Hospital de Especialidades y Especialistas en Desorganización

Hospital de Especialidades y Especialistas en Desorganización

Un día antes llegó la invitación, así nomás, como cuando te hablan para la carne asada pero ya cuando ya se acabó la carne y nomás quedan los frijoles fríos. Que la Presidenta Claudia Sheinbaum venía a Culiacán a poner la primera piedra del nuevo Hospital de Especialidades. Y uno, inocente, pensó que ha de ser por el General Nuevo, algo céntrico, algo lógico, algo que no estuviera hasta la chingada.

Iluso.

Me fui a mi costumbre, siete de la mañana porque la cita era a las ocho. Llego al hospital y no había ni el perro. Dije no pues, me chamaquearon. Reviso la ubicación que mandaron desde la Ciudad de México, porque aquí parece que nadie sabe mandar una pinche ubicación bien, y ahí entendí el asunto. El hospital lo van a hacer rumbo a Mezquitita, hasta allá donde ya sientes que vas saliendo de Culiacán. Yo me fui y me quedé estacionado por el crucero de Los Ángeles, porque hasta ahí estaban dejando los carros. Y todavía faltaba caminar un chingo.

Ahí empezó el viacrucis.

Veo carros estacionándose y entendí que hasta ahí llegaba mi carro. Me estaciono y me topo a un amigo que me dice que me prepare para caminar mínimo veinte minutos. Pensé que estaba exagerando el cabrón. No estaba exagerando nada.

Ahí voy, caminando con Luisito, mi niño, bajo el sol que ya empezaba a picar sabroso, y esos veinte minutos se hicieron eternos. Sentía que ahora sí íbamos directo a Mezquitita a pie, como peregrinación obligatoria. Veinte minutos que parecieron dos horas hasta que por fin llegamos a la famosa Puerta 1.

Y ahí entendimos el cagadero completo. Los militares no iban a dejar pasar a nadie. Pero a nadie es a nadie. Ni a los mismos que habían invitado. Dos kilómetros atrás ya habían atravesado patrullas de tránsito y de la Guardia Nacional. No pasaba ni una bicicleta sin permiso.

Llegamos al evento al cual no entré.

Me quedé afuera saludando raza y escuchando mentadas de madre. Que los trajeron a la fuerza. Que madrugaron desde las cinco para estacionarse cerca y la grúa ya se había llevado el carro. Que no querían venir pero si no iban los corrían. Puro entusiasmo a punta de amenaza.

Luego salió la nueva modalidad. Ya ni a pie dejaban pasar. Tenías que subirte a un camión, que ni siquiera venía lleno, porque cerraron la avenida principal y mandaron a todos a dar vuelta por la loma de Rodriguera y la Pitayita como si fuera paseo escolar obligatorio. Gente sin desayunar, con sed, encabronada. Al entrar te daban una botellita de agua porque las tortas ya se habían terminado. O sea, ni para eso les alcanzó la organización.

Eso sí, los de los esquites, las tortas y los refrescos hicieron su agosto. Esos sí salieron ganando. Fueron los únicos que dijeron bendita visita presidencial.

Y de pronto empezaron a salir las cartulinas con corazones. Te amamos Claudia. Gracias por venir. Eres la mejor Presidenta. Puro amor de utilería, porque el que estaba asoleándose y caminando como pendejo no se veía muy enamorado que digamos.

Ahí empezó el desfile de funcionarios. Esos que viven por la foto. Aunque tuvieran enfrente una valla o un soldado con cara de pocos amigos, la idea era tomarse la selfie y subirla. Todos los que quieren ser candidatos ahí estaban, bien formaditos, bien peinaditos, haciendo como que saludaban al pueblo bueno mientras el pueblo bueno estaba a casi dos kilómetros sudando la gota gorda.

Jodidos los que llegaron caminando a huevo.

Jodidos los que se quedaron sin comer.

La Presidenta llegó con más de una hora de retraso, fiel a la costumbre, pero hay que reconocer que bajó el cristal, saludó, recibió papeles, escuchó quejas. En eso, bien. Pero el desmadre ya estaba hecho desde antes.

Mientras unos entraban otros ya iban saliendo. Muchos no aguantamos y decidimos irnos. Mala decisión, porque tampoco podías salir. Cerraron accesos como si estuviéramos en operativo pesado. Prácticamente secuestraron al que fue. Yo como pude me trepé en el carro de una familia que recoge fierro viejo y botes. Benditos sean porque gracias a ellos salí de ese desorden.

Cuando el evento ya estaba terminando empezaron a llegar otros cincuenta, sesenta o setenta camiones más. Yo les gritaba que se regresaran, que ya había terminado, pero tenían que cumplir porque si no iban los regañaban o los corrían. Así funciona la movilización moderna, te llevan a huevo y luego te dicen que es apoyo ciudadano.

Y mientras la raza caminaba kilómetros bajo el sol, los funcionarios haciendo su show. Hubo secretarios que hasta se subieron a una moto para que los vieran llegar, bien montados, grabándose como si estuvieran en campaña eterna, nomás para que se notara que sí fueron. El secretario de Salud paseándose como si el hospital ya estuviera funcionando al cien, cuando apenas iban a poner la primera piedra. Líderes sindicales acomodándose la camisa y la panza, buscando el mejor ángulo para la foto con la Presidenta aunque saliera de fondo como estampita.

Nadie iba por el hospital. Iban por la foto. Iban por el video. Iban por el aplauso digital. Porque aquí lo que importa no es la obra, es la publicación.

El hospital claro que hace falta. Muchísima falta. Pero está hasta Mezquitita, lejísimos para muchos. Entre la distancia y lo que te puede cobrar un Uber, el susto te sale carísimo. Y si vas grave, más vale que aguantes el camino.

El evento fue al estilo priista, pero sin cerebro. Muy al estilo del viejo PRI, pero sin la malicia que antes tenían para que al menos no se notara tanto el cagadero. Se les vio la costura. Se notó que no saben organizar ni una posada.

Ya no son la barredora. Ya no son el tsunami. Y muchos de los que hoy se sienten estrategas son los mismos reciclados que nadie quiso antes.

Qué cochinero de logística. Qué manera de tratar a la gente como si fuera relleno. Qué manera de convertir una obra necesaria en un día de puro encabronamiento.

Primera piedra del hospital rumbo a Mezquitita.

Primera mentada colectiva que se llevaron.

Todo esto, según yo, el Goyo 310.

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