En el Congreso del Estado de Sinaloa ya no se legisla con ideas, se legisla con reflejo. Cuando algo incomoda no se discute, se acomoda; cuando estorba no se defiende, se armoniza. Así, sin mayores sobresaltos ni debates de fondo, se consumó la desaparición del CEAIPES, uno de los últimos organismos autónomos que todavía tenían la osadía de revisar, preguntar y dejar constancia de lo que al poder no le gusta que se sepa. Eso sí, nadie le diga desaparición, porque aquí las cosas no se eliminan, se “optimizan”, se “reordenan” o se “alinean”, palabras bonitas para no decir que se quitó de en medio a quien ya no resultaba cómodo.
No hacía falta ser adivino para saber cómo iba a terminar la historia. A nivel nacional ya se había marcado el camino y en Sinaloa, fiel a la costumbre, se decidió no desentonar. Aquí no se debate, se acata; no se cuestiona, se replica. Lo verdaderamente irónico es que muchos de los diputados que hoy levantaron la mano para borrar al CEAIPES son los mismos que hace años exigían su creación con discursos encendidos sobre la falta de transparencia, sobre gobiernos que se revisaban solos y sobre la necesidad de un órgano independiente que garantizara el derecho a saber. Tan convencidos estaban que Sinaloa terminó siendo ejemplo nacional, tanto así que de aquí se tomó referencia para construir el organismo federal, logro que en su momento se presumió como avance democrático y hoy estorba como mueble viejo.
El argumento utilizado fue la nómina, esa excusa todoterreno que sirve para justificar cualquier tijeretazo institucional. Pero la realidad es menos elegante: la nómina no desaparece, el personal no se va y el trabajo sigue ahí. Lo único que cambia es la correa. El CEAIPES seguirá existiendo con la misma gente y los mismos expedientes, pero ahora rindiéndole cuentas al mismo gobierno que debería vigilar, una joya de diseño político donde el vigilado se convierte en su propio supervisor y se aplaude por hacerlo bien.
Y cuando parecía que el absurdo ya estaba completo, entró en escena la coherencia de temporada. Apenas la semana pasada, dos diputados de Morena votaron en contra del préstamo solicitado por el Ejecutivo, hablaron de responsabilidad financiera, de no endeudar al estado y de cuidar el dinero del pueblo. Durante unos días parecieron distintos, pero la política aquí tiene caducidad rápida. Hoy, esos mismos diputados votaron a favor de desaparecer el organismo de transparencia, el mismo que serviría para revisar préstamos, gasto público y presupuesto. No quisieron deuda, pero tampoco quisieron a quien pudiera fiscalizarla; no aprobaron el crédito, pero sí eliminaron al contador. Y aun así, no faltará quien salga a decir que fue por transparencia, que ahora será más eficiente, que el gobierno se va a vigilar mejor desde adentro, como si el alumno pudiera calificarse solo y todavía pedir reconocimiento.
Del otro lado tampoco hay santos. PRI, PAN, PAS y MC votaron en contra de la desaparición del CEAIPES y hoy se presentan como defensores de la democracia y la rendición de cuentas, pero se les olvida convenientemente que esos mismos partidos votaron a favor del préstamo y a favor del presupuesto. Ahí no pidieron transparencia, ahí no exigieron vigilancia, ahí el CEAIPES no era indispensable. Hoy defienden al árbitro, pero ayer aprobaron el partido sin reglas y sin revisión, y ahora se rasgan las vestiduras como si no hubieran sido parte del mismo juego.
Así que no se trata de buenos contra malos, sino de un campeonato estatal de incongruencias donde cada quien acomoda el discurso según la votación del día. Unos se dicen responsables mientras quitan controles, otros se dicen vigilantes mientras aprueban el gasto a ciegas, todos hablan de transparencia, pero ninguno quiere que los revisen. En Sinaloa la transparencia ya no es un derecho, es un estorbo administrativo, algo que se tolera mientras no incomode y se elimina cuando empieza a hacer preguntas. Aquí los organismos autónomos no desaparecen porque no sirvan, desaparecen porque sí sirven, porque preguntan, porque incomodan y porque dejan evidencia. Y eso, en tiempos de disciplina política, es imperdonable.
Porque al final no se armonizó una ley, se armonizó la sumisión, se normalizó la incongruencia y se institucionalizó la obediencia. Y mientras unos celebran y otros fingen indignación, el ciudadano se queda sin árbitro, sin vigilancia y con la certeza de que cuando el poder no quiere ser visto, simplemente apaga la luz.
Todo esto según yo, el Goyo310. Fugaaaa.

