Soberanía de discurso, subordinación en los hechos … Por Jesús Alfonso Durán López

Soberanía de discurso, subordinación en los hechos … Por Jesús Alfonso Durán López

Las mañaneras se han convertido en mucho más que una conferencia de prensa. Hoy son el principal instrumento de comunicación política del régimen, el espacio donde se construyen narrativas, se marcan enemigos, se defienden decisiones y se alimenta una base política que muchas veces termina creyendo más en el discurso que en los hechos.

Uno de los conceptos más utilizados por la presidenta es el de la soberanía nacional. En cada mitin, en cada mañanera y en cada mensaje dirigido a sus simpatizantes, se insiste en la idea de un gobierno fuerte, independiente y que no se somete a intereses extranjeros. El discurso busca despertar nacionalismo, identidad y respaldo popular. El problema es que la realidad termina contradiciendo constantemente esa narrativa.

Porque mientras desde el atril se habla de soberanía, en los hechos vemos decisiones que parecen ir en sentido contrario. Basta revisar cuántos personajes ligados al crimen organizado han sido trasladados a Estados Unidos sin siquiera agotarse un proceso formal de extradición. Y no se trata de defender delincuentes, se trata de evidenciar la enorme contradicción entre lo que se dice y lo que se hace.

Si el gobierno sostiene que México es un país soberano y con instituciones sólidas, entonces debería actuar conforme a sus propios principios jurídicos y constitucionales. Pero la práctica demuestra que muchas veces las decisiones terminan respondiendo más a presiones políticas o intereses externos que al discurso nacionalista que diariamente se vende desde Palacio Nacional.

Ese es el verdadero problema de la política basada únicamente en la narrativa: tarde o temprano los hechos alcanzan al discurso. Y cuando las contradicciones se vuelven recurrentes, la credibilidad comienza a desgastarse incluso entre quienes antes defendían sin cuestionar.

Hoy las mañaneras ya no funcionan como ejercicios de rendición de cuentas, sino como espacios de propaganda política donde se intenta moldear la percepción pública. Sin embargo, la realidad tiene una característica que ningún aparato de comunicación puede controlar: siempre termina imponiéndose.

Porque una cosa es el discurso encendido frente a las cámaras y otra muy distinta las decisiones que se toman cuando las luces se apagan.

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