ROCHA: ¿A QUÉ REGRESARÍA? CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

ROCHA: ¿A QUÉ REGRESARÍA? CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

Hay una pregunta que ronda desde hace semanas la vida pública de Sinaloa. No es si Rubén Rocha Moya regresará o no a la gubernatura. Esa decisión probablemente no dependerá de él. La verdadera pregunta es otra:

¿A qué regresaría?

Porque hay regresos que representan esperanza. Otros simbolizan reconciliación. Pero también existen regresos que únicamente reabren heridas que nunca terminaron de cerrar.

Si mañana Rocha volviera a ocupar formalmente su despacho en Palacio de Gobierno, ¿qué encontraría? Encontraría el mismo Sinaloa que él dejó porque nunca se ha ido. El mismo estado atosigado por el miedo, por la incertidumbre económica y por una profunda desconfianza hacia quienes ejercen el poder.

Encontraría, eso sí,  a más familias de las miles que han perdido a un ser querido; a más comerciantes de los miles que han bajado  definitivamente la cortina; a más comunidades desplazadas por la violencia; a más ciudadanos que han aprendido a vivir entre balaceras, retenes y desapariciones. Ese es el Sinaloa al que Rocha volvería de manera formal porque, se insiste, nunca se ha ido.

La pregunta central  es si un gobernante puede regresar cuando buena parte de la sociedad ya emitió su propio juicio político y moral. Queda claro que los tribunales dictan sentencias legales, pero los pueblos también dictan las suyas. Y Sinaloa ya emitió su sentencia. Y esa, aunque no aparezca en un dictamen judicial, suele durar mucho más tiempo.

Quizá Rocha pensaría que aún puede reivindicarse. Que todavía existe margen para corregir decisiones, reparar agravios o reconstruir una imagen profundamente deteriorada. Sería legítimo intentarlo.

Lo difícil es creer que pueda hacerlo cuando durante años mostró una forma de ejercer el poder que privilegió la confrontación sobre el diálogo, la utilización de las instituciones para doblegar a sus adversarios, la descalificación sobre la autocrítica y la obediencia sobre el consenso.

Y es que los gobernantes pueden cambiar estrategias, pero generalmente se aferran a su pensamiento ideológico, algunas veces como coartada, pero otras más tratando de imponerlo al grado de pasar sobre la constitucionalidad.

Por eso muchos sinaloenses no se preguntan qué haría Rocha si regresa. No se quiebran la cabeza y piensan que haría lo mismo. Su manera de gobernar fue tan centralista que hoy resulta relativamente sencillo anticipar sus decisiones. 

Esa previsibilidad no nace de la imaginación de sus críticos, sino de la experiencia acumulada durante su administración. 

No deja de llamar la atención otro hecho. Durante todo el tiempo que ha permanecido fuera del cargo no surgió un movimiento ciudadano espontáneo que exigiera su regreso. Cuando un gobernante logra establecer un vínculo profundo con su pueblo, éste suele salir en su defensa frente a la injusticia o la persecución. En Sinaloa ocurrió exactamente lo contrario: predominó el silencio hasta en los suyos, y algunos de ellos lo negaron. 

En el ánimo de la sociedad sinaloense, de frente a Rubén Rocha, se advierte agotamiento, desencanto. Sobre todo en los últimos dos años, la relación entre gobernante y gobernados terminó fracturándose mucho antes de que solicitara licencia.

Por eso el verdadero dilema no consiste en saber si puede regresar físicamente al despacho del gobernador. La interrogante es si al hacerlo tendría un ápice de luz para encontrar el camino de regreso hacia la confianza de los sinaloenses, o si al final decide, como dicen en el rancho, regresar de remate.

En el regreso, la credibilidad no se adquiere por decreto o por permiso político y legislativo; la credibilidad se recupera cuando la sociedad decide otorgarla plenamente a cambio de una verdadera rectificación.

Pero hay quienes no cambian, le siguen de punta. No conocen la humildad. Son irremediables. Se creen tocados  por el universo divino,  bajo la desconectada idea que nacieron para ser superiores.

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