Hay políticos que entienden el poder desde el territorio. Caminan colonias, se meten a las sindicaturas, escuchan problemas aunque les griten, aunque les reclamen, aunque les cierren la puerta. Y hay otros que prefieren vivir cómodamente detrás de una cámara, creyendo que un estudio de televisión sustituye el contacto con la gente. Mario Zamora pertenece exactamente a ese grupo.
Y ese ha sido el gran fracaso de su carrera política.
Porque Mario Zamora no perdió elecciones por ser priista. Tampoco porque enfrente estuviera Morena. Mario Zamora perdió porque nunca logró dejar de parecer un político fabricado para la televisión y no para la calle. Un hombre que domina el discurso, pero desconoce el territorio. Un político que aprendió a hablar muy bien de Sinaloa sin necesidad de caminarlo.
Eso en este estado tarde o temprano se cobra.
Y se cobró.
Porque mientras otros políticos aunque sea simulan cercanía, Mario desaparece. Termina una campaña y se esfuma como si Sinaloa solamente existiera cuando hay elecciones o cuando un medio nacional le abre un espacio para declarar.
Eso es lo que más le molesta a mucha gente.
No su manera de hablar. No su tono golpeador. No sus críticas. Lo que desespera es verlo convertido en comentarista profesional de la desgracia sinaloense desde la comodidad de un foro nacional mientras acá nadie recuerda cuándo fue la última vez que se apareció en una colonia popular sin cámaras ni acarreados.
Mario Zamora se volvió experto en opinar sobre el dolor ajeno.
Porque eso hace todos los días.
Sale en Milenio, aparece en Televisa, brinca a TV Azteca, se mete a Latinus y donde exista un micrófono disponible ahí está listo para declarar que Sinaloa está mal. Como si la gente no lo supiera. Como si el ciudadano necesitara que alguien desde Ciudad de México le explicara el miedo que vive.
Y sí, muchas veces tiene razón.
Claro que Sinaloa atraviesa una desgracia. Claro que hay abandono, miedo y una crisis que nadie puede esconder. Pero el problema con Mario Zamora es que parece disfrutar más la oportunidad política de la tragedia que la responsabilidad de enfrentarla.
Porque nunca trae propuestas.
Nunca aparece acompañado de la gente.
Nunca se le ve embarrado de polvo en una comunidad rural.
Nunca se le mira escuchando a madres de familia en las colonias donde verdaderamente duele el estado.
Mario quiere gobernar un Sinaloa que prácticamente no conoce.
Y eso ya dejó de ser percepción para convertirse en una realidad política.
Todavía hay quienes recuerdan aquella elección contra Rubén Rocha Moya donde Mario denunció situaciones delicadas durante el proceso. Y hay que decirlo porque es verdad. Fue de los pocos que habló públicamente de ciertas cosas cuando muchos callaban. Ahí tuvo valor. Ahí hizo lo correcto.
Pero después volvió a lo mismo.
Al político del reflector.
Al hombre que parece más preocupado por mantenerse vigente en medios nacionales que por construir presencia real en Sinaloa.
Porque mientras aquí la gente vive miedo, incertidumbre y desesperación, Mario Zamora sigue haciendo política como comentarista de televisión. Y perdón, pero Sinaloa no necesita un conductor de noticias queriendo ser gobernador.
Necesita alguien que se atreva a vivir el estado.
Que camine donde las cosas duelen.
Que dé la cara cuando no hay cámaras.
Que no venga solamente a lucrar políticamente con la tragedia.
Porque eso también cansa.
Y mucho.
Desde La Cochera

