No estamos presenciando únicamente el juicio de un narcotraficante. Estamos presenciando el juicio de una forma de ejercer el poder en México.
Durante más de medio siglo, Ismael “El Mayo” Zambada fue mucho más que un jefe criminal. Fue, para no pocos actores políticos, policiacos y sociales de México y Sinaloa, una figura de consulta, de equilibrio, de mediación y de miedo. Un poder sin nombramiento oficial, sin oficina pública, sin informe de gobierno, pero con una influencia que muchas veces pesó más que la firma de quienes despachaban formalmente desde los palacios.
No aparecía en las boletas. No pronunciaba discursos. No encabezaba mítines. Pero durante décadas su sombra cruzó campañas, candidaturas, decisiones administrativas, conflictos políticos y disputas internas. En Sinaloa, su nombre no sólo remitía al negocio ilegal; remitía también a una forma soterrada de autoridad paralela.
Era, sin duda, el Padrino.
El hombre al que se acudía para pedir favores, resolver pleitos, destrabar conflictos o buscar protección. El que hablaba lo necesario, escuchaba mucho y, según múltiples versiones, decidía desde la sombra. El que imponía respeto primero por la vía diplomática, después por el cálculo y, en última instancia, porque le temían.
Por eso su caída no puede leerse solamente como la derrota de uno de los máximos capos del mundo. Su caída determina una pregunta mucho más de fondo: ¿qué tanto del sistema político mexicano convivió, negoció o se acomodó durante décadas alrededor de ese poder paralelo?
El Mayo llegó a viejo sin haber sido tocado por la justicia mexicana. Nunca fue detenido en México y en Sinaloa no tuvo orden de aprehensión. Nunca fue exhibido por las autoridades nacionales. Nunca fue sentado ante un juez mexicano. Sobrevivió a gobiernos del PRI, del PAN, del PRD y de Morena, a cambios de presidentes, gobernadores, alcaldes, diputados, mandos militares, procuradores, fiscales y secretarios de Seguridad. Todos pasaron. Él permaneció.
Hasta que Estados Unidos lo tuvo en sus manos.
Y entonces la historia dio un giro radical, casi cinematográfico. El hombre al que muchos buscaban para resolver conflictos ajenos terminó atrapado, según la versión de su defensa, en una reunión convocada para mediar una disputa política en Sinaloa. El viejo mediador acudió a lo que creyó sería otro episodio de su larga historia de negociaciones. Pero aquella cita del 25 de julio de 2024, en Huertos del Pedregal, se convirtió en la trampa que lo sacó de México y lo llevó a una corte federal de Nueva York.
Ahí aparecen los nombres que todavía estremecen la historia reciente de Sinaloa: Héctor Melesio Cuén, asesinado aquel mismo día; Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo, señalado como pieza central del traslado; y Rubén Rocha Moya, mencionado por el propio Mayo como uno de los personajes que supuestamente estaría en aquella reunión para tratar diferencias políticas vinculadas a la Universidad.
Nada de eso está cerrado. Al contrario.
Todo lo que ocurra de aquí en adelante estará sujeto a esa historia y a su desenlace. Rocha, los demás señalados, las acusaciones, las investigaciones y hasta el deterioro del sistema político mexicano quedan, de una u otra forma, atados al expediente de El Mayo.
Es irrefutable: los hombres pasan. Las carpetas permanecen. Y hay procesos judiciales que terminan juzgando a una época completa.
Hoy El Mayo ya no negocia territorios, rutas, posiciones políticas y administrativas, alianzas ni lealtades. Hoy negocia médicos y medicinas para sus enfermedades crónicas. Negocia la prisión donde habrá de esperar el fin de sus días.
A sus 76 años, enfermo, deteriorado y sometido al peso de una vida marcada por la presión, el secreto y la violencia, Zambada acepta la cadena perpetua como una ganancia frente a la posibilidad de una pena mayor. Ya no pelea por su libertad. No busca regresar a la sierra ni a Culiacán. No aspira a recuperar el mando, la marca que dejó al resguardo de sus hijos, “Los Mayitos”. Su última negociación es mucho más elemental: habitar en una prisión donde pueda recibir atención médica permanente.
La imagen es contundente, de película:
El hombre que durante décadas fue buscado por políticos, jefes policiacos, empresarios y emisarios, ahora espera que un custodio abra la puerta de su celda para llevarlo a consulta médica.
El hombre que alguna vez decidió destinos ajenos hoy solo ve por el suyo. Pugnará, junto a su abogado, por ser enviado a la prisión que más se ajuste a sus necesidades, por tener médico y medicamentos y bajo qué condiciones vivirá sus últimos años. Así concluyen muchos imperios: no siempre entre disparos, persecuciones o estruendos. Sino negociando la supervivencia.
Pero el verdadero acusado ya no es únicamente El Mayo. El verdadero acusado es el sistema que hizo posible que existiera un hombre como Zambada durante más de medio siglo, capaz también de determinarlo, de incidirlo, de penetrarlo. El sistema hizo a El Mayo y El Mayo influyó en muchas de sus actos.
Ese sistema de complicidades, silencios, omisiones, pactos inconfesables y autoridades incapaces, o cómplices, de enfrentar a un poder que creció hasta convertirse en árbitro invisible de muchas decisiones de gobierno.
Por eso el juicio en Nueva York no sólo puede terminar con la condena de un hombre. Puede abrir el juicio histórico de toda una forma de ejercer el poder en México.
Quizá algún día los historiadores concluyan que el verdadero juicio no fue el de Ismael “El Mayo” Zambada ante una corte estadounidense. Quizá descubran que aquel proceso fue, en realidad, el juicio de toda una época: la de un México donde durante décadas han convivido el poder político, el poder fáctico y el silencio institucional.
Si ese día llega, el ocaso del Padrino no será recordado solamente como el final de un hombre, sino como el principio del fin de un Estado fallido y, por lo mismo, cooptado ahora desde adentro.

