Uno va al FIL de Culiacán pensando que solo va a ver puestos y a esquivar maestros con grupos de secundaria, y de paso tomarse la foto frente a la lona grande para aparentar que uno lee más de lo que realmente lee. Pero el FIL tiene esa extraña habilidad de cambiarte la narrativa sin pedirte permiso. Caminas unos metros y pasas de lector casual a sentirte filósofo de café. Un libro te sacude, otro te hace dudar, otro te acomoda el ego. Es una especie de terapia barata con olor a tinta fresca.
Entre los pasillos aparece de todo. Los que buscan a Murakami porque escucharon que “está profundo”. Los que compran a García Márquez porque se ve bonito en la sala. Los que encuentran a Elena Garro, a Bolaño o a Leila Guerriero y de inmediato sienten que el universo les guiñó el ojo. Y también están los valientes que agarran El Capital nomás porque lo vieron barato, sin saber que ahí se van a quedar atorados en la página veintitantos.
Pero lo más valioso del FIL no son los libros sino las conversaciones que se encienden alrededor de ellos.
Ayer tuve la oportunidad de platicar afuera del FIL con mi amigo que digo amigo Milton Rojo. Mi hermano Milton es de esos seres que no recomiendan libros sino tratamientos. Te ve la cara, el humor, la hora del día y decide exactamente qué debes leer. Si te ve triste te manda crónica. Si te ve acelerado te baja con novela. Si te ve muy bravo te acomoda poesía para que se te desinfle el pecho. Es como un Amazon humano pero sin entregas fallidas.
Mientras hablábamos el FIL seguía moviendo gente como río en creciente. Y ahí estaba el gobernador vendiendo su libro con una seguridad que ya la quisiera cualquier autor nervioso que llega a su primera firma. Foto por aquí firma por allá. Uno como espectador nomás confirma que en Sinaloa sí se escribe. Falta que los demás nos animemos pero ahí vamos.
El FIL tiene esa magia de moverle los cables al cerebro. Crees que vas por un libro y terminas con tres. Crees que vas solo y terminas saludando a medio Culiacán. Crees que vas nomás a ver y sales con la sensación de que entendiste algo nuevo sobre la ciudad. Es un evento que te cambia el tono interno sin que lo notes y te recuerda que la lectura no está muerta. Solo necesitaba que la invitaran al centro de convenciones.
Si estos días no se da una vuelta por el FIL luego no diga que no le avisé. Puede tener una epifanía, comprar un libro, encontrarse al gobernador vendiendo el suyo y recibir una lección literaria accidental del gran Milton Rojo. Todo en menos de diez minutos.
Según yo el Goyo310 recomienda el libro El vendedor de silencios de Enrique Serna. Y si quieren más recomendaciones no olviden buscar al maestro Milton Rojo.

