Para nadie es un secreto que Elota y sus comunidades están atravesando uno de sus peores momentos. La situación es dura, complicada y muy lejos de cualquier postal turística. Eso lo sabe la gente, lo sabe el Gobierno Estatal, lo sabe el Gobierno Federal y lo sabe cualquiera que tenga tantito sentido común.
El único que parece vivir en otra realidad es el alcalde de Elota, el emecista Richard Millán.
Primero fue París.
Sí, París.
No por trabajo, no por gestión, no por traer beneficios para el municipio. Se fue a pasear y todavía tuvo el descaro de presumirlo, como si fuera un logro administrativo andar caminando por Europa mientras su municipio camina, pero directo al abandono.
Antes de eso, ya había dado señales claras de desconexión con la realidad. Un despacho acondicionado como si fuera palacio, como si Elota fuera un reino y él el monarca absoluto. Una imagen que no solo incomodó, ofendió, porque mientras algunos apenas completan para lo básico, otros se sienten de alfombra fina y sillón grande.
Y por si no había sido suficiente, apenas ayer o antier volvió a aparecer en redes sociales, ahora desde Estados Unidos, en una zona nevada, bien cubierto, bien protegido del frío, posando como si la vida fuera perfecta. Y no es que viajar sea delito, el problema es el mensaje, la burla implícita, el contraste ofensivo.
Porque mientras él presume paisajes blancos, en Elota lo que sobra es incertidumbre.
Mientras él se abriga del frío, allá la gente se cubre como puede del abandono.
Y entonces surge la pregunta obligada.
¿Desde dónde nos seguirá mandando bendiciones ahora?
¿Será desde el Vaticano, con incienso incluido y pose solemne?
¿Desde Venecia, arriba de una góndola, saludando como si fuera desfile?
¿O ya de jodido desde Disney, sonriente, con gorrita y souvenir?
Porque fotos hay.
Viajes hay.
Postales sobran.
¿Y el trabajo?
¿Y los resultados?
¿Y el outfit de alcalde trabajando, ese cuándo?
Y la otra pregunta que nadie ha querido responder.
¿Quién pompó el viajecito?
¿Quién pompó?
Mientras tanto, Elota sigue esperando. Esperando resultados, esperando presencia, esperando que alguien se acuerde que gobernar no es posar ni pasear, es dar la cara y resolver.
Aquí el problema no es el pasaporte, es la falta de rumbo. No es el avión, es la ausencia de gestión. No es la foto, es la realidad que queda fuera del encuadre. Un alcalde no gobierna desde Instagram ni administra con recuerdos de viaje.
Elota no necesita postales, necesita presencia.
No necesita historias bonitas, necesita respuestas.
No necesita funcionarios de ocasión, necesita autoridad con los pies en la tierra.
Lo más grave no es el viaje, es el silencio posterior, la falta de explicación, la nula autocrítica, el creer que la gente no ve, no entiende o no recuerda. Pero la gente sí ve, sí entiende y sí cobra, tarde o temprano.
Y ojo, porque cuando un alcalde se vuelve noticia nacional no por resultados sino por excesos, el daño no es solo personal, es institucional. Arrastra al partido, mancha al municipio y deja en evidencia a quienes, por comodidad o cálculo político, prefieren guardar silencio.
Esto ya no es un tema menor ni una simple anécdota de redes sociales. Esto ya es político y como tal tiene que tener consecuencias. El Congreso del Estado no puede conformarse con llamados suaves ni comunicados para cumplir expediente. Aquí se requiere una revisión seria de cuentas, de trabajo y de prioridades.
Esto ya es insostenible.
Y que no se engañen. Nadie dentro de Movimiento Ciudadano puede salir a justificarlo sin pagar el costo político. Y ojalá alguien lo intente, porque el reproche ya no es local. Esto ya cruzó fronteras, ya salió del estado y ya dejó claro lo que pasa cuando un gobernante se desconecta de su gente.
La burla no se normaliza.
La indiferencia no se justifica.
Y el poder, cuando se usa para presumir y no para servir, se convierte en un problema.
Aquí no se trata de viajes, se trata de respeto.
No se trata de nieve, se trata de sensibilidad.
Y no se trata de redes sociales, se trata de gobernar.
Y como siempre, el que entendió, entendió.
Según yo,
el Goyo 310.



