El movimiento que quisieron dividir… y no pudieron borrar.Por: Jesús Alfonso Durán

El movimiento que quisieron dividir… y no pudieron borrar.Por: Jesús Alfonso Durán

La historia del movimiento estudiantil de los años noventa en la Universidad Autónoma de Sinaloa no es sólo la historia de una lucha por derechos. Es también la historia de cómo el poder universitario intentó fragmentar, infiltrar y domesticar a una generación que decidió organizarse sin pedir permiso.

Todo comenzó en la Facultad de Derecho en 1994. Carlos Medrano, junto a Miguel Castellanos y Simón Ruiz, estuvieron entre los primeros en levantar la voz por los jóvenes rechazados. No era discurso ideológico vacío: eran cientos de aspirantes quedándose fuera de la universidad pública.

Carlos Medrano se convirtió en el principal referente de esa primera etapa. No fue un liderazgo fabricado ni financiado; fue reconocido por las bases. Tenía carácter, claridad y una capacidad natural para articular inconformidades dispersas.

La causa creció rápidamente.

Desde la Facultad de Química se sumó Francisco Morales; sus hermanos —Nacaveva, Luis y Diego—, provenientes de las preparatorias de la UAS, fortalecieron la movilización juvenil que terminó siendo decisiva. Desde Psicología se incorporaron mujeres y hombres combativos. Desde Físico-Matemáticas llegó Juan Gabriel Aquino “El Changa”, ícono del movimiento punk-anarquista hasta la fecha. Desde la propia Facultad de Derecho se integró mi compadre Pedro Antonio López Velarde (+), quien, aun habiendo sido admitido, decidió luchar por quienes no lo fueron.

También se sumarían Irad Nieto “El Morris”, Raúl Francisco Quiroz y, desde la Prepa Central, Miguel Alapizco “El Benny” o “El Maldito”, junto a un buen número de estudiantes que entendieron que la inconformidad debía convertirse en organización.

Así nació el CEU–FEUS.

Y fue en ese momento cuando el movimiento dejó de ser tolerable para quienes controlaban la institución.

Primero intentaron infiltrarlo.
Luego intentaron desacreditarlo.
Al no lograrlo, optaron por dividirlo.

Desde rectoría se impulsó y financió una estructura paralela: el llamado “CEU-Democrático”. No fue una diferencia espontánea de ideas; fue una estrategia política clara para fracturar a un movimiento que no aceptaba tutela. Se utilizaron recursos institucionales, respaldos oficiales y reconocimiento mediático para intentar desplazar a la organización que había nacido desde abajo.

Cuando el poder no puede controlar, divide.

Pero la división no logró apagar la movilización. En 1995 vinieron las marchas, la toma de camiones, la movilización hasta el Congreso del Estado de Sinaloa. Y se conquistó el 50% de descuento en el transporte público, un derecho que sigue vigente en Sinaloa y que no fue concesión graciosa: fue resultado de presión organizada.

Ese logro incomodó porque demostraba que la autonomía estudiantil era posible.

El movimiento no era ideológicamente uniforme. En los pasillos se debatía a Mijaíl Bakunin, a Piotr Kropotkin, a los Hermanos Flores Magón; convivían posturas marxistas y anarquistas; se mezclaban teoría política y espíritu punk. Había discusión real, formación crítica y autonomía intelectual.

Tal vez eso fue lo que más molestó: que no era una generación domesticable.

También hubo respaldo más allá de las aulas. Desde la lucha popular y el periodismo crítico acompañaron voces solidarias como Joel Ramírez “El Chuco” (+), dirigente de la Unión de Solicitantes y Emiliano Zapata (USEZ), quien brindó apoyo cuando la presión institucional arreció. Y el gran monero Arturo Vargas Colado, cuya sátira ayudó a romper el cerco narrativo y a colocar la causa estudiantil en el debate público. Porque los movimientos no sólo se sostienen con quienes marchan, sino también con quienes informan, denuncian y acompañan desde otras trincheras.

Hoy algunos de aquellos compañeros ya no están físicamente, como mi compadre Pedro, cuya lealtad y coherencia siguen siendo ejemplo. Otros como Carlos Medrano, Francisco Morales y demás referentes continúan su camino con la legitimidad de quien sabe que su liderazgo fue auténtico y no concedido desde arriba.

Este texto no es un ajuste de cuentas personal. Es un ajuste histórico.

Es afirmar que hubo un intento deliberado de dividir al movimiento estudiantil de los noventa.
Es reconocer que, pese a ello, se conquistaron derechos concretos.
Es reivindicar que la autonomía no fue discurso: fue práctica.

Y también es un acto de justicia hacia todos aquellos que formaron parte de esa lucha y cuyos nombres hoy puedo omitir por simple falla de memoria, pero no por falta de reconocimiento. A cada mujer y cada hombre que asistió a una asamblea, sostuvo una manta, organizó una brigada, participó en un debate o caminó en una marcha: este homenaje también les pertenece.

Porque, más allá de las diferencias y sospechas de aquel momento, los compañeros que formaron parte del CEU-Democrático también eran estudiantes. También marcharon. También debatieron. También contribuyeron, desde su espacio, a que el tema del descuento y los derechos estudiantiles se mantuviera en la agenda pública.

La historia no debe escribirse con rencor eterno.

Porque los movimientos no se construyen sólo con líderes visibles.
Se construyen con voluntades colectivas.

La generación de los noventa no pidió permiso para organizarse.
No aceptó tutela.
No se dejó controlar.

Intentaron dividirla.
No pudieron borrarla.

Y mientras exista memoria, seguirá viva.

En memoria de mi compadre, mi primo, mi hermano, mi compañero de lucha.
Pedro Antonio López Velarde “El Piedrín” (1976– 2026)

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