Se murió Jesús Enrique Hernández Chávez, “El Chuquiqui”.
Y como suele pasar en la política mexicana, apenas se murió y todos descubrimos que era buenísimo, que era un gran amigo, que era un gran priista, que era un hombre de partido y que, poco menos, si no hubiera existido él, el PRI ni siquiera hubiera sabido dónde estaba la puerta.
Bueno… tampoco exageremos.
Pero una cosa sí hay que reconocerle al Chuquiqui: fue político de verdad. De esos que ya casi no fabrican.
Fue diputado local, diputado federal, presidente municipal de Culiacán, presidente de la Junta de Coordinación Política y dirigente estatal del PRI. Y no una, ni dos, sino tres veces presidente del partido en Sinaloa.
Tres veces. Eso quiere decir que, si alguien conocía las mañas, los amarres, las traiciones, las sonrisas falsas y hasta quién llegaba por el estacionamiento para no saludar a quién, era el Chuquiqui.
Porque aquel PRI tenía de todo. Había operadores, caciques, aspirantes, padrinos, ahijados, grillos profesionales y uno que otro que llegaba a la reunión preguntando quién ganaba para ponerse del lado correcto. Y el Chuquiqui sabía perfectamente cómo funcionaba ese zoológico.
También tuvo sus desencuentros. No siempre estuvo del lado del que después terminó mandando. Hubo momentos en los que sus decisiones políticas le costaron posiciones y otros en los que tuvo que tragarse alguna derrota de esas que en política saben peor que un taco frío a las tres de la mañana.
Hasta aspiró a la gubernatura.
Y ahí fue donde la política le dijo: “Gracias por participar, Chuquiqui”.
Porque llegó hasta la puerta… pero no le dieron las llaves.
Y aun así siguió. Eso también habla de un político. Porque en este negocio hay quienes pierden una candidatura y al día siguiente ya están diciendo que el partido está muerto, que todos son unos traidores y que mejor se van a otro partido.
El Chuquiqui no.
Se quedó en el PRI. Hasta el final.
Y miren que hoy eso ya parece deporte extremo.
También hay que recordar aquella elección de 2001 por la alcaldía de Culiacán. Con los resultados todavía en proceso, el Chuquiqui ya se había declarado ganador porque decía que la tendencia era irreversible.
¡Hombre! Imagínense si hubiera existido TikTok en aquel tiempo. Nos hubiera regalado contenido para tres meses.
Pero ganó. Y terminó gobernando Culiacán.
Así era el Chuquiqui: recio, político, negociador y con un colmillo que no necesitaba presentación.
Y aquí viene mi parte personal.
Yo muchas veces no estuve de acuerdo con él. Ni poquito. Tuvimos diferencias y seguramente más de alguna vez pensé: “Este cabrón está equivocado”.
Pero jamás recibí de él un reclamo por eso.
Nunca me llamó para decirme que dejara de hablar.
Nunca me exigió que pensara como él.
Y eso, señores, en política vale muchísimo.
Porque cualquiera es tolerante cuando le aplauden. La verdadera prueba viene cuando alguien te cuestiona. Y con el Chuquiqui, por lo menos conmigo, nunca hubo pleito por pensar diferente.
Al contrario.
Eso también se agradece.
Por eso creo que el PRI de Sinaloa tiene una deuda con su memoria. Y no hablo de poner una corona de flores, tomarse la foto, publicar un comunicado y a los tres días volver a la grilla como si nada hubiera pasado.
No.
Si de verdad creen que Jesús Enrique Hernández Chávez fue un hombre importante para el PRI sinaloense, que se note.
Tres veces presidente estatal del partido.
¡Mínimo!
La oficina de la Presidencia del PRI en Sinaloa debería llevar su nombre.
“Presidencia Jesús Enrique Hernández Chávez ‘Chuquiqui’”.
Así de sencillo.
Que cada dirigente que se siente en esa silla sepa que antes de ellos hubo alguien que conoció el partido desde abajo, que lo dirigió, que lo defendió, que también se peleó con medio mundo y que, aun con derrotas y desacuerdos, permaneció ahí.
Porque una cosa es ser priista cuando el PRI gana.
Y otra muy distinta es seguir siendo priista cuando el PRI empieza a perder hasta los muebles.
Y ahí sí, el Chuquiqui conoció de todo.
Por eso mi propuesta no es una ocurrencia.
Es un reconocimiento.
Y hasta con humor negro:
Ya que el PRI anda buscando cómo recuperar la memoria, estaría bueno que empezara por no olvidar a sus propios muertos.
Porque políticos hay muchos.
Pero políticos que dejan historia, anécdotas, enemigos, amigos, discípulos, pleitos, acuerdos y hasta una oficina con posibilidades de llevar su nombre… esos ya quedan pocos.
Descanse en paz, Chuquiqui.
Yo muchas veces no estuve de acuerdo contigo.
Pero tampoco tengo problema en reconocer algo:
fuiste de los que entendieron que la política se hace caminando, negociando y dando la cara.
Y eso, aunque hoy parezca pieza de museo, también fue una forma de hacer política.
Ahora le toca al PRI demostrar si tiene memoria.
Porque al muerto ya no le pueden prometer nada.
Pero a la historia sí.
Todo esto Según yo, el Goyo 310

