Marzo es quizá, el mes más importante de este año, no por una superstición del calendario ni por una efeméride recurrente; es decisivo ahora porque el próximo 7 de marzo el Consejo Nacional de Morena habrá de definir las reglas para la encuesta que marcará el rumbo de las candidaturas venideras. En política las reglas son poder. Por eso este marzo pesa distinto, se respira distinto y se mueve distinto.
La visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Sinaloa ocurre en ese contexto, no en el vacío. Dos días de agenda intensa, la colocación de la primera piedra del Hospital Regional de Especialidades del IMSS en Culiacán, reuniones con sectores académicos y productivos, mensajes de respaldo en materia de salud y seguridad; todo ello enmarcado en una narrativa de gobierno que busca consolidarse. Según datos oficiales, el nuevo hospital proyecta alrededor de 400 camas y múltiples especialidades, una infraestructura largamente demandada en el estado. No es un anuncio menor, es una obra de alto impacto presupuestal y social.
Sin embargo, más allá de la infraestructura, lo que llamó la atención fue la coreografía política alrededor del evento masivo en el oriente de la ciudad. Diputadas, diputados federales, funcionarios estatales y municipales, equipos enteros movilizados para demostrar músculo, para contar asistentes, para ver quién llevaba más contingente y, sobre todo, para aparecer en la fotografía correcta. Hubo quienes caminaron largas distancias bajo el sol solo para asegurarse un lugar en el encuadre. La política mexicana conserva todavía ese reflejo casi instintivo de buscar la validación en la imagen, como si la cercanía física garantizara cercanía política.
Pero la escena más relevante quizá no estuvo en la tarima ni en la fotografía oficial. Mientras muchos competían por el ángulo y el aplauso, hubo quien optó por otro camino. Imelda Castro no se instaló en la lógica del reflector; decidió sostener asambleas informativas en la sindicatura de Quilá y continuar agenda en territorio mientras la presidenta cumplía sus actividades en la capital. No fue omisión ni descuido, fue una lectura distinta del momento.
Maquiavelo advertía que el poder necesita parecer virtuoso, pero no confundía esa apariencia con la eficacia real. Hannah Arendt, por su parte, subrayaba que el poder auténtico surge de la acción concertada entre personas, no de la mera exhibición de autoridad. Trasladado al terreno sinaloense, la pregunta es sencilla aunque incómoda: ¿qué construye más legitimidad, la foto junto a la presidenta o la presencia constante en las comunidades?
La presidenta ha sido clara en su discurso, es tiempo de mujeres y es tiempo de territorio. En reiteradas ocasiones ha insistido en que la política no puede hacerse desde la oficina ni desde la comodidad del cargo, sino recorriendo, escuchando, informando. Cuando una figura política asume esa instrucción y la ejecuta sin necesidad de exhibirse, el mensaje es más profundo de lo que parece. No necesita implorar visibilidad porque su relación con el liderazgo nacional no depende de un instante congelado en cámara.
Aquí no se trata de romantizar la ausencia ni de descalificar la presencia. Todo actor político tiene derecho a buscar posicionamiento. Lo que resulta interesante es la diferencia estratégica. Mientras algunos apuestan a la validación inmediata, otros parecen trabajar en una validación acumulativa, más silenciosa pero potencialmente más sólida. En un proceso donde el Consejo Nacional definirá las reglas de la encuesta, y donde la encuesta medirá conocimiento y percepción en territorio, la apuesta por el contacto directo no es ingenua, es racional.
Sinaloa vive tiempos complejos, con una ciudadanía exigente que ya no se conforma con símbolos. La violencia, las carencias en servicios y la incertidumbre económica han generado una sociedad que observa con lupa cada movimiento. En ese contexto, la ventaja no necesariamente la lleva quien más grita o quien más contingente moviliza, sino quien logra tejer una narrativa de congruencia entre discurso y práctica.
No es secreto que Imelda Castro ha construido una trayectoria de años en la vida pública, y que mantiene una relación política cercana con la presidenta. Pero en política la cercanía real no siempre se demuestra en público. A veces se expresa en la coincidencia de método, en la sintonía de prioridades, en la disciplina para cumplir una estrategia que no siempre luce espectacular.
Marzo será el mes donde se clarifique el método, donde se acomoden las piezas y donde se mida quién entendió el momento y quién se quedó en la anécdota. En un proceso interno que definirá reglas para una encuesta decisiva, la política de territorio puede pesar más que la política de fotografía. Y eso, para quien observa con un poco de distancia filosófica, revela algo esencial sobre el poder contemporáneo; no basta con estar cerca del centro, hay que demostrar que se sabe caminar la periferia.
Al final, la historia política no la escriben las imágenes aisladas, sino la constancia. Y en esa constancia, en esa decisión de recorrer mientras otros posan, puede estarse gestando una ventaja silenciosa que solo se entenderá plenamente cuando las reglas estén sobre la mesa y las mediciones comiencen a hablar.

