En Venezuela acaba de dar inicio una guerra, la que desde mi óptica estrictamente personal, pudiera identificar como la guerra de los dos oros.
Me refiero desde luego al Oro negro (Petróleo), y al Oro blanco (Cocaína).
Interpretados los conceptos desde la jerga popular, es evidente que la referencia al oro negro lo representan los ricos yacimientos de Petróleo que se genera en los mares y suelo venezolano.
Petróleo que por supuesto, ha representado la codicia histórica de los gobiernos de Estados Unidos.
Con respecto al Oro blanco, la referencia apunta hacia la Cocaina, la polémica droga que se produce principalmente en Países sudamericanos, y que genera cientos de miles de millones de Dólares en el mercado negro, principalmente el norteamericano.
La fuga de esos grandes capitales hacia otros Países, preocupa en gran medida al gobierno de los EEUU por el impacto social, político y económico que le genera.
Esas dos razones, se piensa, podrían ser parte fundamental de los ataques gringos a Venezuela.
Aunque claro, la agresión militar de USA al País sudamericano, requería de otros elementos de peso para justificarlo ante el mundo.
Y seguro estoy, que las opiniones del mundo también quisieran entender la gravedad del conflicto.
Y es que, ordenar el bombardeo de un País, en este caso, la capital Venezolana, y en una acción relámpago su Presidente fuera sacado, secuestrado, y extraditado a EEUU, junto con su esposa, no es cosa fácil de entender ni asimilar.
Por ello es que, el gobierno de USA busca explicar su acción de guerra, informando que, en el terreno judicial, Nicolás Maduro está acusado de encabezar un gobierno Narcoterrorista.
Y en el aspecto político, lo señala de encabezar un gobierno autoritario, represor, prepotente, violador de los derechos humanos, y prácticamente dictatorial.
La mezcla de una y otras acusaciones, convirtieron a Nicolás Maduro desde la óptica de Donald Trump, en objetivo militar.
Representaba, según argumentos del Presidente de EEUU, un grave problema para la estabilidad social y política del pueblo venezolano, y de paso, una grave amenaza para la seguridad de los Estados Unidos de Norteamérica.
Es esa la explicación que expone al mundo Donald Trump.
En mi lógica personal, entiendo la necesidad de Trump de proteger de un Narcoterrorista al pueblo gringo, sin embargo, hasta donde estoy enterado el pueblo venezolano no le pidió su intervención para bombardear y derrocar a Nicolás Maduro.
Sin embargo, la madrugada del pasado sábado 3 de enero, Donald Trump dio la orden de ataque sin previo aviso, consulta ni acuerdos con sus congresistas.
No requirió el mandatario gringo la aprobación de sus parlamentarios, ya que al parecer, la ley de su Nación le permite tomar ese tipo de medidas de manera unilateral cuando la seguridad de su País podría estar en alto riesgo.
En mi caso personal, ignoro el grado de peligro que estaba corriendo la población gabacha con Nicolás Maduro como Presidente de Venezuela.
Lo que si se, es que el Presidente Venezolano será acusado ante la Corte de los siguientes delitos.
1.- Prácticas de Narcoterrorismo.
2.- Conspiración para la importación de Cocaina.
3.- Posesión de ametralladoras y dispositivos de destrucción masiva.
Sobra decir, que desde el momento mismo en que inicio el ataque a Venezuela, las reacciones se dejaron sentir en todos los Países de la tierra.
Hubo, y hay quienes avalan y aplauden el ataque y secuestro de Maduro.
En este grupo de aplaudidores, se distinguen evidentemente los líderes y mandatarios de Países históricamente reconocidos como aliados de los EEUU.
Pero también se anotan los que rechazan la acción militar, por considerarla injerencista, abusiva y violatoria tanto de la soberanía de Venezuela, como de los dictados de la ONU.
En este renglón se ubican principalmente los gobiernos de los países latinoamericanos, emanados de la ideología izquierdista y otros de Asia y Europa históricamente confrontados con EEUU.,
Y opinan también los que se mueven en la ambigüedad de los hechos, y consideran que es mejor dejar de lado los problemas ajenos, para ocuparnos de buscar atender y resolver los propios.
Pero, mientras las opiniones y percepciones sociales y políticas se desgranan en el mundo, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores duermen en Estados Unidos y supongo que en camas separadas.
Nicolás Maduro se casó con Cilia, tres meses después de haber asumido la presidencia venezolana, en una ceremonia civil muy privada, celebrada en Caracas, el 15 de Julio de 2013.
Nicolás y Cilia habrían jurado estar juntos hasta que la muerte los viniera a separar.
Me imagino que Maduro nunca pensó, que, quien llegaría a separarlos seria un hombre de copete alazán, llamado Donald Trump… Cosas del destino… Nos veremos enseguidita.

