Mazatlán FC: el equipo que quiso ser familia… pero ni a sobrinito adoptado llegó

Mazatlán FC siempre quiso vender el cuento de que era “el nuevo orgullo del puerto”. El problema es que para ser orgullo primero tienes que ser querido, y para ser querido tienes que importarle a alguien. Y Mazatlán FC nunca logró ni eso. Ni el cariño, ni la importancia, ni la duda razonable de “¿qué haremos sin ti?”.

Aquí entre nos: el equipo nació como esos parientes que llegan a la carne asada sin ser invitados y todavía preguntan dónde están los hielos. Nació forzado, políticamente acomodado y con la idea de que un estadio nuevo y luces moradas iban a sustituir lo que no tenían: raíz, barrio, identidad y gente que gritara por ellos aunque perdieran tres jornadas seguidas.

Y ahora que suenan rumores de venta, traspaso, mudanza o intercambio como si fuera ganado flaco, resulta que muchos andan sorprendidos. ¿Sorprendidos de qué? Si este proyecto desde el día uno olía más a trámite que a tradición. Si a Mazatlán FC se lo llevan, no es secuestro… es mudanza. Y sin muebles.

Mientras tanto, en la otra esquina del estado, Dorados sigue siendo el ejemplo que los morados quisieran pero no pueden. Porque Dorados sí fue amor, fue pleito, fue sacrificio, fue identidad. La gente se subía a camiones, aviones, taxis “pirata” y hasta cajas de camionetas nomás por ir a ver a los Dorados jugar donde fuera. Eso no lo compras ni con todos los patrocinadores del malecón.

Dorados tuvo ídolos de verdad. El Guty Estrada, sinaloense de hueso, orgullo de casa. Los hermanos Pinto, cantera real, no esas canteras inventadas donde los jugadores duran tres entrenamientos y los venden como estrellas. Y luego las figuras internacionales que sí le dieron peso: Guardiola, el Cuau, Abreu, Gaitán. Puro nombre que en Mazatlán suena a mito, pero acá sí pisó el césped.

Mazatlán FC, en cambio, nunca logró que el aficionado hiciera ese clic emocional. Y no porque la gente no quisiera, sino porque el equipo nunca supo cómo pedírselo. Llegaron como gobierno anunciando obra pública: con cintas moradas, discursos bonitos y promesas que se disuelven más rápido que arena de playa. Nada de corazón. Nada de alma. Nada de esa locura que hace que un equipo sea parte de tu vida.

Por eso ahora, cuando se habla de venta, nadie se tira del muelle ni corre a bloquear la carretera. Nadie está llorando afuera del estadio. Nadie está pidiendo que no se vayan. La verdad es que muchos ni han notado que esto se está moviendo. Mazatlán FC nunca fue familia… fue arrendamiento temporal.

¿Se va el equipo? Tal vez.

¿Se queda? Tal vez.

¿Cambiará algo? No tanto.

Porque un equipo sin identidad seguirá siendo un equipo sin identidad, aunque le cambien dueño, estadio, entrenador o logo. Un equipo sin arraigo es como una playera sin escudo: bonita, pero sin historia. Y ese ha sido el problema desde el inicio: querer construir afición antes que construir pertenencia.

Si Mazatlán se va, no le están arrancando nada a la gente. Le están quitando algo que nunca terminó de instalarse. Y si se queda, pues tendrá que empezar tarde lo que nunca inició: ganarse a un estado que sabe querer, sabe sufrir y sabe apoyar… pero no a cualquiera.

En Sinaloa sí sabemos amar un equipo. Ya lo demostramos. Lo que falta es que el equipo también quiera amar de regreso. Y en este caso, Mazatlán FC nunca pasó del “topón y nos vamos”.

Todo esto según yo el Goyo310.

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