza a fracturarse.

Porque al final, ya sea entre dos personas o entre un gobierno y su gente, no basta con haber enamorado. Hay que cumplir. Hay que dar resultados. Hay que sostener la casa cuando afuera todo se tambalea.

Y cuando eso no pasa, el amor eterno empieza a tener fecha de vencimiento.

Todo esto según yo, el Goyo 310.

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