En Sinaloa la política ya no se discute, se tramita. Dejaron de pelear por ideas y ahora compiten por horarios, cargos y selfies. No hay pulso, no hay riesgo, no hay adrenalina. Todo avanza en automático mientras la vida real sigue golpeando a una ciudadanía que mira el espectáculo con cansancio y desconfianza, como quien ya sabe cómo termina la película.
El verdadero problema no es quién gobierna, sino la tranquilidad con la que lo hace sabiendo que nadie le va a mover la silla. El poder sin vigilancia se vuelve flojo. Y el poder flojo se vuelve cínico. Se equivoca, se justifica y se aplaude solo. Los errores se maquillan, las omisiones se normalizan y la incompetencia se disfraza de discurso institucional.
Aquí gobernar ya no es tomar decisiones difíciles, es dejar que el tiempo haga su trabajo. Pasar la semana, pasar el mes, pasar el año. Cumplir con la agenda, salir bien peinado en la foto y repetir el mismo mensaje hasta que la gente se canse de escucharlo. No buscan resolver, buscan aguantar.
En Sinaloa no hay crisis política. Hay una siesta colectiva. Los de arriba están cómodos y los de abajo están cansados. Y entre comodidad y cansancio no nace ningún cambio.
Los que gobiernan ya no gobiernan, administran la inercia. Se mueven despacio, sin sobresaltos, porque saben que nadie los corretea. No hay presión, no hay miedo, no hay urgencia. Así cualquiera gobierna. Hasta con los ojos cerrados.
El poder en Sinaloa no se ejerce con carácter, se ejerce por default. No hace falta hacerlo bien cuando no hay consecuencias por hacerlo mal. Para qué explicar, para qué corregir, para qué afinar decisiones si enfrente no hay nadie que sepa, quiera o pueda exigir. Es como jugar futbol sin portero y aun así festejar cada gol como hazaña.
Desde el gobierno hablan de estabilidad, de control y de que todo está bajo revisión. Mientras tanto la gente esquiva baches, aguanta servicios a medias y aprende a vivir con promesas que siempre están en proceso. No es que no hagan nada, hacen lo mínimo indispensable para que no reviente, pero jamás lo suficiente para que avance.
Y luego está la oposición, esa figura decorativa que aparece cuando hay cámaras y desaparece cuando hay que incomodar. Decirle oposición ya es ser generoso. No saben si critican, negocian o se esconden. Un día se indignan, al siguiente se sientan a platicar y al otro guardan silencio, no vaya a ser que se cierre alguna puerta.
No hay estrategia, no hay calle, no hay carácter. Hay comunicados tibios, ruedas de prensa para cumplir y liderazgos más preocupados por caer bien que por decir la verdad. En Sinaloa la oposición no confronta al poder, le pide permiso y da las gracias.
Así el gobierno se siente seguro, no porque sea brillante, sino porque nadie lo obliga a serlo. Y cuando el poder no se siente observado, se relaja. Cuando se relaja, se acostumbra. Y cuando se acostumbra, se vuelve sordo.
La ciudadanía queda atrapada en medio de este teatro. Ve cómo unos gobiernan sin presión y otros opositan sin convicción. Ya nadie sabe quién defiende qué porque todos hablan igual, prometen igual y fallan igual. No hay bandos, hay confusión organizada.
Sinaloa no necesita gritos ni shows. Necesita contrapesos reales. No necesita mártires de redes sociales, necesita opositores con columna vertebral. Y no necesita gobiernos cómodos, necesita gobiernos incómodos, obligados a rendir cuentas y a dar resultados.
Porque cuando el gobierno no siente el filo y la oposición no sabe ni dónde está el cuchillo, el que termina desangrado es el ciudadano. Ese que paga impuestos, aguanta discursos y aprende a reírse para no mentar madres.
Hoy Sinaloa vive con un gobierno que no corre porque nadie lo persigue, una oposición que no ataca porque no sabe a dónde va y una sociedad que empieza a entender que en este juego participar cansa y no participar cuesta igual.
Aquí el poder descansa, la oposición bosteza y el pueblo paga puntual. Lo peor no es el cinismo, es que ya no indigna. Y cuando la política deja de indignar, el terreno queda libre para que todo siga exactamente igual.
La gente no está dormida, está harta. Harta de elegir entre lo malo y lo peor. Harta de ver acuerdos hechos lejos de la calle y decisiones explicadas con palabras grandes que no resuelven lo pequeño.
En Sinaloa gobiernan unos sin miedo y otros no estorban. El talento político existe, pero nadie quiere usarlo si implica incomodar al sistema que les da de comer. Mientras eso no cambie, la política seguirá siendo un sillón cómodo para unos y una losa pesada para todos los demás.
Aquí no hacen falta héroes ni discursos épicos. Hace falta carácter, voluntad y un poco de vergüenza pública. Porque el día que la gente deje de reírse por no llorar, ese día sí se les va a acabar la comodidad.
Según yo el Goyo 310
Y que viva la grilla, porque ya se arrancaron los caballos

